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viernes, 8 de agosto de 2008

Nunca se logra hablar de lo que se ama

No exige demasiado esfuerzo imaginar el comienzo de la breve y verdadera historia del último viaje y último texto de Roland Barthes. Es una historia que, aunque parezca mentira, cuenta la verdad sobre Barthes, la escritura y el amor. Y la cuenta sin perder de vista que, como dice Juan José Saer, la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción.

Barthes hace un breve viaje a Italia, será el último de su vida pero no lo sabe. De noche, en la estación de Milán, el tiempo es frío, brumoso, pegajoso. Un tren está a punto de partir. Sobre cada vagón hay un letrero amarillo con las palabras Milano-Lecce. Barthes, que acaba de llegar de París, tiene entonces una ensoñación: tomar ese tren, viajar toda la noche, encontrarse a la mañana siguiente en la luz, la dulzura, la calina de una ciudad extrema.

La descripción de esta ensoñación abre su breve reflexión sobre el amor, Stendhal y la escritura, reflexión que se convertirá en u n texto truncado no acabado, el último de su vida, aunque por supuesto él no lo sabe. Lo que sí sabe al sentirse atraído por el tren nocturno en Milán es que le importa mucho parodiar a Stendhal, también viajero por Italia, y exclamar, allí junto a la vía que lleva al sur: «¡Así que veré la hermosa Italia! ¡Qué loco soy aún a mi edad!». ¿En qué consiste esa locura? Pues sencillamente -aunque esto Stendhal, como cualquier persona que cae enamorada, no podía saberlo- en algo que en un primer momento no es fácil de adivinar, tal vez porque es una realidad cruda: la hermosa Italia, al igual que la persona amada, está siempre más lejos, en otro lado. Aunque Stendlhal nunca lo supo, su Italia fue siempre en realidad una imagen fantasmática que irrumpió en su vida con la misma fuerza que irrumpe el amor que, como se sabe, realiza su entrada en el teatro del mundo con sus famosos coups de foudre. Se deja seducir Stendhal tanto por Italia que todo lo que encuentra en ese país le gusta, hasta de las costillitas empanadas de la cocina italiana se enamora.

Ya se sabe, de la amada nos gusta todo. El propio Stendhal, viéndose tan seducido por Italia, advierte qué clase de movimiento del alma le une a ese país y señala también la rareza que ese sentimiento contiene: «Es como el amor, y sin embargo no estoy enamorado de nadie, qué raro». Estupor. Se dedica en sus Diarios a decir todo el rato su amor por Italia, pero no lo comunica, no sabe explicarlo, sus palabras son como garabatos que dicen el amor pero también la impotencia de decirlo y de razonarlo, «tal vez -dice Barthes en su último texto- porque ese amor se sofoca en su propia vivacidad» tal vez porque el enamorado Stendhal habita en ese espacio aún privado de lenguaje adulto en el que se mueven quienes todavía no han conseguido darle forma a la imaginación y creación propias. «Para limitarnos a estos Diarios de Stendlhal que dicen el amor por Italia pero no lo comunican, podríamos repetir melancólicamente (o trágicamente) que nunca se logrará hablar de lo que se ama» escribe Barthes.

Pero hay que decir que sólo en sus Diarios no logró Stendhal comunicar bien su amor por Italia. Porque veinte años más tarde, por una suerte de efecto tardío que también pertenece a la lógica retorcida del amor, Stendlhal escribe sobre Italia páginas triunfales que logran esta vez sí transmitirnos una imparable pasión por ese país amado. Esas páginas son las que están al principio de La cartuja de Parma, por ejemplo. ¿Qué ha sucedido para que se haya producido esta transformación? Tenemos, por supuesto, aun escritor ya más curtido. Pero, por encima de todo, lo que ha sucedido es que Stendlhal ha recorrido la distancia que hay entre el diario de viaje y La cartuja. Y esa distancia es la escritura.

Barthes llega a esta conclusión mientras se sube el cuello de su abrigo en la estación de Milán. El tiempo es frío, brumoso, pegajoso. Llegó la hora de partir hacia la luz, la ternura, la calma de esa ciudad extrema que a veces llamamos Muerte. Barthes está terminando de escribir su último texto, un texto que no acabará y quedará truncado, aunque hoy lo veo como el texto truncado más perfecto que he leído, pues es como si involuntariamente nos estuviera señalando que después de decir que nunca logramos hablar de lo que amamos, ya no es necesario añadir nada más. Un tren parte hacia Lecce, pero Barthes no lo tomará, se quedará en Milán, enamorado. Veinte años de escritura le contemplan. «¿Qué es la escritura? Un poder, fruto probable de una larga iniciación, que vence la estéril inmovilidad de la imaginación enamorada y da a su aventura una generalidad simbólica».

En su juventud Stendhal, cuando mentía, decía aburrirse. En su Diario, donde nos aburre con su amor chato y casi inexpresado por Italia, nos dice la aburrida verdad. Aun no sabía él en esos días que existía la mentira o ficción novelesca que sería a la vez -curioso salto, que sólo se explica por la potencia de la escritura- desvío de la verdad y expresión por fin plenamente bien dicha de su pasión italiana. Diferencia esencial entre la escritura y la verdad, aunque no debemos perder de vista que, como dijimos antes, la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción.

Enrique Vila-Matas

En El viento ligero en Parma.

Editorial Sextopiso.

viernes, 19 de octubre de 2007

Plan para el más allá

...Y me acordé también de un día no muy lejano en el tiempo, de un día en el que, tras dos jornadas seguidas de parranda, desperté en casa a las ocho de la tarde y sentí -como no he sentido nunca- el temple puro y sosegado de una recién inaugurada vida convaleciente que intuí que, gradualmente y en pocas horas, me iba a conducir a una inquietante plenitud física. Era como si acabaran de prometerme un in crescendo hacia la recuperación total, una ascensión hacia un trampantojo de bienestar. "Nadie disfruta tanto de la vida como el convaleciente", escribió Walter Benjamín.

A la espera de aquella plenitud hacia la que ascendía mi estado de convalecencia, me puse a revisionar en vídeo una película que siempre he admirado (Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick), y muy pronto sentí un latigazo fuerte en esa escena en la que el protagonista -sin mucho convencimiento, más bien andando a la deriva- regresa a su casa por las calles de un Nueva York que en realidad yo sabía que era un gigantesco escenario montado en un estudio cinematográfico de Londres.


Sentí que era yo quien regresaba a casa por esas calles de Nueva York de cartón-piedra. A veces miraba hacia el horizonte y me decía: "Yo vivo por allí". Y me di cuenta de que mi secuencia literaria preferida venía siendo,
desde hacía ya unos cuantos años, la de un hombre paseando por una ciudad para él desconocida, pero en la que sin embargo tenía un domicilio. Aunque a la deriva, el hombre caminaba en realidad siempre de vuelta a casa. No sabía exactamente quién era, pero volvía a casa, una casa que sentía suya, pero que del todo no lo era. Y me acordé de Walter Benjamín y su curioso método de investigación de la realidad, basado en el extravío y la deriva. Y estando en todo eso, me vino a la memoria la voz del cantante Van Morrison, mi músico preferido: una voz que siempre me pareció que representaba (tal vez porque la abarcaba) a la humanidad entera: la solitaria voz del hombre.

Esa inolvidable sensación de extrañeza y deriva volví a recuperarla días después cuando en una entrevista le preguntaron al escritor español J. A. González Sainz por qué vivía en Trieste y él contestó así: "Más quisiera yo saberlo. Y ese no saber es una buena razón. Me siento extraño aquí, extranjero, distante, y sentirse extranjero en el mundo creo que es una de las condiciones de la escritura, habitar el mundo de una forma un poco esquinada. Cuando regreso en tren ya de noche de mis clases en Venecia y veo al final del viaje las luces de Trieste allí en el fondo, como atenazadas a la espalda por la oscuridad de las montañas del Carso, con Eslovenia atrás y a la derecha la línea de las costas de Istria, y me digo "ahí está tu casa", "allí es donde vives", se me genera una sensación de extrañeza, de no pertenencia sino de paso, con la que me llevo bien y que creo que es fundamental para esa forma de vivir que es escribir".


Enrique Vila-Matas
en El País del 17/01/2006

Exploradores del abismo

Más que precipitarse, mis exploradores se detienen en ciertos umbrales y, antes de despeñarse, se dedican a diseccionar el abismo, a estudiarlo. Tienen en el fondo un sentido festivo de la existencia, y uno juraría que han oído estos versos de Juarroz que encontramos en su Poesía Vertical:

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta
sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie
en el centro de la fiesta está el vacío
pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Mientras voy hacia esa otra fiesta dejo que mi vida transcurra acompañada de un sereno, apacible tedio. Discreción, geometría, elegancia y calma. Ya no me agito, ya no voy por el lado más bestia de la vida, las estrellas son mapas de abismos exteriores, no tolero la soledad, temo la insidia del tiempo y de la edad, el insomnio, el temblor de los límites. Poco a poco voy conociendo aquel tipo de aburrimiento magnífico del poeta Álvaro de Campos que desde su ventana miraba perplejo el mundo todas las mañanas y decía que su corazón era "un cubo vacío".

Quién sabe si terminar un libro de cuentos no es como vaciar de golpe un cubo en el Café Kubista. Ver vaciarse todo y conocer su contenido, saber perfectamente de qué se ha llenado todo. Y saberlo en medio de un clima risueño, discreto y geométrico. Un clima en el fondo alegre. Porque mis constantes vitales de esta mañana son el sol que saluda los despertares, el descubrimiento del placer de ser cortés, la revelación algo tardía de que todo es excepcional, el despliegue de gentileza en el trato a las personas, la impresión de vivir en plena tempestad de calma, la satisfacción de haber perdido unos kilos, la gestión de la herencia literaria del antiguo ocupante de mi cuerpo, el abordaje suave de una lógica espartana de trabajo, la creencia de que los gordos son los demás, la utilización de la ironía templada como rasgo de elegancia, de tímida felicidad, en definitiva.

Enrique Vila-Matas
en Exploradores del abismo.
Anagrama.