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jueves, 12 de marzo de 2020

Ángel Manuel Gómez Espada: Estrella polar

La ciudadanía duerme.
Tarde ha remitido la lluvia.
Regresas a casa
Tras una jornada cotidiana
De trabajo maltrecho y roto.
Esquivas los charcos
mientras silbas a Mozart
y te sientes dulcemente cansado.
Ningún motor de coche
atropella tus divagaciones.
Ninguna luz de neón
aturde tus memorias.
Ningún llanto de perro,
ninguna salida de tono.
La ciudad está dormida,
hastiada de los noticiarios
y de la vida secundaria.
Te ofrece todos sus secretos
y tú los rechazas con vago gesto,
con un silbido dulce
que imita al violín
que imita al jilguero
que escuchó en su día
el austriaco inmortal.
La cuidad está durmiendo.
Entera para ti se entrega.
Te ofrece descubrir sus laberintos,
sus hermosos rincones clandestinos.
Pero estás cansado.
Prefieres aligerar el paso,
regresar a casa. Tienes prisa.
Apoyas tu alma en el paraguas.
Estás deseando abrir la puerta,
Entrar, dejar las llaves,
quitarte el abrigo,
besar su nuca.
Besarle la nuca a tu estrella polar.
Brújula que te orienta.
Que te salva de laberintos.
Que resuelve crucigramas por ti.



Ángel Manuel Gómez Espada
En Postales en una caja de galletas.
Editum.


miércoles, 11 de abril de 2018

Ángel Manuel Gómez Espada: Hace veinte años el futuro

Decidme los nombres de todo 
tal y como yo os lo he dicho. 
ANDRÉS GARCÍA CERDÁN

Hace veinte años el futuro era metalúrgico.
Desde luego, no era esta ciudad,
estas calles amarillas que fotografío,
estos cafés de debate y mercadillo.
Ni esta casa donde habito,
patrocinada por las repúblicas independientes de Ikea;
ni mi madre en una silla de ruedas,
viuda y con dos piernas como columnas jónicas;
ni mi hermano en el paro,
cosido a una incertidumbre
patrocinada por el Banco Santander;
ni los amigos tan lejos,
en los extrarradios de Europa.
Por supuesto, no entraba dentro de los planes
de aquel futuro siderúrgico y profiláctico
este trabajo que me abochorna y aletarga,
que se come mis memorias de domingo;
ni esta mascarilla que me proporciona
el oxígeno suficiente para seguir ejerciendo
el difícil arte del sueño;
ni una hermosa ahijada en Lyon
que enciende cualquier primavera
y que crece durante llamadas telefónicas.
Algunas certidumbres sí que estaban:
Lisboa, París, Roma, Pekín
y el dulce reencuentro con la nieve,
siempre bienvenida.
Pero de alguna manera tú sí estabas.
Comenzabas a mostrarte en aquella nebulosa,
a convertirte en lo que acabase siendo:
esa melodía a la que uno siempre regresa,
como regresamos a Mozart o a Pessoa,
y que nos obliga a sentirnos cómodos
y en armonía con la vida,
por muy cenicienta que se nos presente,
agazapada entre nieblas y dudas.
Porque la vida es Luciano cantando Nessun Dorma
y no lo que asoma por los telediarios.
Es tu pure, o Principessa, Nella tua freda stanza,
y no caídas en las bolsas europeas,
cadáveres en Siria o Palestina,
matanzas en Boston o en Connecticut.
La vida es tu mano mostrándome el futuro,
semilla y certidumbre.


Ángel Manuel Gómez Espada
En Ventana de emergencias.
Huerga & Fierro editores