jueves, 5 de enero de 2017

Ted Kooser: Madre

ABRIL ya mediado y los ciruelos silvestres
florecen en medio de la carretera, un blanco encaje
contra el verde exuberante y jubiloso
de la nueva hierba y el negro polvoriento
y marchito de las cunetas requemadas. Los árboles no tienen hojas todavía,
sólo las delicadas flores con pétalos de estrellas,
dulces con sus perfumes eternos.

Hoy hace un mes que te fuiste
y te has perdido tres lluvias y una larga noche
con aviso de tornados. Me senté en el sótano
de seis a ocho mientras las gruesas nubes de primavera
daban volteretas retumbando hacia el este. Luego diluvió,
una tormenta que caminaba con piernas de relámpagos,
arrastrando su vientre desgreñado sobre los campos.

Las golondrinas han vuelto y los pinzones
cambian su plumaje de verde a oro. Los dos gansos de siempre
han venido al estanque este año,
graznando sobre los árboles y salpicando.
Nunca anidan, se quedan dos o tres semanas
y después se van. Las peonías están crecidas, los rojos brotes
ardiendo en círculos como velas de cumpleaños,
porque éste es el mes en que nací, como bien sabes,
el mejor mes para nacer, gracias a ti,
todo preparado para estallar con vida.
No habrá más pijamas de franela
cosidos en tu vieja Singer negra, no más tarjetas de cumpleaños
escritas con una letra temblorosa, pero formal.
Me preguntaste si me entristecería cuando esto ocurriera

y estoy triste. Pero los lirios que me traje de tu casa
ahora sostienen en los puños secos y polvorientos de sus raíces
cuchillos y tenedores verdes como si esperaran la cena,
como si la primavera fuera un festín. Te doy las gracias por eso.
Si no fuera por cómo me enseñaste a mirar
el mundo, a ver la vida activa en todo,
tendría que estar solo para siempre.

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Ted Kooser
en Delicias y sombras.
Traducción de Hilario Barrero.
Editorial pre-textos

1 comentario:

H. Barrero dijo...

Un precioso poema. Me alegra que le haya gustado. Saludos