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martes, 5 de julio de 2016

Enric González: Historias de Nueva York

La gracia de Yogi, que más tarde entrenó a los Yamkees y a los Mets, iba más allá de su talento como jugador y de su profundo conocimiento del béisbol. Su gracia estaba en las palabras. Quizá sólo Groucho Marx podía superarlo en la construcción de ingenios verbales, que le brotaban (y le brotan: cuando se escribe esto, sigue vivo) inconscientemente, sin buscarlos. Uno para empezar. Ya retirado, Carmen, su mujer de toda la vida, le hizo una pregunta delicada: "Naciste en Missouri, te criaste y jugaste en Nueva York, vivimos en Nueva Jersey. Si murieras antes que yo, ¿dónde te gustaría que te enterrara?". La respuesta: "No sé, sorpréndeme cuando llegue el momento".

Sigue una selección de frases. Algunas son muy populares. La mayoría fueron pronunciadas como declaraciones improvisadas para la prensa.

-Hay que ir con mucho cuidado si uno no sabe dónde va, porque podría no llegar.
-Si no puedes imitarle, no le copies.
-Corta la pizza en cuatro pedazos, no tengo tanta hambre como para comerme seis.
-El béisbol es cuestión de cerebro en un 90 por ciento, la otra mitad es esfuerzo físico.
-Ya nadie va a ese sitio, hay demasiada gente.
-Se hace tarde muy temprano.
-¿Para qué comprar buenas maletas? Sólo se utilizan en los viajes.
-Es un gran hotel. Las toallas son tan gruesas que casi no puedo cerrar la maleta.
-Hay que ir a los funerales de los demás; si no, no vendrán al tuyo.
-El futuro no es lo que era.
-Nunca hay que responder una carta anónima.
-Cuando uno llega a una encrucijada debe seguir adelante.
-Suelo hacer un par de horas la siesta, desde la 1 hasta las 4.
-¿Qué haría si encontrara un millón de dólares? Localizaría a quien los hubiera perdido, y, si fuera pobre, se los devolvería.
-Yo no he dicho todo lo que he dicho.

Grande, ¿no?

______________________

Nueva York sigue siendo una tormenta de almas, un caudaloso río humano. Para entender ciertas cosas no hacen falta idiomas, ni experiencia, ni memoria. Basta con abrir la ventana y escuchar el rugido de la bestia.

Enric González
en Historias de Nueva York.
Rba libros.

domingo, 29 de mayo de 2016

Basilio Pujante: Verano del 99

En el verano de 1999 no perdí la virginidad. Aquel verano no viví noches inolvidables que acababan con un baño al amanecer en una playa desierta. No recorrí Europa con una mochila y cuatro duros en el bolsillo, ni viajé a Dublín para aprender inglés durante el mes de julio. Fue un verano sin un amor juvenil de besos en los atardeceres y helados compartidos con la inocencia del que no conoce la palabra septiembre. Tampoco me embarqué en un catamarán que recorrió las Baleares vestido de blanco. En el verano de 1999 no leí La montaña mágica, ni Siddharta, ni siquiera 2666. No hubo durante aquellos días una canción que hoy me traiga recuerdos de porros compartidos la la orilla del mar, ni conciertos memorables con las camisetas regadas de sudor. Fue un estío sin éxitos deportivos nacionales, sin catástrofes mundiales ni muertes en la familia. No hubo durante aquellos dos meses hechos que forjarán una amistad inquebrantable que habría  de trascender el paso del tiempo y la dilatación de la distancia.
Verano tranquilo. 1999. Penúltimo (o quizás el último) verano del siglo. Sin eclipses, ni lluvias torrenciales. El mejor verano de mi vida.



Basilio Pujante
en Recetas para astronautas.
Editorial Balduque.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Chema Madoz

El zapato impar, por su parte, resultó muy locuaz y le dejaron desahogarse. Su dueño había perdido el pie derecho en un accidente laboral condenándole a él y al resto del calzado de la casa a aquella suerte de viudez que sobrellevaba con pesadumbre.

-¿Qué fue del otro zapato?- preguntaron las zapatillas deportivas.
-Lo enterraron con el pie amputado, a modo de mortaja, y desde entonces, me siento dividido, fragmentado, incompleto. Antes parecíamos dos, como cualquiera de vosotros, pero éramos uno, porque ahora que parezco uno sé que soy medio.

Juan José Millás
en No mires debajo de la cama.
Editoral booket.

martes, 7 de agosto de 2012

El hombre que vive en mi casa cuando yo no estoy


HAY UN HOMBRE QUE VIVE EN MI CASA cuando yo no estoy.
Encuentro colillas en los ceniceros, huellas de manos e la ventana, vaho en el espejo del baño.
Oigo sus pasos. Se alejan cada vez que abro la puerta.
He visto cabellos suyos en mi almohada. A veces me deja mensajes. No los entiendo. Hay un hombre que vive en mi casa cuando yo no estoy. Lo peor es que creo que soy yo.

Eugenia Rico
En El fin de la raza blanca.
Páginas de espuma.

miércoles, 13 de junio de 2012

La piscina


Me gustaban más los saltos encogidos que los carpados o los tirabuzones. Era hermosa la figura que formaba su cuerpo al doblarse desde la cintura con las piernas estiradas hasta la punta de los dedos, de forma que todos los músculos estaban tan tensos como era posible. Jun apoyó el rostro frente a las espinillas y agarró la parte de atrás de sus rodillas con la palma de la mano. También me gustaba aquella figura exquisita.

Cuando la línea de las piernas empezaba a caer describiendo un círculo casi trazado a compás, yo podía sentir el cuerpo de Jun dentro de mí. Caía mientras acariciaba mi interior. Más que un abrazo intenso era como estar enlazados los dos, de una manera cálida y serena. A pesar de no haber abrazado nunca a Jun, lo percibía con claridad.

Yoko Ogawa
en La piscina.
Funambulista.

lunes, 21 de mayo de 2012

Sobre el Titánic


CANTO VI

Inmóvil, observo este cuarto desnudo, en Alemania,
el alto cielo raso, antaño blanco,
el hollín que cae sobre la mesa en flecos diminutos;
y mientras la ciudad que me rodea oscurece deprisa,
yo me entrego en recrear un texto que tal vez no existió.
Restauro mis imágenes, yo soy mi propio falsificador.
Y me pregunto la forma que tendría el salón de fumar
a bordo del Titanic, si las mesas de juego tenían
taraceas o estaban cubiertas de paño verde.
¿Cómo era en realidad?
¿Cómo era en mi poema? ¿Estaba en mi poema?
¿Y aquel hombre delgado, distraído, aquel ser excitado
deambulando por La Habana, presa de discusiones y metáforas
y aventuras de amor interminables? ¿Era realmente yo?
No podría jurarlo. Y dentro de diez años no podré jurar
que estas mismas palabras sean las mías, escritas
en el lugar más oscuro de Europa, en Berlín, diez años atrás;
es decir, hoy, para apartar mi mente de las noticias de la noche,
de los innumerables minutos sin fin que nos esperan
y que se extienden hasta el infinito, a medida que avanza no se sabe qué fin.
Dos grados bajos cero, en la ventana todo está negro, hasta la nieve.
Me invade, no sé por qué razón, una gran calma.
Miro hacia fuera como un Dios. No hay iceberg a la vista.

Hans Magnuns Ensensberger
en El hundimiento del Titanic.
Traducción de Heberto Padilla
con la colaboración del autor y Michael Faber-Kaiser.

Plaza y Janés.



Pla

martes, 20 de marzo de 2012

He turned the water into wine

Un mediodía del mes de agosto del año 2002, los escritores más o menos españoles José María Pérez Álvarez y Manuel Vilas pasean por el casco viejo de Santiago de Compostela. Entran en bares y beben Viña Costeira. Vilas se queda absorto mirando a las cigalas y a los percebes y a las langostas y a los centollos y a las nécoras que exhiben en los escaparates de las marisquerías compostelanas. Vilas saluda a las langostas. Pérez Álvarez se queda perplejo ante la actitud de Vilas. Es la primera vez que se encuentran, y no entiende muy bien Pérez Álvarez la fascinación de Vilas ante esos bichos y menos que les hable como si fuesen vacas o caballos o perros o gatos o periquitos. Sin embargo, hay algo en la fascinación de Vilas ante las cigalas y las langostas que le recuerda a su infancia, a la propia infancia de Pérez Álvarez. De repente, Pérez Álvarez es feliz mirando a su nuevo amigo. Piensa que su nuevo amigo esta bastante pirado, y eso le reconforta. Piensa que su nuevo amigo ha debido de salir, casi seguro, de un Seminario, o de una célula de un nuevo partido comunista reunificado. También piensa Pérez Álvarez que es casi seguro que todos los nuevos amigos que le quedan por conocer van a ser así, como Vilas, y eso le inquieta, porque ve en ello un designio. Su nuevo amigo no se entera de nada porque solo tiene ojos para el marisco. ¡Qué maravilla!, grita Vilas. Comamos esos bichos, dice Vilas. No dejemos ni uno. Comámoslo todo. Entran Pérez Álvarez y Vilas en una marisquería compostelana y se piden un arroz con bogavante y vino blanco de Orense. Llevan herramientas en las manos para luchar contra las patas del Bogavante. Vilas come como un revolucionario del siglo xx y sigue hablando con los bichos que se come. A Pérez Álvarez le hace infinitamente feliz ver a un hombre disfrutar así de la comida y mantener largas conversaciones con bichos fantasmagóricos. Y otra vez vuelve Pérez Álvarez a recordar su infancia. Ebrios y felices, hablan del mundo y de la muerte. Hablan del regreso del comunismo, de la Utopia que se cierne sobre el mundo, del mundo convertido en una sola nación, una nación convertida en una botella infinita de Viña Costeira. Están conspirando contra el orden. La literatura que escriben es una conspiración neo-comunista, prosoviética, promusulmana y prehispánica. Hablan de William Faulkner y de Gaspar Melchor de Jovellanos, que también eran neocomunistas. Saben que son dos desesperados , pero saben también que la desesperación es una de las caras del Bien Absoluto, de la Revolución Incesante, quizá la cara mas hispano-soviética. Ahora saben que son amigos. Son dos comunistas de ellos mismos. Son dos grandes comunistas de la literatura española. Su comunismo les matara. A Vilas le cuesta darse cuenta de eso, porque sigue pensando en comer algo más, tal vez una tarta de Santiago. Luego toman licor de café en abundancia.

Dos días después, Pérez Álvarez y Vilas alquilan dos motos y se van desde Santiago de Compostela a las playas de Carnota. Se han comprado también dos camisetas, en donde se lee este lema "I Love Jackson". Aparcan sus motos de alquiler con cuidado, al lado de una iglesia en donde se esta celebrando una boda. E1 novio es negro. La novia es gallega. Vilas y Pérez Álvarez saludan a los novios. Les gustaría repartirles una octavilla en donde se explicase con detenimiento el regreso del Eurocomunismo. Vemos ahora a Pérez Álvarez y a Vilas caminar por la inmensa playa de Carnota. Hace mucho viento. E1 viento es glorioso.

E1 cielo se oscurece. No parece agosto. Parece febrero, parece el fin del mundo. Las olas se agigantan. Empieza a llover. Es el fin del mundo. Tal vez todo este espectáculo de la naturaleza este anunciando el regreso del eurocomunismo, o el regreso de Lenin, o el de Cristo. Mejor el de Cristo, dice Pérez Álvarez, por lo del milagro del vino, añade. Como José María Pérez Álvarez es mas bien menudo, una monstruosa ráfaga de viento lo levanta del suelo y quiere llevárselo hacia las olas salvajes e inhumanas del mar de Carnota, pero entonces Vilas, dando un salto hacia arriba, como si fuese una cabra montesa saltando penas arriba, coge la mano de su amigo con mucha fuerza—cuando ya su amigo estaba a casi dos metros de altura sobre el suelo, a punto de ser un pájaro en mitad de la tormenta del capitalismo universal—y le dice: <>, y hace descender a su amigo de la negrura del aire de arriba y deposita el cuerpo de José María otra vez sobre la arena blanca de la playa de Carnota. Luego Vilas y Pérez Álvarez cenan sardinas asadas en un chiringuito lejos de la playa, pero al lado de un hórreo. Vilas se come las sardinas con las espinas. Entiende que comerse las espinas es un acto político. Pérez Álvarez se queda mirando como su amigo devora peces con espinas e intenta ver la soflama revolucionaria o tal vez literaria que ese acto encierra. A Jose María Pérez Álvarez le gustaría repetir el milagro de la multiplicación de los peces, más que nada para que su amigo saciara su hambre milenaria de una vez por todas. Qué te parece si volvemos otra vez a la playa y andamos un rato sobre las aguas, como hizo Jesucristo, dice, finalmente, José María. 

Mejor con las motos, conduzcamos las motos sobre el agua, dice Vilas.


Manuel Vilas
en España.
DVD Ediciones.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

George Moore: Retrato singular


Creo que tenía miedo de que me cogiera y me besara. Como toda mi historia gira en torno a él, quizá debería describirlo de forma más completa, y para hacerlo te diré que era un tipo alto y flaco con anchas y sobresalientes caderas, y un cuello alargado y fino. Su cuello me asustaba tanto como el resto de su cuerpo, a no ser que fuera su nariz, que era muy grandota, o que sus ojos melancólicos, que eran azul claro y muy pequeños, y que tenía hundidos muy dentro en la cabeza. Era mayor, pero no puedo decir cuánto, porque a los niños todo el mundo les parece mayor excepto los niños. Era el ser más feo que el que hubiera podido ver nunca en un libro de hadas, y yo suplicaba que no me dejasen solo en la sala de estar; y estoy seguro de que a menudo le pedía a mi padre y a mi madre que escogieran otras habitaciones, lo que nunca hacían, porque a ellos les caía bien Albert Nobbs.

George Moore
en La vida singular de Albert Nobbs.
Funambulista.
Traducción de Gonzalo Gómez Montoro.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El principio del fin




Para Padilla recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era absolutamente homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfas y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Witman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y paradigma de las locas (en nuestra lengua, claro está; en el mundo ancho y ajeno el paradigma seguía siendo Verlaine el Generoso). Una loca, según Padilla, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica respectivamente. Los poetas tipo Blas de Otero eran, por regla general, bujarrones, mientras que los poetas tipo Gil de Biedma eran, salvo el propio Gil de Biedma, mitad ninfas y mitad maricas. La poesía española de los últimos años, exceptuando, si bien con reticencias, al ya nombrado Gil de Biedma y probablemente a Carlos Edmundo de Ory, carecía de poetas maricones hasta la llegada del Gran Maricón Sufriente, el poeta preferido de Padilla, Leopoldo María Panero. Panero, no obstante, había que reconocerlo, tenía unos ramalazos de loca bipolar que lo hacían poco estable, clasificable, fiable. De los compañeros de Panero un caso curioso era Gimferrer, que tenía vocación de marica, imaginación de maricón y gusto de ninfo. El panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la Palabra. Los mariquitas, según Padilla, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban –aunque no siempre- los parámetros estéticos y vitales de los maricas. Lo que sucede es que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimodo, el trío de la muerte. De igual modo que Pasolini repinta a la mariquería italiana actual, véase el caso del pobre Sanguinetti (con Pavese no me meto, era una loca triste, ejemplar único de su especie).

Roberto Bolaño
En Los sinsabores del verdadero policía.
Anagrama.

martes, 25 de octubre de 2011

El Alma de Javier Moreno


RECUERDO HABERME MASTURBADO una vez pensando en mí mismo y no haber obtenido placer alguno. Mis uñas no tienen aristas y brillan como si estuviesen pintadas de laca. Me gusta la cocina china, la cocina hindú, la cocina italiana, la cocina japonesa y la cocina mexicana. soy capaz de cocinar con solvencia al menos media docena de platos de cada una de ellas. No sé nada de la cocina astraliana ni de la chilena. Como de todo salvo casquería y órganos internos. Los cátaros me resultaron simpáticos durante una época de mi vida. Al hacerme mayor descubrí con sorpresa que el mundo estaba lleno de ellos. De pequeño tenía los pies planos. Quizás los siga teniendo. De adolescente tuve escoliosis. Mi corrección anatómica es impuesta. Bromeando con mis amigos digo que soy la Ana Obregón de las ortopedias. Creo que el hombre nunca llegará a Marte. Hasta los veinte años no escribí una sola palabra que tuviese que ver con la literatura. Sigo sin saber muy bien de qué hablo cuando uso esa palabra. Quizá lo mejor sea no intentar hacer literatura. tan solo escribir, a secas.

Javier Moreno
en Alma.
Lengua de trapo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Zatopek


Al cabo de esos seis años, la hermana mayor del socialismo y sus apoderados praguenses, que han convertido a Alexander Dubcek en jardinero, deciden que Emil regrese a la capital, pues se les ha ocurrido la idea de ascenderlo y convertirlo en basurero. La idea parece buena, ya que la intención es humillarlo, pero no tarde en demostrarse que no es tan buena. En primer lugar, cuando Emil recorre las calles de la ciudad tras el camión con su escoba, la gente lo reconoce de inmediato y todo el mundo se asoma a las ventanas para ovacionarlo. En segundo lugar, como sus compañeros de trabajo se niegan a que él recoja basura, se limita a correr a pequeñas zancadas, en medio de los gritos de aliento como antes. Todas las mañanas, a s paso, los habitantes del barrio donde le toca trabajar a su equipo bajan a la calle para aplaudirle, vaciando ellos mismos su cubo en el camión. No ha habido en el mundo basurero tan aclamado. Desde el punto de vista de los apoderados, la operación resulta un fracaso.

Lo apartan rápidamente de ese puesto y prueba con dos o tres más, en el desempeño de los cuales persiste el problema de su popularidad. Como último recurso, acaban facturándolo al campo, donde hay menos gente que en la ciudad, donde esperan que llame menos la atención y donde se le destina a labores de explanación. Oficialmente declarado geólogo, el trabajo de Emil consistirá ahora en cavar agujeros para colocar postes telegráficos. Transcurren dos años y se convoca a Emil ante un comité que ya no lo llama camarada. Le alargan un nuevo papel, sugiriéndole con firmeza que lo firme.

En ese documento, Emil confiesa como dictan las normas sus errores del pasado. Que se equivocó apoyando a las fuerzas contrarrevolucionarias y a los revisionistas burgueses. Que no hubiera debido apoyar ese asqueroso y reaccionario manifiesto de las dos mil palabras. Se declara muy satisfecho de la situación actual en general y muy contento de su vida personal en particular. Asegura que, pese a los rumores, no ha sido nunca basurero ni peón. Que en ningún momento se le ha procesado ni degradado, y que no necesita cobrar s retiro de coronel en la reserva. Que percibe un sueldo sobradamente satisfactorio por su trabajo en las excavaciones geológicas, función en la que ha descubierto un mundo nuevo y apasionante. Y firma. Firma su autocrítica, qué otra cosa va a hacer para vivir en paz. Firma y, poco después, recibe el perdón. Se ha acabado el purgatorio. Le asignan un puesto, en Praga, en el sótano del Centro de Información de los Deportes.

Bueno, dice el dulce Emil. Archivista, puede que no mereciera nada mejor.

En Correr
de Jean Echenoz.
Anagrama.

martes, 14 de junio de 2011

Vocación de escritor


-Sabes, a mí me ocurre muchas veces lo mismo que a ti, y entonces lo escribo en mi diario. Tú no estás sola, de veras que no. Tú no estás sola.

Miriam no manifestó reacción alguna, ni siquiera cuando Micha le prometió:
-Si quieres, te los leeré mañana, me refiero a mis diarios.
A continuación se despidió y se dirigió como una exhalación a su casa, colgó un Prohibido el paso en la puerta de su habitación y puso manos a la obra. Porque el problema era que Micha jamás había escrito un diario. Y ahora no le quedaba más remedio que hacerlo.
...

Cuando llegó a casa de Miriam con sus diarios, Micha la encontró tumbada en la cama tan apática como el día anterior, con la mirada clavada en el techo de la habitación. Micha cogió el primer diario y se lo enseñó:
-Fíjate -le dijo-, en esta época yo, más que escribir, garabateaba.
Miriam no mostró la menor reacción.
-Bueno, voy a empezar -comentó Micha carraspeando-. Leeré en voz alta: "Querido diario, hoy ha sido un día importe porque hemos aprendido la eme. Ahora vale la pena comenzar el diario, porque al fin puedo escribir una palabra importantísima que hasta hoy sólo podía pensar: ¡MIERDA!".
Miriam sonrió. Micha, que no quería que le interrumpieran nada más empezar, advirtió:
-Un momento, un momento, que todavía sigue...
Pero de repente se detuvo y comprendió que Miriam había vuelto a la vida. Percibía las cosas, escuchaba, reaccionaba, ¡sonreía! Micha estaba radiante de alegría:
-Has... he...
Miriam exhibió una sonrisa resplandeciente y, al final, le rodeó el cuello con sus brazos, lo atrajo hacia sí y cumplió por fin su promesa: le enseñó cómo besan los occidentales.

___________________


Quien de verdad quiera conservar en la memoria lo sucedido, no debe entregarse a los recuerdos. el recuerdo humano es un proceso demasiado agradable como para retener el pasado; es lo contrario de lo que pretende ser. Porque el recuerdo puede más, mucho más: realiza con tenacidad el milagro de concertar la paz con el tiempo ido, en la que se volatiliza cualquier asomo de rencor y el blando velo de la nostalgia se deposita sobre todo lo que se percibió como duro acerado.

Las personas felices tienen mala memoria y hermosos recuerdos.

Thomas Brussig
en La Avenida del Sol.
Siruela.

martes, 22 de febrero de 2011

El olvido


Todos estamos condenados al polvo y al olvido, y las personas a quienes yo he evocado en este libro o ya están muertas o están a punto de morir como mucho morirán quiero decir, moriremos- al cabo de unos años que no pueden contarse en siglos sino en decenios. "Ayer se fue, mañana no ha llegado, / hoy se está yendo sin parar un punto,/ soy un fue, y un será, y un es cansado ..." decía Quevedo al referirse a la fugacidad de nuestra existencia, encaminada siempre ineluctablemente hacia ese momento en que dejaremos de ser. sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas estas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron, y son solo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. en breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio. Visto en perspectiva, como el tiempo del recuerdo vivido es tan corto, si juzgamos sabiamente, "ya somos el olvido que seremos", como decía Borges. Para él este olvido y ese polvo elemental en el que nos convertiremos eran un consuelo "bajo el indiferente azul del Cielo". Si el cielo, como parece, es indiferente a todas nuestras alegrías y a todas nuestras desgracias, si al universo le tiene sin cuidado que existan hombres o no, volver a integrarnos a la nada de la que vinimos es, sí, la peor desgracia, pero al mismo tiempo, también, el mayor alivio y el único descanso, pues ya no sufrimos con la tragedia, que es la conciencia del dolor y de la muerte de las personas que amamos. Aunque puedo creerlo, no quiero imaginar el momento doloroso en que también las personas que más quiero -hijos, mujeres, amigos, parientes- dejarán de existir, que será el momento, también, en que yo dejaré de vivir, como recuerdo vívido de alguien, definitivamente. Mi padre tampoco supo, ni quiso saber, cuándo moriría yo. Lo que sí sabía, y ese, quizá, es otro de nuestros frágiles consuelos, es que yo lo iba a recordar siempre, y que lucharía por rescatarlo del olvido al menos por unos cuantos años más, que no sé cuánto duren, con el poder evocador de las palabras. Si las palabras transmiten en parte neutras ideas, nuestros recuerdos y nuestros pensamientos -y no hemos encontrado hasta ahora un vehículo mejor para hacerlo, tanto que todavía hay quienes confunden lenguaje y pensamiento-, si las palabras trazan un mapa aproximado de nuestra mente, buena parte de mi memoria se ha trasladado a este libro, y como todos los hombres somos hermanos, en cierto sentido, porque lo que pensamos y decimos se parece, porque nuestra manera de sentir es casi idéntica, espero tener en ustedes, lectores, unos aliados, unos cómplices, capaces de resonar con las mismas cuerdas en esa caja oscura del alma, tan parecida en todos, que es la mente que comparte nuestra especie. "¡Recuerdo el alma dormida!", así empieza uno de los mayores poemas castellanos, que es la primera inspiración de este libro, porque es también un homenaje a la memoria y a la vida de un padre ejemplar. Lo que yo buscaba era eso: que mis memorias más hondas despertaran. Y si mis recuerdos entran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejaré de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras.

Héctor Abad Faciolince
en El olvido que seremos.
Seix barral.

martes, 26 de octubre de 2010

Formas de decir adios


Esperó el instante en que el expreso del norte cruzó lentamente el puente de hierro. El expreso pasó, y desapareció detrás de la fachada de la estación.
Entonces Ganin cogió las maletas, llamó a un taxi, y dijo al taxista que lo llevara a otra estación, a la estación situada en el otro extremo de la ciudad. Eligió un tren que salía para el sudoeste de Alemania, dentro de media hroa. Gastó la cuarta parte de cuanto dinero tenía en el mundo para pagar el billete, y con agradable excitación pensó la manera en que cruzaría la frontera sin necesidad de un solo visado. al otro lado se extendía Francia, la Provenza, y después el mar.

El tren partió y Ganin se sumió en un leve sueño, con el rostro oculto por los pliegues del impermeable colgado de un gancho, sobre el asiento de madera.

Vladimir Nabokov en
Mashenka.
Anagrama bolsillo

jueves, 7 de octubre de 2010

Comentarios a las obras del autor


EL AUTOR EN INGLATERRA
LITOGRAFÍA SOBRE IMITACIÓN DE PAPEL JAPONÉS
IMPRESIÓN DE PRUEBA (54,8 x 32 CM)

"En los años ochenta, el autor y otro grupo de personas se reúnen en torno a un espacio experimental al que bautizan con el nombre de "Inglaterra". Para comunicarse dentro de los límites de este espacio imaginario desarrollan una lengua a la que llaman "inglés", muy parecida al inglés convencional pero con la inclusión de palabras inventadas para la ocasión. Cuando, a petición de las verdaderas autoridades inglesas, la policía los desaloja de esta Inglaterra de pega, el autor pronuncia la famosa frase "That´s all, folks", que pronto se convirtió en un emblema para otros idiotas."

AUTORRETRATO FUMANDO
ÓLEO SOBRE LIENZO (207 x 183 CM)

"Las preferencias del autor por imágenes que nos recuerdan a otras imágenes podrían ser una resolución del azar o una perturbación temporal, pero nunca un plagio. Según el autor, este método arbitrario de composición artística es "bueno para mí y bueno para los míos, y ningún juez tiene derecho a decirme lo contrario, aunque acato el veredicto y pagaré todo lo que se me reclama".


AUTORRETRATO CON SOMBRERO
PUNTA SECA (79,7 x 64,1 CM)

"El autor puede pasarse horas hablando de su trabajo. De hecho, el autor prefiere hablar de sus obras que crearlas. "Crear es secundario para mí. Prefiero exhibirme en un café -ha dicho en más de una ocasión-. Como no me siento obligado a pintar, puedo hablar indefinidamente. Tanto como quiera. Aunque me cueste dinero. Prefiero perder dinero antes que irme a pintar.". Durante mucho tiempo, la única manera de obtener producción artística del autor era secuestrándolo y encerrándolo en su propia casa, habiéndole desprovisto antes de cualquier otro accesorio que no fueran folios y lápices o pinturas, etc. Incluso de esta manera, si uno pegaba la oreja en la puerta de su domicilio, se le podía oír hablar solo durante horas."

Fragmentos de Comentario a las obras del autor.

Carlo Padial
en Dinero gratis.
Libros del silencio.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Tarde de lectura infantil

Ilustración de Bigre!


El siguiente comprador era un viejo de al menos cuarenta años; yo no sabía que a la gente de esa edad le importara el amor.
-Verá, mi mujer ya no soporta mis "te quiero". "Después de veinte años, podrías variar; inventa otra cosa o me voy", me dice.
-Eso es fácil. Podría decirle: "Tengo la mosca detrás de la oreja".
-¿Para que se crea que no me lavo?
-Pues entonces: "Me muero por tus pedazos".
-¿Y eso qué significa?
-Mi amor por ti es tan completo que sufro hasta cuando te cortas las uñas. Me gustan todos y cada uno de tus pedazos. Te quiero desde la punta del pelo hasta los dedos gordos de los pies.
-Bueno, voy a probar. Si esa frase no funciona, se la devuelvo.


Erik Orsenna
en La isla de las palabras.
Salamandra.

domingo, 3 de mayo de 2009

Manuel Moyano: Plenilunio


A veces alguno de nosotros se transforma bajo el influjo de la luna llena: pierde todo su vello, las patas traseras se le alargan, su hocico se acorta y empieza a caminar erguido. Esa misma noche lo expulsamos para siempre de la manada y él se encamina hacia la aldea de los hombres, con el vano propósito de ser acogido entre ellos; pero allí le impiden el paso porque sus modales les parecen toscos, hiede a monte y ni siquiera sabe hablar. Repudiado por todos, el desdichado vaga durante días por los campos y termina quitándose la vida.

Manuel Moyano,
en El imperio de Chu.
Tres fronteras.

Acabo de leer también El experimento Wolberg de Moyano en la editorial menoscuarto. Si os gustó El amigo de Kafka este también despertará vuestro placer de lectores.

miércoles, 15 de abril de 2009

El lector



Pasó un tiempo hasta que mi cuerpo dejó de añorarla; a veces yo mismo me daba cuenta de que mis brazos y mis piernas la buscaban mientras dormía, y mi hermano contó más de una vez en la mesa que yo había llamado en sueños a una tal Hanna. También recuerdo haberme pasado clases enteras soñando con ella, pensando sólo en ella. Pero luego el sentidmiento de culpa que me había atormentado en las primeras semanas se disipó. Empecé a evitar su casa, a tomar otros caminos, y al cabo de medio año mi familia se mudó a otro barrio. No olvidé a Hanna, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedó atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha. Está allí, en algún lugar a nuestra espalda, y si hace falta puede uno coger otro tren e ir a asegurarse de que la ciudad todavía sigue allí. Pero, ¿para qué hacer tal cosa?

Bernhard Schlink
en El lector
Anagrama.

sábado, 24 de enero de 2009

Final del maraton

Algo se complacía en Ernesto al confesar aquellos detalles, como si su victoria llegara ahora y quisiera entretenerse en ella, saborearla. Sintió repugnancia por él, por el hecho de que conociera tantas cosas sobre la vida de Diana más que por el de que le acusara como responsable de su infelicidad.
-¿Tienes algo más que decirme, Ernesto?
-Sí... Me das asco.

Se oyeron las zancadas y la respiración de un corredor pero ninguno de los dos se volvió para mirarle. Sintieron de nuevo el calor, ahora como si aquel aire respondiera a la misma densidad de sus miradas. Ernesto se fue sin decir una palabra y él esperó en vano que se volviera para mirarle por última vez.

Atardecía en el siete de mayo de mayo del mejor de los mundos posibles. Correr era la única, y más limpia, y más absurda de las opciones.

Andrés Barba
en La recta intención.
Anagrama.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Amor y enfermedad

Señor, mi padre dijo que os podríais curar si os bañáis en la sangre de una doncella. Yo soy doncella y quisiera ofreceros mi sangre.


El rey permaneció inmovilizado por el asombro y la alegría. ¿Sería posible aquel milagro cuando ya había perdido toda esperanza? No, no podía ser. Ocurriría como las otras veces. Con una voz donde se traslucía una íntima amargura, dijo:


-Te obliga tu padre, ¿verdad?


-No, no, el no quiere —respondió apresuradamente la doncella—. Soy su única hija, lo único que tiene, pues mi madre murió, y no quiere perderme por nada del mundo. Por eso tuve que aprovechar su sueno para poder decíroslo.


-Entonces—exclamo el rey asombrado— ¿por que lo haces? ¿Piensas que tu padre apreciara mas poseer la mitad de mis tesoros que tu vida?


-Pero si yo no quiero vuestros tesoros, señor.


-¿Qué quieres entonces? ¿Por qué lo haces?


Pero la muchacha no contestó. Permanecía ante el rey, con la cabeza inclinada, guardando un doloroso silencio. El rey retiro el velo de su rostro y vio una cara bella como la luna, arrebolada por el rubor. Dulcemente, tomándola de la barbilla, levanto su cabeza y volvió a preguntar.


-¿Dime, pequeña, por que lo haces?


-Señor, desde muy niña me asomaba a la celosía cuando paseabais por el jardín para veros pasar. No había en el mundo nada más hermoso. Después enfermasteis. Era tan triste veros así, tan triste...


Se había interrumpido ahogada por las lágrimas. Y el gran rey sintió algo que nunca había sentido. Aquella niña a la que ni recordaba haber visto le había amado durante anos, le había amado con un amor sin esperanza, con un amor tal que ahora le ofrecía su vida para salvarle.


-¿Cómo podría agradecértelo?—dijo mientras le acariciaba los cabellos—. ¿Si pudiera hacer algo por ti, algo que compensara tu sacrificio?


-Sí puede. Puede darme algo. Lo que más he deseado, lo que siempre soñé. Un día antes de verter mi sangre, tomadme por esposa.


Y así fue como el rey desposo a la doncella que al día siguiente había de ser sacrificada para que el recobrase su salud. Fue solo una ceremonia simbólica, pues la muchacha debería llegar virgen al sacrificio.


Pero al día siguiente ese sacrificio no se realizó. Ni al otro. Ni al otro... A1 gran rey le había ocurrido algo extraño. Le faltaba el valor para ordenar la muerte de aquella criatura tan dulce, tan bella, que le amaba tanto y a la que el también amaba cada día mas. Por eso fue posponiéndolo hasta que una noche entro con ella en la cámara nupcial para perder entre los brazos de su amada su única oportunidad de salvar la vida.


Por amor, el rey había renunciado a curar su lepra. Esa lepra que, también por amor, iba muy pronto a pudrir las dulces carnes de su bien amada. Murieron el mismo día y a la misma hora y fueron enterrados el uno junto al otro. Y cuentan allá en Oriente que en su mausoleo nacieron dos rosales, un rosal de rosas rojas y otro de rosas blancas, que se buscan y entrecruzan como si se abrazasen. Y esta es la historia que yo escuche cuando estaba en Trípoli sobre el rey leproso y la doncella, pero en verdad no sabría decir si en realidad sucedió o se trata solo de una de las muchas leyendas que por allí se narran...


Antonio Martínez Menchén

en La espada y la rosa

Alfaguara.