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lunes, 7 de junio de 2021

Louise Glück: Un jardín de verano. Parte I

I


Hace bastantes semanas descubrí una fotografía de mi madre

sentada al sol, la cara enrojecida como por un logro o un triunfo.

El sol brillaba. Los perros

dormían a sus pies donde también dormía el tiempo,

calmo e inmóvil como en todas las fotografías.


Le quité el polvo al rostro de mi madre.

De hecho, el polvo lo cubrían todo; me parecía que era la persistente

neblina de nostalgia que protege todas las reliquias de la niñez.

Al fondo, una mezcla de mobiliario urbano, árboles y arbustos. 


El sol descendía en el cielo, las sombras se alargaban y se oscurecían.

Cuanto más polvo quitaba, más crecían las sombras.

Llegó el verano. Los niños

se inclinaban sobre la rosaleda, sus sombras

se fundían con las sombras de las rosas.


Me vino una palabra a la cabeza, referente

a este desplazamiento y cambio, estas borraduras

que ahora resultaban obvias;


surgió, y con la misma rapidez desapareció.

¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión?


Llegó el verano, luego el otoño. Las hojas cambiaban,

los niños eran puntos brillantes en una masa bronce y siena.


Louise Glück

en Noche fiel y virtuosa.

Traducción de Andrés Catalán.

Colección Visor de Poesía.

lunes, 17 de agosto de 2020

Louise Glück: Higos

 Mi madre preparaba higos en vino,

escalfados con clavo, a veces unos pocos granos de pimienta.

Higos negros de nuestro árbol.

Y el vino era tinto, la pimienta dejaba un sabor a humo en el sirope.

Solía sentirme como si estuviera en otro país.


Antes de eso, había pollo.

De vez en cuando, en otoño, relleno de setas.

No siempre había tiempo para eso.

Y el clima debía ser el correcto, justo después de la lluvia.

De vez en cuando era sólo pollo con limón adentro.


Descorchaba el vino. Nada especial;

algo que le habían dado los vecinos.

Extraño ese vino -lo que ahora compraría no sabe tan bien.


Preparo estas cosas para mi esposo,

pero no le gustan.

Quiere los platos de su madre, pero no los preparo bien.

Cuando lo intento, me enfado.


Él trata de convertirme en una persona que nunca fui.

Cree que es cosa simple:

picas un pollo, arrojas algunos tomates en la sartén.

Ajo, si hay ajo.

Una hora después, estás en el paraíso.


Cree que mi trabajo es aprender, no su trabajo 

el enseñarme. No necesito aprender lo que mi padre cocinaba.

Mis manos ya sabían, bastaba oler el clavo

mientras hacía mis tareas.

Cuando fue mi turno, tenía razón, sí sabía.

La primera vez que los probé, volvió mi infancia.


Cuando éramos jóvenes, era diferente,

mi esposo y yo estábamos enamorados. Lo único que queríamos

era tocarnos.


Vuelve a casa, está cansado.

Todo es arduo, ganar dinero es arduo, ver cómo tu cuerpo cambia

es arduo. Puedes con estos problemas cuando eres joven,

algo es difícil por un rato, pero tienes confianza.

Si no funciona, harás algo distinto.


lo que más le molesta es el verano -el sol lo saca de quicio.

Aquí es implacable, sientes cómo envejece el mundo.

La hierba se seca, los jardines se llenan de maleza y babosas.


Alguna vez fue para nosotros la mejor estación.

Las horas de luz cuando él llegaba a casa, luego del trabajo,

las convertíamos en horas de oscuridad.

Todo era un enorme secreto,

incluso las cosa que decíamos cada noche.


Y el sol descendía lentamente;

veíamos encenderse las luces de la ciudad.

Las noches estaban lustrosas de estrellas, estrellas

que brillaban sobre los edificios altos.


A veces encendíamos una vela.

Pero la mayoría de las noches no. Pasábamos casi todas las noches a oscuras,

con nuestros brazos en torno al otro.


Pero estaba la sensación de que podías controlar la luz.

Era una cosa maravillosa; podías hacer que todo el cuarto

refulgiera de nuevo, o podías yacer en el aire nocturno,

escuchando los coches.


Nos callábamos luego de un rato. La noche se callaba.

Pero no dormíamos, no queríamos abandonar la conciencia.

Le habíamos dado permiso a la noche para que nos llevara;

yacíamos ahí, sin interferir. Hora tras horas, cada uno

escuchando la respiración del otro, viendo las luces cambiar

en la ventana al final de la cama;


pasara lo que pasara en esa ventana,

estábamos en armonía con ello.



Louise Glück

en Una vida de pueblo.

Pre-textos. Colección la cruz del sur.

Traducción de Adalber Salas Hernández.


domingo, 26 de marzo de 2017

Louise Glück: Itaca

ITACA

El amado no
necesita estar vivo. El amado
vive en la cabeza. El telar
es para los pretendientes, encordado
como un arpa con el hilo blanco de un sudario.

Él era dos personas.
Era el cuerpo y la voz, el sencillo
magnetismo de un hombre vivo, y también
el desplegado sueño o imagen
a los que da forma la mujer que trabaja el telar,
que se sienta ahí en un salón lleno
de hombres sin imaginación.

Igual que le tienes lástima
al engañado mar que intentó
llevárselo para siempre
y solamente se llevó al primero,
al verdadero marido, debes
tenerle lástima a estos hombres: no saben
lo que están mirando;
no saben que cuando uno ama de esta forma
un sudario se convierte en un traje de novia.



Louise Glück
en Praderas.
Traducción de Andrés Catalán.
Pre-textos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Dos poemas de Las siete edades

Foto de García Alix: Paraíso Formentera


AGOSTO


Mi hermana se pintaba las uñas de fucsia,
con un color que tenía nombre de fruta.
Todos los colores tenían nombres de alimentos:
escarchado de café, sorbete de mandarina.
Nos sentábamos en el jardín a esperar que nuestras vidas reanudaran
el ascenso interrumpido por el verano:
triunfos, victorias para las que la escuela
era una suerte de práctica.

Los profesores nos sonreían, mirándonos con
superioridad, al concedernos la distinción.
Y en nuestra cabeza, éramos nosotras las que les
concedíamos una sonrisa de superioridad.

Teníamos la vida almacenada en la cabeza.
Aún no había empezado: ambas estábamos seguras
de que cuando empezara lo sabríamos.
Seguramente no era esto.

Nos sentábamos en el jardín trasero, observando cómo cambiaban nuestros cuerpos:
de un rosa brillante al principio, después bronceados.
Yo me pasaba aceite para bebés sobre las piernas; mi hermana
frotaba quitaesmalte sobre las uñas de su mano izquierda,
probaba otro color.

Leíamos, escuchábamos la radio portátil.
Obviamente la vida no era esto, estar sentadas
en coloridas sillas de jardín.

Nada estaba a la altura de los sueños.
Mi hermana seguía probando para encontrar un color de su gusto:
era verano, todos eran escarchados.
Fucsia, naranja, madreperla.
Alzaba la mano izquierda ante sus ojos,
de un lado a otro la movía.

Por qué era siempre así...
los colores tan intensos en sus envases de vidrio,
tan definidos, y en las uñas
casi exactamente iguales,
una tenue película plateada.

Mi hermana sacudió el envase. El naranja
no dejaba de acumularse ene el fondo; tal vez
ese fuera el problema.
Lo sucedió una y otra vez, lo alzó a la luz,
estudió las palabras de la revista.

El mundo era un detalle, una cosita que aún
no estaba exactamente bien. O como una ocurrencia de último momento,
todavía rudimentaria o aproximada.
Lo real era la idea:
Mi hermana añadió otra capa, acercó el pulgar
al envase del esmalte de uñas.
Seguíamos creyendo que veríamos
disminuir la diferencia, aunque en realidad persistía.
Cuando más tenazmente persistía,
tanto más intensa nuestra convicción.


LA MUSA DE LA FELICIDAD


Las ventanas cerradas, el sol que asoma.
El sonidos de unos pocos pájaros;
el jardín empañado por un ligero vaho de humedad.
U la inseguridad de la gran esperanza
esfumada de repente.
Y el corazón aún alerta.

Y mil pequeñas esperanzas que nacen,
no vuelvas pero sí recién admitidas.
Afecto, comer con amigos.
Y la estructura de ciertas
tareas adultas.

La casa limpia, en silecio.
La basura que ya no es necesario sacar.

Es un reino, no un acto de la imaginación:
y todavía muy temprano,
se abren los capullo blancos de penstemon.

¿Es posible que por fin hayamos pagado
con suficiente amargura?
¿Que no exija sacrificio,
que la angustia y el terror se hayan considerado
suficientes?

Una ardilla corre sobre el cable del teléfono,
con una corteza de pan en la boca.
 Y la estación demora la llegada de la oscuridad.
De manera que parece
parte de un gran don
que ya no hay por qué temer.

El día despliega, pero muy gradualmente, una soledad
que ya no hay por qué temer, cambios
leves, apenas percibidos...
el penstemon que se abrió.
La posibilidad
de seguir viéndolo hasta el fin.

Louis Glück
en Las siete edades.
Editorial Pre-textos.
Traducción de Mirta Rosenberg.



sábado, 28 de enero de 2012

Louis Glück y las estrellas

Otro tiempo. Foto de María Manzanera.

Death cannot harm me
More than you have harmed me,
My beloved life.


PRISMA

9
Una noche de verano. Fuera,
Ruido de tormenta de verano. Después se abría el cielo.
Las estrellas de verano en la ventana.

Estoy en la cama. Ese hombre y yo
Estamos suspendidos en la extraña paz
Que suele provocar el sexo. Casi siempre.
¿Anhelo, qué es? ¿Deseo, qué es?

Las estrellas del verano en la ventana.
Yo una vez supe sus nombres.

11.

Son fabulosas las estrellas.

Cuando era niña sufría de insomnio.
En las noches de verano, mis padres me dejaban sentarme junto al lago;
Me llevaba al perro para que me hiciese compañía.

¿Dije “sufría”? Ese era el modo en que mis padres explicaban
Gustos a su juicio
Inexplicables: mejor “sufría” que “prefería vivir con el perro”.

Oscuridad. Un silencio que anulaba la condición mortal.
Las barcas amarradas bajaban y subían.
Con la luna llena, podía leer los nombres
De chica pintados en las barcas:
Ruth, Ann, Dulce Izzy, Peggy Amor Mío…

No iban a ninguna parte, aquellas chicas.
No había nada que aprender de ellas.

Extendía mi chaqueta en la arena húmeda,
El perro se acurrucaba junto a mí.
Mis padres no podían ver la vida en mi cabeza.
Cuando escribía, me corregían la ortografía.

Los sonidos del lago. Los tranquilizadores, inhumanos
Sonidos del agua lamiendo el muelle, el perro rastreando por ahí
Entre la hierba.

Louis Glück
En Averno.
Pre-textos
Traducción de Abraham Gragera y Ruth Miguel Franco

lunes, 10 de noviembre de 2008

Dos poemas de El iris salvaje de Louise Glück

PRESQUE ISLE

En cada vida hay un momento o dos.
En cada vida, una habitación en algún lado, junto al mar o en las montañas.

Sobre la mesa un plato de albaricoques. Huesos en un cenicero blanco.

Como todas las imágenes, fueron éstas las condiciones de un pacto:
un rayo de sol que tiembla en tu mejilla,
mi dedo que presiona tus labios.
Las paredes blanquiazules; la agrietada pintura del modesto estudio.

Esa habitación existe aún, en el piso cuarto,
con su pequeño balcón, con sus vistas al mar.
Una habitación cuadrada y blanca, con la sábana deshecha al borde de la cama.
No se ha disuelto en nada, no se ha vuelto real.
Por la ventana abierta el aire marino huele a yodo.

Por la mañana temprano, un hombre grita a un niño
que salga del agua. El niño tendría ahora veinte años.

Alrededor de tu rostro se agita el pelo húmedo, con vetas de color castaño.
Muselina, un pesado jarrón, unas cuantas peonías,
un temblor plateado.
____________


VÍSPERAS


Ya nunca me pregunto dónde estás.
Estás en el jardín: estás donde está John,
abstraído, en el polvo, con su pala verde en la mano.
Así trabaja: quince minutos de intensa albor,
otros quince de contemplación extática. A veces
trabajo a su lado, en la tarea que me toca,
deshierbando, limpiando las lechugas; a veces
lo miro desde el portal de la parte alta del jardín
hasta el crepúsculo, que transforma en linternas
los primeros lirios: en todo ese tiempo
la paz no lo ha dejado. Pero eso me recorre
no como el sustento de la flor, sino
como la luz brillante que atraviesa el árbol desnudo.

Louise Glück
en El iris Salvaje.
Pre-textos.
Traducción de Eduardo Chirinos.

Más aquí

domingo, 27 de julio de 2008

Poemas de Louise Glück

AMANTE DE LAS FLORES



En nuestra familia, todos aman las flores.

Por eso las tumbras nos parecen tan extrañas:

sin flores, sólo herméticas fincas de hierba

con placas de granito en el centro:

las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras

llena de mugre algunas veces…

Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.

Pero en mi hermana, la cosa es distinta:

una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre

a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo.

Cada primavera, espera las flores.

Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende

que es mi madre quien paga; después de todo,

es su jardín y cada flor

es para mi padre. Ambas ven

la casa como su auténtica tumba.

No todo prospera en Long Island.

El verano es, a veces, muy caluroso,

y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.

Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,

eran tan frágiles…

Mi madre está nerviosa, inquieta

porque mi hermana no sabrá nunca lo bellas que fueron,

de un rosa puro, sin máculas. Es decir,

porque va a sentirse despojada una vez más.

Pero para mi hermana, la condición del amor

es ésa. Era la hija de mi padre:

el rostro del amor es, para ella,

el rostro que se aparta y da la vuelta.

_____________


CONFESIÓN



Decir que nada temo

sería faltar a la verdad.

La enfermedad, la humillación,

me atemorizan.

Tengo sueños, como cualquiera.

Pero aprendí a ocultarlos

para protegerme

de la plenitud: la felicidad

atrae a las Furias.

Son hermanas, salvajes,

que no tienen sentimientos,

sólo envidia.



Louise Glück

En Ararat.

Pre-textos

Traducción de Abraham Gragera.