miércoles, 8 de junio de 2011

Premonición

A.E.E.C.R


Alguna vez, de forma pronta
y visualmente, me ha ocurrido
tener conciencia de mi muerte
(o nuestra muerte).
En un país
populoso y soleado, del Medio
oriente o del Norte de África,
al volver un mediodía del mercado,
bajo el brazo los periódicos
que hablen de nuestra patria...
Y parece que lo haya visto
en un film de Yolmaz Güney.

Acaso contemplarías tú la escena
tras los cristales. Nos miraríamos
así unos instantes, con la sensación
que poseyera el alma de Panagulis
en el momento de estallar en su coche
por la carretera nocturna, recta
hacia el mar, en Vouliagmeni,
aquella madrugada de un Primero
de Mayo de hace veinte años.

Unos minutos rápidos mis ojos
en tus ojos se detendrían
para la despedida última,
con la ternura acostumbrada
entre nosotros, y en la confianza
mutua y sin patetismos de nuestra
amistad.
Después, tú, si acaso
me sobrevivieras, comprenderías
la significación de mis palabras
de aquella otra noche de un verano
ya lejano, durante la velada alegre
con los amigos de otro tiempo y otro
ambiente sensible a las artes,
elegante, lujoso, cultivado...

En ese país de nuestra elección,
económicamente pobre, voluptuoso
de hábitos, y también austero,
la muerte, que me vendría de repente
(en atentado múltiple o por infarto),
cerraría, al fin, el ciclo de una vida
imperfecta pero sin rencor, envidia
ni ambiciones, susceptible sólo
a la injusticia, apasionada.
Mientras,
el fantasma que no logró ser exorcizado
por la acción de los poderosos seguiría
asediando a Europa, los restantes
continentes, cada rincón e isla
del planeta.
Y con una oración
de moribundo se cerrarían mis labios;
mas no así mi corazón, que enterrado
en su tumba común, ahogaría apenas
su grito:
"!Ah, no estar yo presente
en todas las ocasiones de infamia".


Soren Peñalver
en Cantos del peregrino.
Museo Ramón Gaya.