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martes, 27 de agosto de 2024

Rosana Acquaroni: Lo que más me gustaba

 LO QUE MÁS ME GUSTABA

era hurgar en el cajón de tu mesilla.

Tropezar con aquel inventario de cosas inservibles.


El pastillero roto,

la cajita de nácar con mis dientes de leche,

negativos sin fotos,

emulsión transparente

donde la oscuridad deslumbra

con su plata metálica.


Escenas ya vividas

por la mujer que fuiste en otro tiempo

y que yo me empeñaba en comprender.


Caracolas sin mar,

                         pelusas y botones

un guante desparejo,

como esos piececitos de cera bendecida,

esas manitas huérfanas

que cuelgan en algunas capillas,

exvotos que celebran

la curación de un niño enfermo.


Llaves arrinconadas

que extraviaron sus puertas      sus cerrojos

magia desvencijada     piezas

sin ensamblaje

deterioros

todo formando parte de tu vida anterior.


Un humus florecido

en el bancal de tierra removida

donde la infancia encuentra una tarea,

una razón de ser.




Rosana Acquaroni

en La casa grande.

Bartleby editores.


lunes, 15 de julio de 2024

Rosana Acquaroni: 1

 Vi la cierva que el bosque

eligió parra mí como encendida

quietud tras el ramaje.


No me atreví a moverme.


Mi corazón cosía sus pedazos

de piel entre las hojas.


Solo un perfil mostraba.

Era un ojo que mira

como un hueso de níspero

flotando en el estanque.


Habló mientras la nieve

                se cubría de pájaros:

—Hay que vivirlo todo—.


Y en su hocico de museo

temblaba un avispero.


Después,

suspendido ya el tiempo

atrapada en el ámbar del instante

levantó la cabeza

                       —su tronco moteado.

Sus cuatro extremidades—.


Desde entonces 

                               me digo la verdad.


Cada mañana vuelvo

a la senda vacante

por ver si ella me aguarda.


En las horas de insomnio

siento su lengua que me arde

como un alga en la cara.


Ya me vence el cansancio.


Pero si ellos regresa,

si la cierra viniera de nuevo a mis oídos

yo les pondría fin

                              a estas palabras.



Rosana Acquaroni

En 18 ciervas

Bartleby Editores


sábado, 29 de junio de 2024

Juan Cobos Wilkins: Dos poemas de Los no amados

Un día

llega la vida

y tú no estás.


Os abandonasteis igual que la serpiente deja

la piel mudada del cuerpo que contuvo, y sigue

su camino. 


LOS AMANTES MÍSTICOS


Como poetas enganchados,

con mono,

que urgentemente necesitan

un chute de san Juan de la Cruz.


De esa forma se buscan,

con el ansia que inflama

el saberse ya en vuelo,

mas idos.


Adicción, llama viva.


Nadie podrá sanarlos, es de amor su ejercicio.




Juan Cobos Wilkins

en Los no amados.

Burtleby Editores.




jueves, 13 de enero de 2022

Miren Agur Meabe: De molieribus claris

 Chupas la punta del pincel Ende, para afilarlo. En tu saliva hay un regusto a leche de cabra. Desenrollas el pergamino.

Hace frío en el scrptorium. Desde el ventanuco con arco de la herradura se ve el valle. La nueve se funde en la sierra. El arroyo corre caudaloso.

Colores vivos. Figuras enjutas. Ornamentación geométrica heredada de los mozárabes.

Usas minio; de ahí la denominación de tus dibujos.

¿Nunca ingieres ese plomo rojizo que traen molido desde las minas al monasterio? ¿Te enjuagas las manos después de usarlo?


Boccaccio  no sabía de ti: no te menciona en De mulieribus claris. Timarete sí que consta en dicho muestrario de hembras ágiles -virtuosas y/o deshonestas-, entre otras ciento cinco lustrosas. Cristina de Pizán intuyó algo más tarde La ciudad de las damas.

Amelia Maggia, Grace Fryer y las demás, también vosotras chispabais pinceles.


No erais artistas, ni espíritus, aunque en el salón de baile emanase fosforescencia de vuestros vestidos.

¿Qué empleabais para colorear los relojes de la U.S. Radium Corporation?

A veces sustraíais una pizca para maquillaros, sin saber que los químicos, arriba, se protegían con guantes y mascarilla.

Cuando afloraron los tumores, la empresa sugirió algo sobre la sífilis, como si la plantilla estuviese repleta de casquivanas.

Invertisteis las indemnizaciones en vuestros ataúdes.


Toda biografía emite un átomo de luz.





Miren Agur Meabe

en Cómo guardar ceniza en el pecho.

Bartleby Editores.


domingo, 26 de julio de 2020

Sharon Olds: Dos poemas de Los muertos y los vivos.

HIJO

De vuelta a casa desde el bar sólo para mujeres,
entro en el cuarto de mi hijo.
Duerme -bella cara con pecas
echada hacia atrás, el perfil escarlata de su boca
ensombrecido y aromático, sus pequeños dientes
con un brillo mate y lácteo en el oscuridad,
sus opalinos párpados temblando
como alas de insecto, las manos cerradas
 en mitad de la noche.
                                       Hágase suficiente
espacio para esta vida: la cabeza, los labios,
la garganta, las muñecas, las caderas, el pene
las rodillas, los pies. Que no quede ninguna parte
sin alabanza. En todo nuevo mundo en el que nos adentremos,
llevemos a este hombre con nosotros.


PREADOLESCENTE EN PRIMAVERA


A través de la puerta de cristal, tan fina como leve escarcha en el estanque,
mi hija me llama.
Está chupando un hielo, hay un taza con cubitos
a su lado que brillan y se van separando.
El sol se refleja en su pelo oscuro como la
tierra compacta de un pinar,
el olor de la resina reciente asciende como el
olor a sexo. Salta desde el porche y
corre por la hierba, sus nalgas como un albaricoque
aún sin madurar. Regresa, el pelo
humeante, la cara fresca y límpida,
piel así de vida, con el blanco translúcido de la
vaina del algodoncillo. Pesca
con la lengua otro cubito de la taza.
A nuestro alrededor las briznas aplastadas de los bulbos
brotan desde dentro de la tierra.
Sobre nosotras los capullos se abre. Yo me aferro
a esta niña que está a mi lado, y ella
apoya su cuerpo en mí, su peso,
sus capas aún plegadas, su fragancia sólo
a medio liberar, pero el hielo ahora rápidamente
se derrite en su boca.


Sharon Olds
en Los muertos y los vivos.
Bartleby Editores.
Traducción de J.J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.


martes, 17 de octubre de 2017

Sharon Olds: Dos poemas

DESPUÉS DE 37 AÑOS MI MADRE SE DISCULPA POR MI NIÑEZ

Cuando te inclinaste hacia mí, con los brazos extendidos
como quien intenta atravesar el fuego,
cuando te dejaste llevar hacia mí, gritándome que
sentías lo que me habías hecho, los
ojos rebosantes de líquido terrible como
bolitas de mercurio de un termómetro roto
que patinan por el suelo, cuando en silencio gritaste
¿Hacía dónde podría haberme dirigido? ¿A quién más tenía?, tus
manos como loza partida que se hacia mí, el
agua que rompe desde los ojos como la humedad de las
piedras bajo una presión extrema, no pude
ver lo que haría con el resto de mi vida.
El cielo parecía hacerse añicos, como una ventana
que alguien reventase desde dentro o desde fuera, tu
rostros pequeño brilló como si estuviera
hecho de cristales rotos, con verdadero arrepentimiento, el
arrepentimiento del cuerpo. No pude ver lo que
serían mis días contigo arrepentida, con tu
lamento por haberlo hecho, el
cielo que caía a mi alrededor, sus cascotes
que resplandecían en mis ojos, tu cuerpo viejo
y suave caído sobre mí con horror,
te estreché en mis brazos, dije Todo está bien,
no llores, todo está bien, el aire repleto de
cristales rotos, yo, que apenas supe lo que te
decía o quien sería ahora que te había perdido.


PISCINA EN CALIFORNIA

Sobre la mugre, las hojas muertas del roble vivo
yacían como caparazones secos de tortuga
quemados y crujientes, las puntas afiladas como
aguijones de avispa. Mosquitos saciados
colgaban del aire como tiburones en el agua,
y cuando sostenías el sándwich de atún
una esfera dorada de avispas
se reunía junto a tu mano en el aire
y se movían cuando tú te movías. Todo giraba
alrededor de la gran piscina, azul y
resplandeciente como las aguas sagradas en
Cocodrilópolis, y los chicos
salían de debajo del agua por sorpresa
para tirarte. Pero el verdadero centro eran los
vestuarios: los bañadores húmedos
el olor a cloro, el hormigón frío,
la pared de pino astillada, el otro lado
donde estaban los chicos, de hecho
desnudos, en la nebulosa como
sombras en el fondo de la piscina, donde los cocodrilos
relucían en sus pieles escurridizas. Todo el verano
el agujero de la pared de madera me susurraba
ven a ver, ven a ver, ven a comer y a ser comida.



Sharon Olds
en La célula de oro.
Traducción de Óscar Curieses.
Bartlheby editores.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Ángeles Mora: Cracovia I

En verdad no es un mal truco
Perderse a una misma de vista.
Wislawa Szymborska

Entre dos sombras
Pasos acompasados:
Un rastro de caballos en la niebla
Como mi corazón brotando.

No tengo el escalofrío
Que recorre las venas
Si adivino tu aliento.
Todo es nuevo
En la ciudad soñada:
El aire que la envuelve,
Tu voz desconocida,
La mía, viajera
Y muda.

Sé que te encontraré
Al filo de la tarde:
Viene de atrás la cita,
Y la hora suena nueva.
Al buscarte
Te he perdido de vista.
Sólo sé que me llamas.

Las campanas al aire
Subrayan el camino
Donde viene escribiendo
La locura y la espera.
Ha pasado el tiempo y tú sigues ahí.
No sé por qué desde tan lejos
He llegado a tu puerta.
Es la hora y rompe el día.

Resultado de imagen de ángeles mora
Ángeles Mora
En Ficciones para una autobiografía.
Bartleby Editores.

martes, 18 de noviembre de 2014

Wisława Szymborska: Dos poemas de Hasta aquí



RECIPROCIDAD

Hay catálogos de catálogos.
Hay poemas sobre poemas.
Hay obras sobre actores representadas por actores.
Cartas motivadas por cartas.
Palabras que sirven para explicar palabras.
Cerebros ocupados en estudiar el cerebro.
Hay tristezas contagiosas al igual que la risa.
Hay papeles que provienen de legajos de papeles.
Miradas vistas.
Casos declinados por caso.
Grandes ríos con gran participación de otros pequeños.
Bosques hasta sus bordes desbordados de bosque.
Máquinas destinadas a construir máquinas.
sueños que de repente nos arrancan del sueño.
Salud necesaria para recuperar la salud.
Escaleras tan hacia abajo como hacia arriba.
Gafas para buscar gafas.
Inspiración y espiración de la respiración.
y ojalá de vez en cuando
odio al odio.
Porque a fin de cuentas
lo que hay es ignorancia de la ignorancia
y manos ocupadas en lavarse las manos.

A MI PROPIO POEMA

en el mejor de los casos
serás, mi querido poema, atentamente leído,
comentado y recordado.

En el peor de los casos
sólo leído.

Hay una tercera posibilidad:
aunque escrito,
un instante después arrojado a la papelera.

Puedes optar aún por utilizar una cuarta salida:
desaparecer no escrito
ronroneando satisfecho algo para tus adentros.



Wisława Szymborska
en Hasta aquí
Bartleby Editores.
Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán.

martes, 22 de julio de 2014

Cristina Morano: Los frutos


(Francesca Woodman)


Unos frutos cerrados, dispuestos en la mesa
mientras comemos, limpios,
sin una sola mancha en su piel
como una afirmación de confianza
en la perlada carne para siempre.
Me alcanzas el cuchillo con tu mano
desollada al acarrear la compra.

Somos nosotros los heridos,
los que dudan de que esta fruta
y esta comida entre nosotros
puedan seguir igual al paso de los años,
de que la plenitud sea una cosa
redonda y contundente
que brilla y que se alcanza
de una sola vez y para siempre.

Te miro morder las manzanas: me salpican
chispas de jugo verde como si todo estallara
y nada de lo que perdura nos correspondiese.



Cristina Morano
en Cambio climático.
Bartleby Editores.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Anne Michaels: dos poemas

EL PESO DE LAS NARANJAS

Ahora me hospedo en huertos de coles de categoría...
No dormir mucho bajo techos extranjeros con mi vida a lo lejos...
Osip Mandelstam

Mi taza es del mismo color arena del pan.
La lluvia del color de un edificio al otro lado de la calle
ha arrasado las dalias rojas
y arruinado un libro que esaba sobre el alféizar.

La lluvia articula la piel de cada cosa,
el color encarnado que toman los ladrillos del fuego en que se cocieron,
el verde lagarto de las hojas,
los pliegues de lengua en el cono de los pinos.
es porecisa de un modo que nunca lo somos nosotros,
saca a relucir lo mejor de las cosas
sin cambiar nada.
La lluvia que humedece las camas,
nuestra habitación una cueva por la mañana,
una tienda de campaña al atardecer,
enciende el ruido de las hojas que echamos de menos todo el invierno.
El ruido que nos empujaba a la cama...
recogidos por la resaca del viento sobre hojas mojadas.

Estoy escribiendo ahora desde el sonido que nos despertaba,
la respiración de las cortinas en una habitación en penumbra.

Me levanto pronto, paseo.
Recuerdo nuestros paseos, horizontes como labios
apenas enrojecidos al amanecer,
qué benigna parecía la lejanía.

Las cartas deberían escribirse para contar novedades, para decir
cuéntame algo nuevo, para decir
vete a buscarme a la esación de tren.
No estas lágrimas secas para honrarnos como a una tumbra.
Me avergüenza nuestra separación.
Despierto en mitad de la noche y veo "vergüenza"
escrito en el aire como en los relatos de la Biblia.
Soñé que tenía la piel tatuada,
revestida de las palabas que me metieron aquí,
revestida de llagas, en cuarentena, ¿y sabes qué?
tenía miedo de encender la lámpara y mirar.

Tu marido es un buen constructor, incendié
cada casa que tuvimos, unas pocas palabras para iniciar las llamas.
Palabras de madera,
que no tenían fuerza por sí mismas.
"La categoría" les otorgó senido
y humildes con gratitud
estallaron en mi rostro.

Ahora somos complanetas, sosteniéndonos el uno al otro
a gran distancia. Cuando nos acostábamos juntos
los océanos distendían sus músculos verdes,
la vida se atareaba en el otro hemisferio,
el globo se inclinaba, saludando nuestra energía.
Ahora estamos a cientos de millas el uno del otro,
a solas con nuestros cortos brazos,
nadie oye lo que hay en mi cabeza.
Me veo viejo. Estoy perdiendo pelo.
¿Dónde va a parar el pelo que se cae,
la vista perdida, los dientes caídos?
Nos hacemos viejos como los ríos, nos encogemos y doblamos
hasta que no podemos encontrar la desembocadura de nada.

Es marzo, incluso los pájaros
no saben qué hacer con ellos mismos.

A veces estoy seguro de que los que sonfelices
saben una cosa más que nosotros... o una cosa menos.
El único libro que escribiría otra vez
es el de nuestros cuerpos estrechándose.
Ése es el lenguaje que te conmociona,
te deja una cicatriz, respira dentro.
Desnudos, tuvimos voz.

Quiero que me prometas
que nos veremos de nuevo,
dímelo por carta.
Prométeme que nos perderemos juntos
en nuestro bosque, pálidas varas nuestras piernas.

Oigo ahora tu voz -sé,
todo el mundo sabe que las promesas surgen del miedo.
La gente no vive el pasado de los demás,
tú estás siempre aquí conmigo. A veces
finjo que estás en la otra habitación
hasta que llueve... y luego
ésta es la carta que siempre escribo:
La carta que escribo
porque no me dejan ir a casa.
Huelo tu cena humeando en la cocina.
Hay bolsas de papel sobre la mesa
con el fondo ablandado
por la lluvia y el peso de las naranjas.


PROFUNDIDA DE CAMPO

"La cámara nos libera del peso de la memoria...
registra para olvidar"
John Berger

Ya nos hemos contado una y otra vez la historia de nuestras vidas
cuando por fin llegamos a Duffalo.
Sale un sol difuso y prehistórico
sobre las cataratas.

Una mañana blanca,
el sol salpica de pintura el parabrisas.
Conduces, fumas, llevas gafas de sol.

Rochester, Capital de la Fotografía de América.
Apagando un puro en la tapa de la cajuta de un rollo,
el agente de segurdad de Kodak nos indica el camino.
El museo es una mansión en gran angular.
Desde el césped de la entrada miras las ventanas del segundo piso,
transformas mentalemnte cuartos de baño en cuartos oscuros.

Un millar de fotos después,
agotados de adivinar el movimiento
invisible de la mente que eligió el encuadre de cada foto,
echamos la siesta en el parking de un instituto
mientras el sol se reclina como los árboles
sobre el capó caldeado del coche.

Volvemos a casa. La luna tan grande y cercana
que manchoo el parabrisas dibujándole un bigote.

Te hago cosquillas en el cuello para mantenerte despierto.
No recuero nada de nuestras vidas anterior a esta mañana.

Salimos de la ciudad de noche y regresamos de noche.
Compramos frutos secos y flotamos tranquilamente por el vecindario,

árboles frondosos que se levan en la exuberante oscuridad
o a la íntima luz de las farolas.
Es verano y el aire de la noche se carga de nuestros olores,
aguijoneado por la fragancia verde de los jardines.

El calor no se irá del pavimento
hasta que sea casi de día.

Te amé todo el día.
Tomamos la vieja y familiar Autopista del Encuentro,
comenzamos el largo viaje del uno al otro
como a nuestra ciudad con todas sus luces encendidas.

Anne Michaels
en El peso de las naranjas y Miner´s pond.
Bartleby Editores.
Traducción de Jaume Priede