martes, 10 de mayo de 2016

Vicente Gallego: Canto XXVII

Ha llegado el invierno
a la casa del monte, y ha venido
apretado en la piña
de mi última niñez, la gratitud.

Me miraba en el fuego, vi pagadas
mis deudas, no encontré
tampoco a mis deudores, cuando allí,
junto a la chimenea, entre una sombra
y una lengua de llama,
se me dio todo junto a manos llenas.

Aquello -yo no sé
llamarlo sino aquello solamente-
estaba tan ardiendo con el fuego,
tan abrazado al fin
de todos los finales, que empezó
a no tener principio ya la noche.

¿Quién miraba a los ojos
a quién en ese pozo de ser uno
mi corazón, la vida?

Y no quise saber, pero era cierto:
entró la casa en luna, algo temblaba.



Vicente Gallego
en Ser el canto.
Colección Visor de Poesía.

domingo, 8 de mayo de 2016

Antonio Rodríguez Jiménez: Dos poemas

AVES MIGRATORIAS

Ya regresan las aves migratorias.
Vuelven de los helados humedales del norte,
de las estepas rusas.
Pero ellas poco saben
de la estela irisada de los barcos
que blanden la amenaza.
No encontraron inhóspitas las tierras
cercadas por la muerte.
Llegan a esta península intermedia
entre África y Europa
y no verán tampoco las señales
de la degradación. Tan solo siguen
las líneas de la costa,
la masa informe de las cordilleras.
Ellas son libertad y cuando ceden
al fin ante el cansancio
nada se altera; no es de nada símbolo
su cuerpo en la caída
hacia lo mineral, con la pureza
de toda finitud.


El NADADOR

Soy como el nadador que empieza a hundirse
y aún puede ver la luz, la luz en torno
penetrando las aguas que se cierran.
¿Y para qué este aire?
¿Para un último grito imposible?
Inalcanzable luz, palabra muda,
palabra ahogada, muerta en el silencio.

La gravedad lo arrastra lentamente
hacia el fondo vacío, hasta la página
en blanco; y se sumerge
para siempre vencido, para siempre
incompleto, despacio, muy despacio,
como si no estuviera tan lejos de alcanzarla:
la claridad al fin, la transparencia.



Antonio Rodríguez Jiménez
en Los signos del derrumbe.
Poesía Hiperión.

miércoles, 27 de abril de 2016

Rafael Espejo: Cuatro poemas

DÍA

He sacado una silla al balcón
y me he sentado a vivir.

Crece hierba de infancia en los tejados,
donde siempre es domingo.

Y eso me reconcilia
también con el futuro.

¿O soy yo, que sonrío?

Definitivamente
no tiene vértigo la mala hierba:

sube su verde claro,
que su vida es subir.

Incluso las ya secas,
de cálido amarillo,

se mantienen en pie,
pincelando el paisaje.

Hoy va a ser un buen día
de sol y nubes blancas,

respirará su luz
favorita la hierba.

Sentado en una silla con balcón
siempre es domingo.




NATURALEZA VIVA

UNA fuente de frutas
con zumo de naranja, miel y ron

después de aparearnos variamente
en el sofá y la cama
una mañana fresca de domingo.

Y como un ocio de la primavera
por la ventana
ha entrado una calandria en nuestro cuarto.




DEL BUEN APETITO

MIENTRAS troceo los calabacines
en dados imperfectos

tú cantas lo que canta
una italiana desde el transistor.

En la sartén
el aceite festeja la cebolla
con burbujas, la doran en seguida:
dramática belleza.

Tú sigues deambulando por las habitaciones,
de rama en rama como una calandria
absorta en su piar.

El tomate hace aguas,
los ajos machacados beben agua
de tomate.

Pasas por la cocina
silbando un estribillo.
Me abrazas por detrás:
¿estás pensando en mí?

En la sartén el huevo
envuelve de placenta las verduras.

Revuelto con espárragos, te digo.

Me besas: Yo también.




PRIMER ADIÓS A UNO DE LOS MÍOS

SOBRE mi cama
qué postizo
                  y qué afín
tu cadáver. Virginia.

No era carne en alerta
ni espíritu en reposo.

No lo toqué, o quise.
¿Qué podía decirle
a un no-tú tan absurdo?

Pero sí, lo comprendo,
ya es difícil morir
como para ocuparse
de que el cadáver signifique algo.

Nada.

Quizá por eso
me hechizaba tu muerte, me aturdía
su perfección,
su antimilagro puro.




Rafael espejo
en Hierba en los tejados.
Pre-textos.

jueves, 7 de abril de 2016

Javier Temprado Blanquer: I



Abres la puerta. Lees los nombres
en el buzón. No los conoces.
No intuyes su rostro bajo el metal.

Y te sientes extranjero.
Piensas
en cuánto tiempo hace
que no te llaman por tu nombre.

Y encajas tu ruptura.

Te desligas del pasado.



Javier Temprado Blanquer
en Los vértices del tiempo.
La isla de Siltolá

David Sarrión: La luz



Hoy regresa a casa ocupando un océano
que ha sido atravesado por la luz.
RUBÉN MARTÍN DÍAZ


El mundo dejó de oler un día de resaca.
al despertar me cegó el reflejo del atardecer incrustado en una ventana que poesía una cantidad incontable de horas de flaqueza.
El transcurso de la tarde estuvo bañado en caricias. Cumpliendo cuentas pendientes con mi rostro cotidiano. Materializaba alguna sonrisa indisciplinada, tímida y hueca, discutiendo en voz alta por los pasillo del supermercado sobre el menú que iba a degustar cuando llamara a mi puerta la fuerza del hambre.

Mientras que eso ocurría analicé mi vida, recaí en la ingestión de algún producto químico sin importancia y hablé contigo, aunque ya no eras la misma.
(Llegué a notar la sensación de alivio cuando colgué).

Mis manos lejos del deseo, gritaba yo, cuando la fuerza del hambre surcó mi cerco, con cierto aire reposado, confirmando que ningunos ojos son los mismos después del cuarto (o quinto) parpadeo.
Me di un festín con los recuerdos más dulces de nuestro paso por la vida. Traté de no excederme con la sal al reducir una salsa transgénica de lágrimas. Descongelé los miedos y mezclé los platos rotos para elaborar un postre con verdades. Después guardé la siesta en un cajón seis horas. Y ahora cuando ya no huele mal el mundo soy capaz hasta del hablar cuando hay alguien ami lado.

David Sarrión Galdón
en Breve teoría del desastre.
Huerga & Fierro editores.

sábado, 26 de marzo de 2016

Nuno Judice: Guía de cuentas


Deshilvano un rosario de conjunciones
en los dedos de la memoria. Pero
se rompe el hilo y las cuentas deslizan
por el pavimento de la página. Las viejas
de los rostros deshechos por el ocaso corren
tras ellas y las recogen,
sin saber para qué sirven. Espero
a que se duerman para robárselas, oyendo
de sus labios susurros de palabras
dispersas de la frase del sueño. En el patio,
entre tablas amontonadas pura
arder dentro del horno del pan, un reflejo
templado de la luna atraviesa los muros de piedra,
atrayendo hacia fuera de sus huevos de musgo las lagartijas.
Y no veo el camino hacia donde el destino
me lleva; pero voy dejando tras de mí
las cuentas que señalan el tiempo de mis pasos.
Si me pierdo, guiarán mi regreso-
como si el viento y los animales nocturnos
no las fuesen a dispersar muy lejos de mi vista,
y yo no me alejase cada mañana, más y más del patio
de mi infancia.



Nuno Judice
en El fruto de la gramática.
Valparaíso ediciones.

domingo, 13 de marzo de 2016

Lucía Plaza: No life vest un der your seat




(27º 06´N/ 13º 25´W/ LAAYOUNE)

Señores pasajeros
-o más bien sombras-
Recuerden deslizarse en silencio bajo noches sin luna
Recuerden ocupar el mínimo espacio respirar lo justo
No preferir ningún sonido
Aún siendo de dolor miedo o amenaza

Recuerden también pagar con su vida
Este billete sin retorno hacia una herida abierta
Viajando a una velocidad
                                             De unos pocos nudos
A merced de los vientos y corrientes submarinas

Sin salidas de emergencia
                                             Sin ventanillas
Burlando todo tipo de normas internacionales

Señores pasajeros
                               No olviden
Que viajan con sus sueños como único equipaje
No haciéndose responsable la sociedad ni la empresa

Si éstos aparecen rotos o mojados
Flotando en alta mar
Bajo el amanecer violeta


Lucía Plaza Díaz
En Lonely planet. Planeta solitario.
Fractal poesía,