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domingo, 29 de octubre de 2023

José Daniel Espejo: Mi familia fantasma y mi...

 Mi familia fantasma y mi

familia de carne ejercen su custodia

sobre mí / ya que no se hablan 

pero nada ha cambiado: en la casa

de los muertos mi hijo me sigue

llamando a gritos mi madre cose

y mi mujer me mira sonriendo con cara

de de dónde has salido tú / solo reina

un incómodo silencio cuando hablo de aquellos /

de los vivos / me recuerdan mi apellido

-solo uno- y me demandan

que tengo que llamarlos más / pero tal vez

es peor lo de los otros, los de carne:

nunca nombran a los muertos ante mí

imponen su nevada sobre tierra baldía

abren mucho los ojos si insisto en mencionarlos

me confinan al presente como a un loco

para ponerme de su lado para siempre /

está claro que todos me quieren /

simplemente no quieren que me ausente

porque son incapaces de acompañarme /

en la casa de los muertos hay juguetes

con los que nadie juega ya y es verdad que nadie

juega ya




José Daniel Espejo

en Perro fantasma.

Candaya.

domingo, 15 de marzo de 2020

Jose Daniel Espejo: Charo 2


A veces veo en sueños a la mujer que falta.
No habla. Se mira las sandalias. Lleva un vestido 
de color azul oscuro. Cuando se lo quita 
ya ella no está allí. Nos cubre con él 
a los niños y a mí ahora nos refugian 
infinitas constelaciones desconocidas.

José Daniel Espejo
En Los lagos de Norteamérica.
Pre-textos. 

jueves, 29 de noviembre de 2007

Tres poemas de Jose Daniel Espejo

1


A la derecha, con setenta
y muchos kilos de peso, 1’86 de altura,
el Poeta Espejo, el eterno aspirante,
el Zorro de Fuego de Tenochtitlán. A la izquierda
(y por encima, y por debajo, y todo alrededor),
sin peso conocido y sin altura,
el vigente campeón, el Negro Rivas,
el Puño de Oro del Atlántico Norte,
el Vacío.
__________




MIGUELITO BATTLES THE PINK ROBOTS


Yo que tanto sabía, sobre el papel, de la Nada
no sabía que la Nada consistía en despertarse
un lunes a las dos con la cama empapada
y que aquello fuera sangre, y que la sangre viniera
del útero de Charo embarazada de tres meses
de mi pequeño, mi amado, mi precioso hijo Miguel.

La Nada prosiguió en una sala de urgencias,
una médico que dijo que no había nada que hacer
y nos mandó para casa, a esperar un milagro,
durante dos días. Qué sabía yo, de la Nada,
o la Nada de mí, y ahí nos vimos las caras,
nos sacudimos bien. Y los días pasaron,
pero no como días normales hechos de tiempo,
sino como libros eternos, de páginas iguales.
Te dije tantas, tantas veces las mismas frases
que me dio miedo que te hartaras de mí.
Te dije agárrate, quédate ahí con la mamma,
te dije ven, o salta de este lado,
o dame la mano hasta que se olviden de ti
éstos que vienen a buscarte, y sobre todo
te dije, Miguel, tienes que ver esto,
tienes que ver esto, muchachito, vas a ver.

Entonces yo, que tanto había leído de la Nada,
me preguntaba sorprendido: ¿qué tiene que ver?
¿qué es eso que estás viendo tan valioso
ahora, tras tus cursos de la Nada,
tu licenciatura en Nada, qué hay que merezca
ser visto, que no te puedes perder?
Ah, era ésa una pregunta difícil.
Yo ya sabía la respuesta, pero aún
no podía formularla, y miraba
las montañas del sur de la ciudad
repletas de pinos tostados, los árboles de las aceras,
lo poco que a mediodía en julio se ve
sin gafas de sol ni haber dormido,
más que nada miraba las chicas,
las nubes en fuga, el cielo azul
y repetía: Miguel,
tienes que ver esto, cómo puedes decirme
que vas a dejarlo todo, que te largas
a estudiar el lenguaje de las sombras
con todo lo que tengo que enseñarte,
con todo lo que aún no has visto por aquí,
pequeño Miguel.

Y llegó el jueves como llega
hasta en las pesadillas el final de la escalera
y te vimos moverte en una ecografía
con el corazón a ciento diez, y sonreímos,
y a mí volvieron las voces a preguntarme
qué era eso que había que ver
tan importante, si no creía en la Nada
y en el Existencialismo, yo, tan leído,
que qué pasaba con Beckett, entonces, que le dijera
a él lo que a Miguel un poco antes,
que volviera al redil. Y contesté:
qué coño. Y repetí: qué coño, señores,
de acuerdo que no hay Dios, pero qué importa
si tenemos esto otro: las montañas,
el camino hacia la playa (en ese punto
los dejé solos y hablé para Miguel),
y la brisa del mar y los pasteles de carne
y la voz de Keren Ann y a Miyazaki
y los libros de Žižek y los pechos de tu mamma,
cómo puedes pensar en perdértelo sin probar,
cómo puedes desertar sin hacerte tu lista
de placeres irrenunciables, contrastándolos todos,
sabiendo de qué hablas cuando hablas de amor.
Otra cosa no te doy, pero es suficiente,
y a cambio nada pido. O si acaso
que no te hagas concejal de Urbanismo
ni traficante de armas, que no le cuentes
a las madres de tus amigos
las palabras que te enseño en este poema,
lo mal que hablamos, tú y yo, cuando decimos la verdad,
los terribles insultos que lanzamos a los siervos de la Nada.
_________



CHARO Y OTROS POEMAS


Eres un poema, cierto, pero no uno de ésos
que se pudren en las páginas de oscuras
antologías del siglo dieciocho
o fanzines de los años noventa: tú eres uno
que todo el mundo se sabe, cuyos versos repiten
en la radio y en la escuela, y la gente se dice
ante una chica bonita, o si se hacen unas risas,
o son felices, o, sobre todo, al llegar a casa
mientras fuera está cayendo la tormenta del milenio.

Jose Daniel Espejo
en
Música para ascensores.
Editora Regional de Murcia.