domingo, 1 de abril de 2007

Pido a los dioses...



Pido a los dioses que mis penas cesen,
esta guardia, que dura ya hace un año,
durante el cual, echado como un perro,
en la azotea del palacio Atrida,
aprendí a conocer la multivaria
multitud de los astros que en el cielo,
príncipes luminosos, resplandecen,
y las estrellas, que a los hombres traen
inviernos y veranos, ortos y ocasos.

(Breve pausa)

Y ahora aguardo el signo de la antorcha,
la llama esplendorosa que de Troya
ha de traernos nuevas y el anuncio
de que al final ha sido conquistada,
pues así lo ha mandado de una esposa
el varonil e impaciente pecho.
Cada vez que me tumbo en mi camastro
perdido en la tiniebla y empapado,
y nunca visitado por los sueños
-que en vez del sueño, el terror se me acerca
y el párpado cerrar no me permite
en tranquilo reposo-, cuando quiero
cantar o bien silbar una tonada
buscando contra el sueño algún antídoto,
echo a llorar, lamento el infortunio
de una casa ya no tan bien llevada
como antaño. Mas ¡ojalá que ahora,
a través de la noche, apareciera
la llama que traerá buenas noticias,
y llegara el final de mis desdichas!

(Breve pausa. A lo lejos, de pronto, brilla una luz.)

Oh, bienvenida, antorcha que, en las sombras,
presagias ya la luz de la alborada
y en Argos el comienzo de festejos
para conmemorar esta ventura.
¡Oé, oé!
Con voz muy clara envío la consigna
a la esposa del rey, para que, presta,
se levante del lecho, y en palacio
haga entonar un canto de triunfo
en honor de esa antorcha, si es muy cierto
que la ciudad de Troya está tomada.
Y yo mismo el preludio de la danza
habré de interpretar; que esta jugada
de mis amos la apunto yo en mi haber:
¡un triple seis me vale esta fogata!

(Baila durante unos instantes)

Y que el día en que llegue a este palacio
mi señor rey, me sea concedido
sus manos estrechar entre las mías.
El resto, me lo callo: que en mi lengua
pesa un enorme buey. La casa misma
si hablar pudiera todo lo explicara.
Yo escojo, por mi parte, a quienes saben
y entienden, dirigirme. Para aquellos
que ignoran todo, todo lo he olvidado.


En Agamenón de Esquilo. Editorial Cátedra.
Traducción de José Alcina Clota