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viernes, 5 de enero de 2024

Rubén Martín Díaz: Gorriones

 En soledad,

aunque no lo precise,

he puesto mi mirada entre las cosas

que todos tienen cerca

y nadie ve.


Extraño es contemplar la realidad

sin prisas,

sin lamentos ni agobios,

seguro de alcanzar lo perdurable,

lo que queda -en esencia-

desnudo al despojarlo de su cáscara.


Y es la pura verdad, que me golpea.

U es tan cierto que duele.


Alguien dijo que un pájaro 

tan pobre como lo es

un sencillo gorrión de la ciudad

no canta,

que no puede cantar,

que es este un don de largo inmerecido

para un ave discreta.


En mis poemas, sin embargo,

los gorriones elevan su conciencia

por encima de todo,

entonan melodías sorprendentes

que propagan sus límites

y despejan el aire revelado

del humo de vehículos y fábricas.


En el ciclo latente de la vida

y en el propio poema,

no todo está perdido ni es real

lo que real parece.




Rubén Martín Díaz

en Lírica industrial.

Ediciones Rialp.

domingo, 19 de marzo de 2023

Lola Tórtola: De Perséfone

 Sí comí,

y era dulce y roja y fresca.

Sí comí, Deméter madre,

donde espumoso el mar.


Aún sangra entre los labios

el grano de la granada y es

ahora el tinte que mancha

el suelo de esta casa.


Desde entonces

como una hoja de sílice la tierra nos corta,

brutal y verano en que el solo caza.


De entre las rocas llegó un dios

y yo comí de su boca.


Lola Tórtola 

en Los dioses destruidos.

Colección Adonáis. Rialp.



https://twitter.com/i/status/1637023191628492800


martes, 23 de agosto de 2022

Nuria Ortega Riba: El árbol.

 UNA va arrastrando los pies

intentando esquivar la soledad

con un té hirviendo en la mano

y se para otra vez en este árbol

a escribir las mismas cosas

de otro modo diferente.


Engañar a los días no es tan fácil,

piensa una.

Pero qué otra cosa puedo hacer

sino pararme otra vez en este árbol.




Nuria Ortega Riba

en Las infancias sonoras.

Rialp. Premio Adonáis 2021.

Andrés María García Cuevas: Luces urbanas

A Adela


DESDE nuestra azotea la ciudad

se ve tan reducida como un mapa:

con un dedo delante de nosotros

tapamos una calle, un edificio;

con una mano, un vecindario entero.

Tendidos en el borde, la caída

de mas de quince pisos nos parece

un aljibe de luz donde, cansados,

dejamos nuestros brazos suspendidos

después de señalar luces urbanas.

Se aleja una ambulancia y su sirena

es la mejor metáfora posible

para esta noche nuestra,

cada vez más distinta y más distante.




Andrés María García Cuevas

en Las ciudades.

Rialp. Adonáis.

lunes, 31 de agosto de 2020

Marcela Duque: Cherry Blossoms

 OH, tienes que ver los cerezos, me de decían.

Los cerezos, ya los verás;

no has visto cosa igual, los cerezos,.

Y los cerezos llegaron por sorpresa,

un día, de la noche a la mañana,

y no rosados -más asombro-sino blancos,

(los del campus, al menos, me refiero)

blanco-canon, blanco deslumbrador,

que nunca había visto, no, jamás,

porque ya no hay bataneros en la tierra

ni quien pueda blanquear nada de ese modo.

Es un blanco, lo sabe quien lo ha visto,

que solo puede haber nacido de una mano.

Ah, el cerezo, esto no me lo advirtieron,

el árbol de la luz transfigurada.



Marcela Duque

en Bello es el riesgo.

Premio Adonáis 2018.

Ediciones Rialp.

lunes, 6 de julio de 2020

María Elena Higueruelo:Cosecha el día

DICHOSO aquel que en la edad última
torne a las cenizas luminosas del origen
y halle entre las pavesas una rosa.

                                Esta rosa: ¿acaso existe
o no es más que la sombra de un espectro?
Dichoso aquel que en la rosaleda encuentre
el modelo de lo que un día fue materia.

¿Dónde? ¿Dónde están aquella esa
esta rosa cuyo brillo
ya se huele tras el borde
de la noche incandescente?
El lugar ideal es la memoria
que de estas tres rosas hiciera un ramo.

Dichoso aquel que no vivió
cada día como el último:
en el último día, como Booz,
cogerá las rosas sin ser virgen.

Cosecha el día: siembra el sol
que en el horizonte florezca
y riegue la rosaleda en un destello.
Cuando pasado y futuro se fundan
en el instante -afilado hilo de luz-
brotará la flor que descierra
la puerta de los días eternos.


María Elena Higueruelo
en Los días enternos.
Adonais, Ediciones Rialp.

domingo, 15 de septiembre de 2019

José Alcaraz: Tengo un epitafio

TENGO un epitafio:

Así está bien. 

Lo cuido,
crece como hierba.

Lleva una lluvia dentro
y viento
con risas de niño.

Juega a mi alrededor.

Es extraño.

No sé.

Lo más alegre
que he escrito triste.


José Alcaraz
en El mar en las cenizas.
Rialp. Accésit premio Adonais.

lunes, 29 de febrero de 2016

Andrés García Cerdán: Si tienes miedo


ACUÉRDATE del sur y de los años
felices cuando tengas miedo. Acuérdate
de las cosas hermosas que has vivido,
de la clara paciencia de los árboles,
de la fiebre que ardió en tus ojos porque
tenías sus abrazos puros, todo
el calor sin fisuras de su boca.
Si  tienes miedo, piensa en la mañana
que te vio volar por Carnaby Street
exultante y transida de placer,
loca de amor. Los días te lo dieron
todo y ahora esperan más de ti,
más aún: la codicia, la fragancia,
la alegría y las fuerzas, el valor,
el libre movimiento de tu pelo
que hará desvanecerse la ruindad
de la historia en sus brillos. Si te sientes,
alguna vez, triste, recuerda el cielo
de Marsella o sal a las calles blancas
con los ojos abiertos, dispuesta para todo.
Haz tuyo para siempre el día
en que todo vibraba a tu lado
o abre, con todo tu encanto, un libro
y en voz alta lee, para tus adentros,
el poema que canta los deleites,
los frutos y las rosas del jardín de Epicuro.

Andrés García Cerdán
En Barbarie.
Ediciones Rialp.

viernes, 13 de febrero de 2015

Constantino Molina Monteagudo: El corazón del mármol

El rapto de Proserpina, G. Bernini






















ESTE trozo de mármol que ahora observo
descansaba en el sueño soterrado
de unas colinas próximas a Roma.

Ya entonces, muchos siglos
antes de que naciera su escultor,
en la entraña del monte,
Plutón y Proserpina se enzarzaban
en su lucha insistente.

Las manos de su autor
no eran de hueso y carne todavía,
y el corazón del mármol ya tomaba
la forma de los cuerpos.
Ya los dedos se hincaban en el muslo
y ondulaba el cabello en movimiento.

Fue al pasar cientos de años
cuando alguien acabó por escuchar
el corazón del mármol:
allí donde la piedra se hace carne
y, al contrario, la carne se hace piedra.

Y fue entonces así
que un pequeño cincel siguió el dictado
latente de la roca,
que vieron luz los miembros y los gestos
ya para siempre eternos de aquel mito
y que el pulso dinámico del tiempo,
mientras todo seguía siendo bello y cruel,
se llevaba de nuevo las manos de Bernini
hacia el polvo infinito de la nada.



















Constantito Molina Monteagudo
en Las ramas del azar.
Rialp. Premio Adonáis 2014.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Armonía


UN avión surca el cielo de la tarde.
Desde la tierra
apenas es un punto en la distancia,
un matiz pasajero cuyo efecto
son dos surcos abiertos entre nubes,
y poco más.
Es destino del Hombre
es una trayectoria indeclinable
por burlar, una y otra vez, los límites
de la naturaleza.
Cuánta hermosura existe en los detalles
que sean nuestros días, y qué pocos
somos los que apreciamos
ese pequeño gesto de la luz
en el abismo.
Ocurre en estos casos
un extraño fenómeno: el ritmo
del tiempo nos lo marca nuestro espíritu,
el cuerpo ya se encarga de otras cosas
-esto es algo distinto-,
no se trata de Física
sino más bien de Química,
de estar en armonía con el cosmos
y con nosotros mismos.
En fin, nada es igual ni se repite:
aquella luz que surca el vivo cielo
no será para siempre.

Rubén Martín
en El minuto interior.
Ediciones Rialp. Premio Adonáis 2009.