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martes, 22 de marzo de 2022

Yannis Ritsos: Fragmento de Helena

 Yo, tú lo sabes, aún conservaba mi antigua belleza

como por milagro (pero también con tintes y yerbas y pomadas,

como zumo de limón y agua de pepino). Me estremecía sólo de ver en ellos

el paso de mis propios años. Contraía entonces los músculos del abdomen,

contraía también mis mejillas en una sonrisa fingida,

como

si asegurara con una delgada viga dos muros que se van a derrumbar.


Así cercada, tensa, contraída -qué cansancio, Dios mío-

siempre contraída (aun durante el sueño) como metida

en una armadura gélida o en un armazón de madera que me ceñía el cuerpo entero, como dentro

de un caballo de Troya mío, engañoso, estrecho, conociendo de antemano

lo inútil del engaño y también de la ilusión, lo inútil de la fama,

lo inútil y lo transitorio de las victorias, todas.

                                                                          Hace unos meses,

con la pérdida de mi marido, (¿meses serán o años?) abandoné para siempre

mi caballo de Troya abajo en el establo, al lado de los viejos equinos suyos,

para que las arañas y los escorpiones pasearan por sus entrañas. Ya no me tiño el pelo.




Yannis Ritsos

en Helena.

Traducción de Selma Ancira.

Acantilado.

jueves, 31 de julio de 2014

Yannis Ritsos: Fedra (inicio)




Te pedí que vinieras. No sé cómo empezar. Estoy esperando que caiga la noche,
que se alarguen las sombras en el jardín, que entren en casa
las siluetas de los árboles y de las estatuas, que oculten mi cara, mis manos,
que embocen las palabras que, sin definirse todavía, titubean -ésas que no conozco,
ésas que me intimidan.
Te pedí que vinieras sin pensarlo, sin prevenirte, sin dejarte tomar aliento,
sin que hubieras podido darte un baño, con el polvo aún prendido
a la belleza de tu rostro; (estás rojo, te lastimó el sol; no me hiciste caso,
no te pusiste el anillo que trencé para ti;) y cuánta pelusa
de las espinas silvestres llevas en el pelo...
Mira,
esto parece una bola de plumas -¡qué ligero! y aquello
evoca la pequeña mandíbula de un animal apócrifo -muerde el rizo
que te cae sobre la ceja; -espera, déjame quitártelo. Se han hecho más largos los días;
llegó pronto el calor; lo percibes en los tejidos, en la madera de los muebles, en tu propia piel
como una triste tregua.
El golpeteo del telar
es disparejo, no le basta con la alcoba, sale a la calle-
todo tiende hacia fuera; se extiende; incluso yo
pese a que vivo dentro de esta casa, pese a que mantengo los ojos cerrados
para concentrarme -lo percibo: no me basta conmigo misma; a través de mis párpados,
como si fuesen de cristal, veo lo que pasa fuera, te veo nítidamente en el bosque, veo
la curva de tu cuello cuando bebes agua de la fuente; yo creo que
lo exterior va penetrando en nosotros -lo aceptamos como al destino-
y de pronto nos llenamos hasta la asfixia; entendemos el vacío anterior; un vacío
que ya no es soportable; (¿dónde encontrar la plenitud? Asfixia).
La santidad de la privación -
¿así decías? No recuerdo bien; (¿de la privación decías o de la negación?)
Qué palabras tan irreflexivas-
el triunfo de la voluntad, decías -¿qué voluntad? ¿qué triunfo?-
un triunfo cruel, imperdonable -un oscurísimo monte más allá del ocaso,
más oscuro que el camastro de un ciego.
No creo en la santidad
sin el pecado; -la llamo flaqueza, la llamo cobardía;-
las ofrendas a los dioses no son sino un pretexto para evitar el sufrimiento;-
son invisibles los dioses; no dan pruebas; -acaso eso es lo que pedimos;
no la santidad en sí, -sólo una sombra para ocultarnos. Lo sé:
sé que te amas en solitario cuando estás frente al espejo;
vi los rastros en tus sábanas, los olí, -en esos momentos olvidamos a los dioses.



Yannis Ritsos
en Fedra.
Acantilado.
Traducción de Selma Ancira
...

lunes, 11 de febrero de 2013

Fragmento de Ritsos

Foto de André Kertész

Nos sentaremos un momento arriba, en lo alto,
y con el soplo de la primavera
podremos incluso imaginar que volamos,
porque muchas veces, y aún ahora, confundo el susurro de mi vestido
con el de dos fuertes alas que se agitan,
y envuelta en ese sonido de vuelo
siento prieto el cuello, las costillas, la carne,
y así, hecha un ovillo, entre los músculos del cielo azul,
entre los vigorosos nervios de la altura,
ya no importa si voy o si vuelvo
ni tiene importancia que haya encanecido mi cabello
(no es eso lo que me apena -lo que me apena
es que no encanezca también mi corazón).
Deja que vaya yo contigo.

Ya sé que cada uno anda solo en el amor,
solo en la gloria y en la muerte -solo.
Lo sé. Lo he probado. No sirve de nada.
Deja que vaya yo contigo.
Esta casa es´ta embrujada, me expulsa-
quiero decir que he envejecido mucho: los clavos se desprenden,
los cuadros se lanzan como si saltaran al vacío,
el enlucido cae en silencio
como cae de la percha el sombrero del muerto en el corredor en sombras
como cae del regazo del silencio su gastado guante de lana
o una cinta de luna sobre el viejo sillón desvencijado.
Alguna vez también fue nuevo-no ese retrato que miras con tanta desconfianza,
hablo del sillón: tan cómodo que podías sentarte horas enteras
y soñar cualquier cosa con los ojos cerrados:
una playa lisa, humedecida, barnizada por la luna,
más brillante que mis viejos botines, que todos los meses llevo al limpiabotas de la esquina,
o la vela de una barca pesquera que se pierde en el horizonte mecida por su propio aliento,
vela triangular como un pañuelo doblado al sesgo únicamente en dos,
así, como si no tuviera nada que encerar o conservar
u ondeara bien abierta en señal de despedida.
Siempre me encantaron los pañuelos,
no para tener algo atado,
nada de semillas de flores o manzanilla recogida en los campos al atardecer,
ni para hacerle cuatro nudos como al casquete que usan los obreros de la construcción de enfrente,
ni para limpiarme los ojos -he conservado bien la vista;
jamás he usado lentes. Un simple capricho -los pañuelos.

Ahora los doblo en cuatro, en ocho, en dieciséis
para ocupar mis dedos. Me acabo de acordar
que así contaba las notas cuando iba al Conservatorio
con delantal azul y cuello blanco, con dos trenzas rubias,
-8, 16, 32, 64-
de la mano de una pequeña amiga mía de piel aterciopelada,
toda luz y flores color de rosa,
(perdona estas palabras.es una mala costumbre)
 -32, 64-y mis padres albergaban
grandes esperanzas en mi talento musical. En fin, te hablaba del sillón
-desvencijado- al descubierto los oxidados resortes, la paja-
pensaba llevarlo a la mueblería de al lado,
pero dónde encontrar el tiempo y el dinero y el ánimo- ¿y qué arreglar primero?-
pensaba echarle una sábana encima: tuve miedo
de la sábana blanca a la luz de la luna. Aquí se sentaron
hombres que soñaban grandes sueños, como tú y como yo,
y que ahora descansan bajo tierra sin que la lluvia ni la luna les afecte.
Deja que vaya contigo.

Yannis Ritsos
en Sonata de claro de luna.
Acantilado.
Traducción de Selma Ancira.


viernes, 26 de octubre de 2012

Fragmento de La casa muerta



Ah, no vi nada ni recuerdo nada; sólo
esa exquisita sensación,
tan sutil, que nos concedía la muerte: ver la muerte
hasta el fondo de su transparencia. Y la música seguía
como cuando alguna vez al alba despertamos temprano sin razón ninguna
y a fuera la atmósfera es exageradamente densa por los trinos
de miles de pájaros invisibles -tan densa y tan difusa
que no cabe nada más en el mundo -amargura, esperanza, remordimiento, memoria-
y el tiempo es indiferente y ajeno
como un desconocido que pasa tranquilo por la calle de enfrente
sin siquiera mirar, sin contemplar nuestra casa,
sosteniendo bajo la axila un montón de vidrios opacos y sucios todavía
y no sabes para qué los quiere ni a dónde los lleva,
qué sentido tienen y a qué ventanas están destinados
y desde luego no se lo preguntas, ni siquiera lo ves perderse
callado y discreto en la última vuelta del camino.


Yannis Ritsos
en La casa muerta.
Acantilado.
Traducción de Selma Ancira.