martes, 21 de junio de 2016

Michel Houellebecq: Cara B

Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.

Es la cara B de la existencia
Sin placer ni verdadero sufrimiento
Salvo aquellos que derivan de la usura,
Cualquier vida es una sepultura

Cualquier futuro es necrológico
Ya sólo nos hiere el pasado,
El tiempo de la ebriedad y el sueño,
La vida no tiene nada de enigmático.



Michel Houellebecq
En Configuración de la noche.
Anagrama.

miércoles, 8 de junio de 2016

Pere Gimferrer: Elegía

ACUDE al hotel Welcome la luz quemada,
baile de calaveras de la luz:
a los porches de cárdenas arcadas
llegan las agonías de la noche.
El cielo que al cerrarse era amarillo de angustia
tiene la transparencia de un clarín:
la luna es sagrada y profana,
el milagro del día en su desmayo.
La última mirada de Errol Flynn,
en un quiebro de llama desgarradas,
ve las gafas oscuras de la muerte:
son  de cristal ahumado los papeles.
En una contradanza de gavotas,
somos formas del bosque de la noche:
Pelléas y Mélisande, Nora y Robin,
el carnaval de los cuerpos agitados por la penumbra,
tan picoteados como los dedades
de aquel poema de Francois Villon.

No nos han colgado verdugos ni victimarios:
somos la prenda ardiente del deseo.
Tantas cosas escritas, tantos grafitos,
tanto vidrio esgrafiado en el otoño,
tanto cascajo de la claridad,
astillada en el taller del estío.
La muerte de andar por casa clava agujas
en los hombros del hotel Welcome:
los ascensores de bolsas de la niebla
suben y bajan llenos de dioses antiguos.
Al hotel welcome llega la siesta
de las anomalías del deseo,
cuando la oscuridad de punzones de hierro
pone al rojo los aires de la muerte.


Pere Gimferrer
en El castillo de la pureza.
Tusquets editores

lunes, 6 de junio de 2016

Katy Parra: Blues

BLUES


Hay un lento temblor que no concluye,
un blues con voz de nadie
destrozando a pedradas las metáforas,
un gusano dictando atardeceres,
un pedazo de pan
que busca en la basura su almacén de pecados
su copa malherida,
su trozo de mantel.

Hay razones de sobra
para invertir el ritmo de este allegro,
para pensar en ti de otra manera.



(La poeta flanqueada por mis amigos Antonio Praena y Juan Ramón Barat)

Katy Parra
en Licencia para bailar.
Valparaíso ediciones.

domingo, 5 de junio de 2016

Rubén Martín Díaz: Dos poemas de Arquitectura o sueño

En el jardín

Light breaks where no sun shines.
Dylan Thomas

Leo a Dylan Thomas bajo el estanque sideral. Una luz redonda, aquilatada, vierte el sonido de un oboe nocturno engalanado de grillos. Huele a tierra horneada. La ciudad, al fondo, espejea como brasas de un fuego contenido, aún sin apagar. Todo está en brazos de un orden perfecto. La vida me es propicia y me concede el placer de disfrutar de la lectura sin que nada lo enturbie. Aprendo, pues, a valorar su efímera benevolencia. No exijo, acepto, cumplo, doy las gracias: es todo cuanto sé hacer. A través de esta dicha, la intuición de una luz desmadejada prende al aire sin sol. El día es un proyecto con visos de futuro. La noche, sin embargo, la ebriedad presente con que fluyen los versos del poeta galés bajo mis venas.


El mirlo blanco

La lluvia deshace acuarelas sobre las alas del mirlo; sencillez y belleza en la arquitectura de lo natural. ¿Arquitectura o sueño? De igual forma, retoño de un milagro que pinta acrobacias de pátinas nunca antes contempladas: remolinos de incienso respirados por mis ojos, aroma visto que entibia mi alma y la abreva con cal latiente. En la plata líquida del día, vertida desde una terma celestial, el mirlo se enjuaga su plumaje entallado y renace blanco de tan puro, trasparencia apenas bajo el vértice primero que la luz convoca. Cuerpo vivo en apariencia de nieve -arquitectura o sueño, es indistinto-, su sola imagen me confirma.


Rubén Martín Díaz
en Arquitectura o sueño
Editorial La isla de Siltolá.

viernes, 3 de junio de 2016

Yannis Ritsos: La Señora de las Viñas, Canto I

SEÑORA de las Viñas, te vimos tras la red de los pinares
arreglando al alba las casas de las águilas y de los pastores,
sobre tu falda el lucero mecía las amplias sombras de las horas de parra,
dos abejas madrugadoras colgaban de tus orejas como si fueran pendientes
y las flores de azahar te iluminaban el negro camino calcinado.

Señora morena a quien la luz doró las manos como el icono de la Virgen,
en el vello rizado de tu nuca centelleaba el rocío de la noche,
como si se arrepintiera poco antes de apagarse la galaxia
y se atara a tu cuello como un collar de monedas para derretirse al calor de tu pecho.

Y era el silencio denso como la leche en tonel de abeto,
y la tierra labrada olía como la iglesia el Domingo de Ramos,
salía el pastor de su sueño igual que el cangrejo sale del agua hasta la orilla
y brillaba la mañana en su tierno caparazón azul con dos briznas de estrellas.

Grandísima Señora, qué dulce el primer "buenos días" del naranjo silvestre,
qué dulce paso el tuyo y el aliento del pez junto a la luna,
qué dulce charla de la hormiga ante la capilla de la margarita.
Ah, cuánto oto deja el rayo de sol en la gota de rocío
cuando las pléyades cuelgan de tu frente los siete brotes de acacia,
ah, cuánto polen se acumula en la boca de la abeja para la miel,
cuánto silencio en tu corazón para el canto.

Aquí mismo se juntan la noche y el alba en un escalofrío sin estremezo
y a ti, tus dos manos entrelazadas a las rodillas de la serenidad te iluminan
como dos palomas de luz inmóvil sobre el bosque.


Yannis Ritsos
en Romiosyne seguido de La Señora de las Viñas.
Traducción de Juan José Tejero
Editorial Pre-textos

domingo, 29 de mayo de 2016

Basilio Pujante: Verano del 99

En el verano de 1999 no perdí la virginidad. Aquel verano no viví noches inolvidables que acababan con un baño al amanecer en una playa desierta. No recorrí Europa con una mochila y cuatro duros en el bolsillo, ni viajé a Dublín para aprender inglés durante el mes de julio. Fue un verano sin un amor juvenil de besos en los atardeceres y helados compartidos con la inocencia del que no conoce la palabra septiembre. Tampoco me embarqué en un catamarán que recorrió las Baleares vestido de blanco. En el verano de 1999 no leí La montaña mágica, ni Siddharta, ni siquiera 2666. No hubo durante aquellos días una canción que hoy me traiga recuerdos de porros compartidos la la orilla del mar, ni conciertos memorables con las camisetas regadas de sudor. Fue un estío sin éxitos deportivos nacionales, sin catástrofes mundiales ni muertes en la familia. No hubo durante aquellos dos meses hechos que forjarán una amistad inquebrantable que habría  de trascender el paso del tiempo y la dilatación de la distancia.
Verano tranquilo. 1999. Penúltimo (o quizás el último) verano del siglo. Sin eclipses, ni lluvias torrenciales. El mejor verano de mi vida.



Basilio Pujante
en Recetas para astronautas.
Editorial Balduque.

martes, 24 de mayo de 2016

Antonio Cabrera: Instante del canto rodado (Alto Tajo)

DESTACABA entre muchos. Me acerqué.
Un guijarro cilíndrico y ferruginoso.
Pensé en las consabidas coincidencias,
en los años, los siglos, los milenios
que se necesitaron para darle
la cualidad aquella, la pátina oxidada
que me hizo descubrirlo.
Y pensé en la madeja
que habría estado devanando yo:
qué senda en garabato,
qué inconscientes distancias
se habrían ido tejiendo
hasta ponerme en su proximidad.
Sobre mi mano, solo, recibía
toda la luz de la mañana hincada
en la orilla del río.
De sus imperfecciones derivé
cristales inconclusos. De sus grietas,
excusas geológicas. Era una esquirla más
del Todo, pero daba a esa totalidad
un papel secundario.
                                   Se exhibió tan concreto
que me obligó a eludir cualquier insinuación
de existencia sumada.
Se reunía en sí sobre mi palma,
en pedestal, severo. Su color
-una herrumbre muy bella, ya inmutable-
lo mantuvo cerrado a la tensión
del agua fragorosa y de los farallones,
como si no constasen.
El rumor de los pinos se desleía en torno.
Mi mano no era nada. Yo fui nadie.




Antonio Cabrera
en Corteza de abedul.
Tusquets. Nuevos textos sagrados.