domingo, 19 de enero de 2020

Peter Sirr: dos poemas de Las secuencias libres.

Destrozada La tipa de la cisterna, revelando
los acuosos motores, las misteriosas instrucciones.
Este sifón se encuentra listo para una completa purga.
Para una doble purga retirar el enchufe
localizado encima del cuenco del sifón.
¡Ah las informaciones que esperan su momento,
palabras recogidas juntas para portarse bien,
rezando para que aparezca alguien, sufriendo por contar

cómo funciona el mundo! Presionar la palanca
enfrente de tu rostro, y sujetar tus manos en la corriente higiénica.
En caso de querer secarte el pelo,
manipular el trasto del acero, inclinar tu cabeza hacia mí,

dejar que te sostenga indefensa en mis brazos.
¿Cómo has estado? ¿A dónde has llegado?
Yo me he mostrado alegre y triste. Déjame
mirarte, tus cabeza agitándose incrédula, tus mejillas ardientes de deseo.

____

AHORA está nevando débilmente
hace un tremendo frío
No resulta fácil comprender
lo que tú dices, difícil decir
lo que yo ahora estoy pensando
También es un invierno de lenguaje
nuestros días se oscurecen hacia él.


Peter Sirr
en Las Secuencias libres.
Traducción de Lorenzo Plana.
Editorial Pre-textos, colección La cruz del sur.

martes, 14 de enero de 2020

Jose Óscar López: Tren de los dormidos


DORMÍ en el tren que me llevaba
a la ciudad de los despiertos, 
viajaba en el tren de los locos, 
de los seres ridículos 
que hacen pantomimas 
en medio de los serios ejercicios 
de la razón y la moral.

Tuve sueños ridículos, 
me retorcí mientras dormía, 
soñé como quien escurre limones, 
como el que agita el limonero 
gigante de sus pesadillas, 
ácido y fluorescente 
en medio de la noche 
serena de la inteligencia.

Brilla mi limonero, como un faro 
me avisa de la costas escarpadas 
donde terminan encallando 
los más magníficos barcos frutales 
para esparcir la fruta delirante 
de sus bodegas por el mar.

Un mar como una tanqueta de ácido.

Un ácido devota todo lo conveniente, 
lo que debe considerarse 
para llegar a alguna meta de verdad.

Corrí, corría en los campos del sueño, 
corría y me agitaba, y fui ridículo, 
quise librarme de mis ropas 
de durmiente que duerme mal.

Dormí, dormía, hice mal.
Nadie dormía allí hacia donde iba.

Iban a recibirme muecas de desagrado, 
yo era un río de vinagre 
entre isletas de gominola.

Son cosa seria, los payasos, 
¿caso no nos esperabais, 
señor, a los payasos?

Andamos todo el día 
durmiendo y despeñándonos 
en el abismo abierto 
entre nuestro perenne sueño 
y la despierta realidad.

Ah qué risibles somos, qué ridículos.

Lloramos zumo de limón, 
estamos mareados, 
ha sido un viaje horrible.

Y empezamos a tropezar, 
por todas partes nos caemos.

Llegan las carcajadas.
Oh, sí, señor, al fin
hablamos una misma lengua.

Los despiertos soñaban 
con ver una vez más, cientos de veces, 
nuestro espectáculo grotesco, 
y todos los dormidos 
fuimos recibidos por fin, 
con todos los honores, 
en el reino de la vigilia.


José Óscar López
En Animal fabuloso.
Chamán.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Francesc Parcerisas: Trenes

Mira cómo se impone la noche alrededor;
La lechuza ha callado en el camino de los cipreses.
La vida son momentos hermosos, mariposas
que consume el recuerdo en noches sin memoria.
Intenta recordar: junto a la playa,
el olor del eucalipto y las adelfas,
o los interminables trenes que espiábamos
cada mañana, bajo La Luz amarillenta;
gusanos que carcomen el encañizado de los años.
Aún sientes el lento traqueteo,
cada golpe del cambio de las vías;
los sientes escapar entre los dedos, misteriosos,
cargados de bienes y ganado;
y sigues ignorando adónde van
y si hay alguien que sepa cuándo llegan.
Pero no te hace falta ya subirte a la cama
para alcanzar el pretil de la ventana: sabes
muy bien de dónde vienen, y qué quiere decir
la señal roja que llevan en la lana.

Francesc Parcerisas
En Fuegos de octubre.
Traducción de Ángel Paniagua.
Linteo poesía.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Ángel Paniagua: Y por favor no lean a Vallejo

Sigan dándole vueltas al oscuro 
misterio de los astros, al tranquilo 
discurrir -tan terriblemente ajeno- 
de las horas, al lento sucederse 
de los años sobre las estaciones 
cada vez más iguales y propensas 
a extraños cataclismos; sigan dándole 
vueltas y buscando en ese gesto 
displicente y cansado con que el mundo 
nos mira, hormigas crédulas, cigarras 
engreídas que nada ven u oyen 
de lo que se nos viene encima, aquéllas 
afanadas colmando sus estrechos 
hormigueros para el invierno y éstas 
absortas en su cháchara ruidosa, 
disfrutando el calor de un sol con fecha 
-no por lejana menos inquietante, 
segura y cierta- de caducidad.

Sigan, sigan quitándose de en medio 
los obstáculos para su insaciable 
afán de construir, de perforar 
de organizarlo todo a su manera 
para un futuro estable. Del presente 
no vayan a acordarse ahora, sólo 
supondría un obstáculo y tendrían 
que quitarlo también de en medio, igual 
que las selvas inmensas donde apenas 
algunos centenares de salvajes 
-recelosos y sin civilizar-
se empeñan en seguir siendo el estorbo 
mayor a su tarea.
                                   No claudiquen
-les suplico- en su empeño, aunque falten 
todavía unos cuatro mil millones 
de años hasta que ese mismo sol 
que sigue iluminando sus hazañas, 
se convierta en estrella roja y borre, 
abrase con su fuego, engulla toda 
huella de este planeta. Mucho tiempo, 
¿verdad? Por eso -insisto- sigan dándole 
forma a ese inefable paraíso, 
confiados en el agradecimiento 
de las generaciones venideras.

No van caso de nuestra pobre cháchara 
desencantada, sigan adelante 
y, por favor, no lean a Vallejo 
ni a Szymborska, ni a Milosz, ni a ninguno 
de sus torpes, inútiles congéneres:
ya se irán -como las cigarras- cuando
no quede ningún árbol desde donde 
parlotear en contra del progreso.


Ángel Paniagua
en Debajo de los días.
Raspabook.

Alberto Chessa: Manan los nombres

Mojado todavía
de sombras y pereza. 
ÁNGEL GONZÁLEZ

Creo en tu cuerpo,
en la arcilla y el barro de tu vientre,
en la cavidad donde se refracta
el exterior que nos circunda,
mientras relleno el tiempo de la espera
con migajas de pan en cada verso.

Creo en tu cuerpo ayer y esta mañana,
porque también a mí me da escondrijo
y me recuerda que seremos vida,
que todo sigue oculto en lo visible

y todo lo visible aguarda
su solución,
su clave,
santo y seña.

Ajenas en el puro ser,
aún nadies,
nuestras dos diminutas odiseas
¿dejarán para siempre un vestigio o una ruina
en el cuévano de ese vientre?
¿Habrán sabido ya que la tristeza
del singular jamás irá con ellas?
¿Nos enseñarán a nosotros
a convivirnos con el miedo?

Creo e tu cuerpo y lo acaricio y toco
como las yemas se deslizan
por la extensión cerrada de un piano,
tentando los sonidos,
ensayando la noche,
dejando que la música se nazca
en continuo presente.

Cuando asomen por la bocana
esas dos manecillas sin reloj,
mar todavía sin orillas,
vivir quizá les quedará muy grande,
inmenso muro para un verso incipiente,
estatuas que irán tomando rostro
en la caja vacía de un museo.

Todavía no saben
que acabarán el viaje en el origen,
que solo hay una forma de apearse en la vida
y es manchándolo todo.
Como se esparce el vino de un vaso derramado.
Como manan los nombres
cuando se dicen en voz alta.

Creo en tu cuerpo.
En Alicia.
En Lucía.

Me creo de tu cuerpo
y con eso me basta

Alberto Chessa
en Un árbol en otros.
La estética del fracaso.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Dos poemas de Ilse Aichinger

Vieja mirada

Me he acostumbrado a esta ventana
y a que la nieve caiga a través de mis
ojos;
pero ¿quién siguió a los que se perdieron
a través de la puerta abierta del jardín?
¿Quién dispuso lo que allí había,
el barril de lluvia,
y la luna como luna,
todas las hierbas heladas?
¿Quién se columpiaba antes de la mañana
y hacía chirriar las cuerdas?
¿Quién puso la mano de cera
en la ventana de la cocina,
se sentó en el blanco
y me acogió a mí misma?


Ruego

De los dioses en cólera,
del dios en cólera
no me debes proteger,
pues yo no quiero, por miedo, ir hacia ti.
Las ruedas sobre la montaña blanca
están girando,
Homero se desploma en su esquina,
despiértalo,
despiértamelo
con tu
última sonrisa,
que te oiga
cuando yo vaya hacia las ruedas
y él cante.


Ilse Aichinger
En Consejo gratuito.
Linteo poesía.

jueves, 31 de octubre de 2019

Dos poemas de Nieve antigua de María Sotomayor

MIRO LA CIUDAD desde la ventana
nada h a desaparecido aquella ruina
sigue quejándose de los nidos
del vocerío en los escaparates

un árbol que pertenece a la dulzura
se siente extranjero antes de perder sus hojas
y así pasamos por el mundo ignorando los silencios los cabellos despeinados
el viento no puede llevarse
todas las ciudades que han empezado a arder
pero no importa
es el segundo invierno de los nombres y hay que irse
lejos muy lejos para poder contemplar
la migración de las aves en la punta de la nariz
o dentro de los ojos grandes de una niña
que aprende a llorar junto a su padre
como aquel primer dolor de un cuerpo poco hecho
dentro del calor de las castañas




CUIDA tus manos
del hombre de las montañas
cuando el niño se esconde
con los pies llenos de frío


Resultado de imagen de María sotomayor

María Sotomayor
en Nieve antigua
La bella Varsovia/Poesía