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lunes, 11 de agosto de 2008

Fragmento de Biografía del hambre

Leí La cartuja de Parma por primera vez. Como todos los relatos en los que la cárcel desempeña un papel, aquel texto me dejó estupefacta: sólo la prisión hacía que el amor fuera posible. No sabía por qué me sentía tan identificada con aquello.


Por otro lado, no existía nada más civilizado que aquel libro. La anorexia me mantenía alejada de la civilización y sufría por ello. También leía apasionadamente libros sobre los campos de concentración, Mi oficio es la muerte, Sí esto es un hombre. A través de la pluma de Primo Levi, descubrí la frase de Dante: «Los hombres no están hechos para vivir como bestias.» Yo vivía como una bestia.


Fuera de esos raros momentos de lucidez en los que se me aparecía el lado sórdido de la enfermedad, me vanagloriaba de ella. La inhumanidad de mis condiciones de vida me inspiraban orgullo.


Me repetía que era bueno actuar contra mí, que tanta hostilidad hacia mí misma me resultaría saludable. Recordaba el verano de mis trece años: era una larva de la que no salía nada. Ahora que ya no comía, tenia una intensa actividad física y mental. Había vencido el hambre y, en adelante, disfrutaba de la embriaguez del vacío.


En realidad, había llegado al paroxismo del hambre: tenía hambre de tener hambre.

Amélie Nothomb

En Biografía del hambre.

Quinteto.

Traducción de Sergi Pàmies.

viernes, 18 de enero de 2008

Dos fragmentos de Metafísica de los tubos

Desde hace mucho tiempo, existe una inmensa secta de imbéciles que oponen sensualidad e inteligencia. Es un círculo vicioso: se privan de placeres para exaltar sus capacidades intelectuales, lo cual sólo contribuye a empobrecerles. Se convierten en seres cada vez más estúpidos, y eso les reconforta en su convicción de ser brillantes, ya que no se ha inventado nada mejor que la estupidez para creerse inteligente.

El deleite en cambio nos hace humildes y admirativos con lo que lo produce, el pacer despierta la mente y la empuja tanto hacia la virtuosidad como hacia la profundidad. Se trata de una magia tan potente que, a falta de voluptuosidad, la sola idea de voluptuosidad resulta suficiente. Mientras existe esta noción, el ser está a salvo. Pero la frigidez triunfante está condenada a celebrar su propia insustancialidad.

Uno se cruza a veces con gente que, en voz alta y fuerte, presume de haberse privado de tal o cual delicia durante veinticinco años. También conocemos a fantásticos idiotas que se alaban por el hecho de no haber escuchado jamás música, por no haber abierto nunca un libro o no haber ido nunca al cine. También están los que esperan suscitar admiración a causa de su absoluta castidad. Alguna vanidad tienen que sacar de todo eso: es la única alegría que tendrán en la vida.
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Cuando la dulce Nishio-san me hablaba era casi siempre para contarme, entre esas risas niponas reservadas al horror, cómo, siendo ella una niña, su hermana había sido atropellada por el tren Kobé-Nishinomiya. Cada vez que desgranaba aquel relato, impepinablemente las palabras de mi aya acababan con la vida de la pequeña. Hablar, pues, también podía servir para asesinar.

Amélie Nothomb
en Metafísica de los tubos.
Anagrama / Quinteto.
Traducción de Sergie Pàmies.