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martes, 5 de julio de 2016

Enric González: Historias de Nueva York

La gracia de Yogi, que más tarde entrenó a los Yamkees y a los Mets, iba más allá de su talento como jugador y de su profundo conocimiento del béisbol. Su gracia estaba en las palabras. Quizá sólo Groucho Marx podía superarlo en la construcción de ingenios verbales, que le brotaban (y le brotan: cuando se escribe esto, sigue vivo) inconscientemente, sin buscarlos. Uno para empezar. Ya retirado, Carmen, su mujer de toda la vida, le hizo una pregunta delicada: "Naciste en Missouri, te criaste y jugaste en Nueva York, vivimos en Nueva Jersey. Si murieras antes que yo, ¿dónde te gustaría que te enterrara?". La respuesta: "No sé, sorpréndeme cuando llegue el momento".

Sigue una selección de frases. Algunas son muy populares. La mayoría fueron pronunciadas como declaraciones improvisadas para la prensa.

-Hay que ir con mucho cuidado si uno no sabe dónde va, porque podría no llegar.
-Si no puedes imitarle, no le copies.
-Corta la pizza en cuatro pedazos, no tengo tanta hambre como para comerme seis.
-El béisbol es cuestión de cerebro en un 90 por ciento, la otra mitad es esfuerzo físico.
-Ya nadie va a ese sitio, hay demasiada gente.
-Se hace tarde muy temprano.
-¿Para qué comprar buenas maletas? Sólo se utilizan en los viajes.
-Es un gran hotel. Las toallas son tan gruesas que casi no puedo cerrar la maleta.
-Hay que ir a los funerales de los demás; si no, no vendrán al tuyo.
-El futuro no es lo que era.
-Nunca hay que responder una carta anónima.
-Cuando uno llega a una encrucijada debe seguir adelante.
-Suelo hacer un par de horas la siesta, desde la 1 hasta las 4.
-¿Qué haría si encontrara un millón de dólares? Localizaría a quien los hubiera perdido, y, si fuera pobre, se los devolvería.
-Yo no he dicho todo lo que he dicho.

Grande, ¿no?

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Nueva York sigue siendo una tormenta de almas, un caudaloso río humano. Para entender ciertas cosas no hacen falta idiomas, ni experiencia, ni memoria. Basta con abrir la ventana y escuchar el rugido de la bestia.

Enric González
en Historias de Nueva York.
Rba libros.

miércoles, 25 de junio de 2014

Antonio Hernández: Nueva York después de muerto


                              (Luis Rosales)

ASÍ QUE ANTONIO, AHORA, ES QUIEN EMPUJA MI SILLA
de ruedas. Si se encarta, también la de María,
y como la vejez es una voltereta en el vacío
que extrae la sonrisa, es más, la carcajada
o el sobrecogimiento, voy a contarles una historia
de teatro o de circo, una historia prevuelo, de embarque
hacia Granada, una historia en la que no andaba Antonio
con nosotros, cuando estaba de moda un concurso
en la tele, popular, chabacano, liposuctor,
en el que la consigna ordenaba: "A jugaaaaar...!"
María cojeando de ambas piernas, yo, telegrafiando
de tan trope y tan lento, y Pepe López Rubio
con un brazo de yeso, en cabestrillo.
Ya en el embarque, ya la procesión
recta, casi camino más allá de las nubes,
insérsicos, mas altas las cabezas, felices
de volver al lugar donde nacimos, cuando
un empleado parecido a Prats, a Joaquín Prats,
el mandamás de la pantalla estúpida,
gritó bien divertido empuñando su chanza
hacia nosotros: "!Hale, a esquiaaaar....!".
Si ya eres viejo -Epícteto lo dijo- guárdate
de no estar prevenido cuando seas llamado.
Nos reímos, no había otro remedio. Qué pocas
personas mayores saben ser jóvenes...
Y el vulgo, ya se sabe, ni disimula, ni perdona,
ni compadece. Menos mal: vimos el Mulhacén
antes de contemplarlo, su compadre Veleta con joroba,
ambos como si fueran tres titanes albinos,
la nieve de Granada frente a mis cinco años,
y a los tres reyes magos de Manhattan reunidos:
Empire, Chrysler y World Trade Center.
Cuando lo supo Antonio no pudo replegarse:
"¿Y no has visto, maestro,  a Federico,
no estará entre las nubes su tumba?".
Es ingenuo y cabal y sabe estremecerse,
marxista a bote pronto y corto plazo,
canela en rama todavía, en bruto
pese a sus muchos años conductores,
y, como en la pregunta, a veces se acaricia
con la cursilería. Llegado un día me traicionará
atribuyéndome sus versos, merodeando por los míos,
por los de Federico, que es más imperdonable.
Pero hasta ahora es él, Antonio a quemarropa.




Antonio Hernández
en Nueva York después de muerto.
Calambur.