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martes, 22 de marzo de 2022

Yannis Ritsos: Fragmento de Helena

 Yo, tú lo sabes, aún conservaba mi antigua belleza

como por milagro (pero también con tintes y yerbas y pomadas,

como zumo de limón y agua de pepino). Me estremecía sólo de ver en ellos

el paso de mis propios años. Contraía entonces los músculos del abdomen,

contraía también mis mejillas en una sonrisa fingida,

como

si asegurara con una delgada viga dos muros que se van a derrumbar.


Así cercada, tensa, contraída -qué cansancio, Dios mío-

siempre contraída (aun durante el sueño) como metida

en una armadura gélida o en un armazón de madera que me ceñía el cuerpo entero, como dentro

de un caballo de Troya mío, engañoso, estrecho, conociendo de antemano

lo inútil del engaño y también de la ilusión, lo inútil de la fama,

lo inútil y lo transitorio de las victorias, todas.

                                                                          Hace unos meses,

con la pérdida de mi marido, (¿meses serán o años?) abandoné para siempre

mi caballo de Troya abajo en el establo, al lado de los viejos equinos suyos,

para que las arañas y los escorpiones pasearan por sus entrañas. Ya no me tiño el pelo.




Yannis Ritsos

en Helena.

Traducción de Selma Ancira.

Acantilado.

viernes, 12 de abril de 2019

Yannis Ritsos: fragmento de "Agamenón"

Ellos se habrían dado cuenta de cuán vigoroso, de cuán achacoso soy-
desafiantes ambos. Un atardecer paseaba solo a la orilla del març,
una pazdorada; el mar arrebolado; un remo que de pronto pareció prenderse en llamas. Sobre las rocas
habían extendido una grande vela roja. Del cuartel, arriba,
me llegaba una canción solitaria, lastimera,
tibia e ingrávida, como un vestido recién abandonado por un hermoso cuerpo-
una canción tibia que yo tenía entre las manos mientras paseaba
en el frescor de la tarde, al lado de los barcos. Todo alrededor
emanaba una fragancia como de maíz tostado y algas.
Un poco de agua debió caer, borbotando, en un tocón en ascuas. Afuera de las tiendas de campaña
habían encendido grandes hogueras para el rancho vespertino.

La muerte parecía tan fácil. Me acordé del taciturno Filemón. Una noche,
en la que, dentro de la tienda, todos ebrios parloteaban sin parar
de hazañas, mujeres, caballos, Antíloco desafió con burlas
su sosiego y su mesura. Y Filemón dijo: "Me preparo", nada más;
y continuó encorvado como estaba, sin beber, con los codos puestos en la mesa
y la cara hundida entre las manos. Detrás de sus dedos
resplandecía una extraña sonrisa. "Me preparo". Al amanecer
Antíloco salió de la tienda, se volvió hacia el Oriente y con la alegría
del actor y la irreverencia de la juventud declamó su plegaria al sol.

No sé cómo retuve sus últimas palabras. “Oh, sol — decía—
tú que con un dedo abres un hoyo dorado sobre el muro negro
y brotan de ahí dos pájaros, uno rojo, otro celeste—
el rojo se posa sobre mi rodilla, el celeste encima de mi hombro—“. Y
en ese momento, dos grandes pájaros volaron por encima de él—
eran dos cuervos. Ni él ni Filemón volvieron.
En un lécito blanco grabamos dos hermosos pájaros—el rojo y el celeste.






Yannis Ritsos
en Agamenón.
Acantilado.

viernes, 3 de junio de 2016

Yannis Ritsos: La Señora de las Viñas, Canto I

SEÑORA de las Viñas, te vimos tras la red de los pinares
arreglando al alba las casas de las águilas y de los pastores,
sobre tu falda el lucero mecía las amplias sombras de las horas de parra,
dos abejas madrugadoras colgaban de tus orejas como si fueran pendientes
y las flores de azahar te iluminaban el negro camino calcinado.

Señora morena a quien la luz doró las manos como el icono de la Virgen,
en el vello rizado de tu nuca centelleaba el rocío de la noche,
como si se arrepintiera poco antes de apagarse la galaxia
y se atara a tu cuello como un collar de monedas para derretirse al calor de tu pecho.

Y era el silencio denso como la leche en tonel de abeto,
y la tierra labrada olía como la iglesia el Domingo de Ramos,
salía el pastor de su sueño igual que el cangrejo sale del agua hasta la orilla
y brillaba la mañana en su tierno caparazón azul con dos briznas de estrellas.

Grandísima Señora, qué dulce el primer "buenos días" del naranjo silvestre,
qué dulce paso el tuyo y el aliento del pez junto a la luna,
qué dulce charla de la hormiga ante la capilla de la margarita.
Ah, cuánto oto deja el rayo de sol en la gota de rocío
cuando las pléyades cuelgan de tu frente los siete brotes de acacia,
ah, cuánto polen se acumula en la boca de la abeja para la miel,
cuánto silencio en tu corazón para el canto.

Aquí mismo se juntan la noche y el alba en un escalofrío sin estremezo
y a ti, tus dos manos entrelazadas a las rodillas de la serenidad te iluminan
como dos palomas de luz inmóvil sobre el bosque.


Yannis Ritsos
en Romiosyne seguido de La Señora de las Viñas.
Traducción de Juan José Tejero
Editorial Pre-textos

martes, 9 de junio de 2015

Costas Mavrudís: Primavera o lectura con notas

Cuando la tarde del 5 de abril de 1956 mi padre llegó a la última página de Madame Bovary (Ediciones Epojí. 1954), el libro, como todos los textos que leía, estaba anotado por todas partes (Ruán, "con el claro carillón de las iglesias que se alzaban en medio de la bruma"), las referencias al pasado infantil de la heroína "cuando iba a confesarse, inventaba pecadillos para permanecer allí más tiempo, arrodillada en la sombra, juntas las manos y pegada la cara a la rejilla bajo el murmullo del sacerdote", observaciones sobre la representación de Lucia di Lammermoor y el tenor Lagardy, que interpretaba e papel de Edgardo, los encuentros con Rodolphe en el hotel, e igualmente sentencias y consideraciones axiomáticas, de las que estaba lleno el libro.

Han pasado años desde la lectura
y como las anotaciones de los ausentes
permiten siempre conjeturas sobre su motivación
parece que expresaran algo pretendido
(se puede distinguir
el melancólico orgullo del progenitor
que quiere proyectar su sombra
y conversar desde la ausencia con su vástago)
par quién si no anota
en la primera y en la última página del libro
hora día y año de lectura,
es como un diario dense cuenta,
con intención de llegar al descendiente
"terminé el libro que tienes en las manos", le dice,
"el cinco de abril del cincuenta y seis,
seis meses después de la muerte de Papagos,
nueve meses antes de la conferencia
de Cosmás Politis en nuestra ciudad
(la afluencia de público fue inusitada,
si alguna vez te interesas por crónicas ya olvidadas
encontrarás los detalles),
al mismo tiempo que las cosas que he subrayado
nuestros acontecimientos siguen su curso,
dos años más tarde, concretamente,
llegará lo inevitable.
Ahora es primavera
veo enfrente los almendros,
crecen judías en el huerto.
Estoy sentado a la ventana
en la que cazaste aquella enorme langosta
(la conservamos diez años en alcohol)
añadiré
llovió dos días
la tierra olía
y conducía como siempre a inescrutables evocaciones
¿sabes?, el día que subrayé cómo "seguía el gran auge del chocolate" la farmacia del señor Homais y el pasaje en el que la criada "usaba ahora los vestidos de la señora; no todos, porque él había guardado algunos, e iba a verlos a su cuarto de vestir, donde se encerraba", en aguas del cabo Cafareo se fue a pique el Elsi (primera plana varios días en los periódicos). Me gustó debo decir  (en notro capítulo) el peluquero que "tenía un viejo grabado de modas pegado sobre un cristal". Ya verás que "se lamentaba de su vocación frustrada, de su porvenir perdido, y soñando con alguna peluquería en alguna gran ciudad, mataba el día paseando de un lado a toro, desde el ayuntamiento a la iglesia, taciturno". En el capítulo 8 de la segunda parte, la Feria del Campo (los preparativos, las autoridades, sus discursos), es una pausa, un ingenioso paréntesis entre las relaciones de los personajes y los acontecimientos. Cuánto se parece, fíjate, a cuenta Feria que todos los meses de julio ponía en jaque a la ciudad: "avanzaban con paso lento unos señores que pasaban revista a cada una de las reses y luego cambiaban impresiones en voz baja. Uno de ellos, que parecía mas importante, tomaba algunas notas, la mediocridad provinciana, las ilusiones que en ella se perdían. A lo mejor te acuerdas de los comentarios sobre el secretario del Ministerio que premió a una vaca, porque su mirada "meliflua y soñadora", le recordaba cierta relación suya de otra época,
ya re puedes imaginar de qué clase.
Alguna vez, pienso, las dos Ferias
podrían ser la misma.
Con frecuencia el tiempo, como na vieja lectura,
vuelve los hechos confusos
casi abstracciones,
no sabes a dónde pertenecen:
"El señor prefecto no acababa de llegar,
los miembros del jurado estaban desconcertados
sin saber si comenzar o seguir esperando".
Imágenes de los grandes campos fuera de la ciudad:
paisaje polvoriento,
el zumbido de las moscas,
la tarima,
el aire, ¿te das cuenta?, se mece blando,
puedes moverlo como algo sólido.
Conciudadanos nuestros con túnicas antiguas
sin moverse para la fotografía
acarician amistosos los animales premiados
deslumbrados en el continuo presente"

Costas Mavrudís
en Cuatro estaciones.
Edición bilingüe de Vicente Fernández González.
Pre-textos.

jueves, 31 de julio de 2014

Yannis Ritsos: Fedra (inicio)




Te pedí que vinieras. No sé cómo empezar. Estoy esperando que caiga la noche,
que se alarguen las sombras en el jardín, que entren en casa
las siluetas de los árboles y de las estatuas, que oculten mi cara, mis manos,
que embocen las palabras que, sin definirse todavía, titubean -ésas que no conozco,
ésas que me intimidan.
Te pedí que vinieras sin pensarlo, sin prevenirte, sin dejarte tomar aliento,
sin que hubieras podido darte un baño, con el polvo aún prendido
a la belleza de tu rostro; (estás rojo, te lastimó el sol; no me hiciste caso,
no te pusiste el anillo que trencé para ti;) y cuánta pelusa
de las espinas silvestres llevas en el pelo...
Mira,
esto parece una bola de plumas -¡qué ligero! y aquello
evoca la pequeña mandíbula de un animal apócrifo -muerde el rizo
que te cae sobre la ceja; -espera, déjame quitártelo. Se han hecho más largos los días;
llegó pronto el calor; lo percibes en los tejidos, en la madera de los muebles, en tu propia piel
como una triste tregua.
El golpeteo del telar
es disparejo, no le basta con la alcoba, sale a la calle-
todo tiende hacia fuera; se extiende; incluso yo
pese a que vivo dentro de esta casa, pese a que mantengo los ojos cerrados
para concentrarme -lo percibo: no me basta conmigo misma; a través de mis párpados,
como si fuesen de cristal, veo lo que pasa fuera, te veo nítidamente en el bosque, veo
la curva de tu cuello cuando bebes agua de la fuente; yo creo que
lo exterior va penetrando en nosotros -lo aceptamos como al destino-
y de pronto nos llenamos hasta la asfixia; entendemos el vacío anterior; un vacío
que ya no es soportable; (¿dónde encontrar la plenitud? Asfixia).
La santidad de la privación -
¿así decías? No recuerdo bien; (¿de la privación decías o de la negación?)
Qué palabras tan irreflexivas-
el triunfo de la voluntad, decías -¿qué voluntad? ¿qué triunfo?-
un triunfo cruel, imperdonable -un oscurísimo monte más allá del ocaso,
más oscuro que el camastro de un ciego.
No creo en la santidad
sin el pecado; -la llamo flaqueza, la llamo cobardía;-
las ofrendas a los dioses no son sino un pretexto para evitar el sufrimiento;-
son invisibles los dioses; no dan pruebas; -acaso eso es lo que pedimos;
no la santidad en sí, -sólo una sombra para ocultarnos. Lo sé:
sé que te amas en solitario cuando estás frente al espejo;
vi los rastros en tus sábanas, los olí, -en esos momentos olvidamos a los dioses.



Yannis Ritsos
en Fedra.
Acantilado.
Traducción de Selma Ancira
...

lunes, 11 de febrero de 2013

Fragmento de Ritsos

Foto de André Kertész

Nos sentaremos un momento arriba, en lo alto,
y con el soplo de la primavera
podremos incluso imaginar que volamos,
porque muchas veces, y aún ahora, confundo el susurro de mi vestido
con el de dos fuertes alas que se agitan,
y envuelta en ese sonido de vuelo
siento prieto el cuello, las costillas, la carne,
y así, hecha un ovillo, entre los músculos del cielo azul,
entre los vigorosos nervios de la altura,
ya no importa si voy o si vuelvo
ni tiene importancia que haya encanecido mi cabello
(no es eso lo que me apena -lo que me apena
es que no encanezca también mi corazón).
Deja que vaya yo contigo.

Ya sé que cada uno anda solo en el amor,
solo en la gloria y en la muerte -solo.
Lo sé. Lo he probado. No sirve de nada.
Deja que vaya yo contigo.
Esta casa es´ta embrujada, me expulsa-
quiero decir que he envejecido mucho: los clavos se desprenden,
los cuadros se lanzan como si saltaran al vacío,
el enlucido cae en silencio
como cae de la percha el sombrero del muerto en el corredor en sombras
como cae del regazo del silencio su gastado guante de lana
o una cinta de luna sobre el viejo sillón desvencijado.
Alguna vez también fue nuevo-no ese retrato que miras con tanta desconfianza,
hablo del sillón: tan cómodo que podías sentarte horas enteras
y soñar cualquier cosa con los ojos cerrados:
una playa lisa, humedecida, barnizada por la luna,
más brillante que mis viejos botines, que todos los meses llevo al limpiabotas de la esquina,
o la vela de una barca pesquera que se pierde en el horizonte mecida por su propio aliento,
vela triangular como un pañuelo doblado al sesgo únicamente en dos,
así, como si no tuviera nada que encerar o conservar
u ondeara bien abierta en señal de despedida.
Siempre me encantaron los pañuelos,
no para tener algo atado,
nada de semillas de flores o manzanilla recogida en los campos al atardecer,
ni para hacerle cuatro nudos como al casquete que usan los obreros de la construcción de enfrente,
ni para limpiarme los ojos -he conservado bien la vista;
jamás he usado lentes. Un simple capricho -los pañuelos.

Ahora los doblo en cuatro, en ocho, en dieciséis
para ocupar mis dedos. Me acabo de acordar
que así contaba las notas cuando iba al Conservatorio
con delantal azul y cuello blanco, con dos trenzas rubias,
-8, 16, 32, 64-
de la mano de una pequeña amiga mía de piel aterciopelada,
toda luz y flores color de rosa,
(perdona estas palabras.es una mala costumbre)
 -32, 64-y mis padres albergaban
grandes esperanzas en mi talento musical. En fin, te hablaba del sillón
-desvencijado- al descubierto los oxidados resortes, la paja-
pensaba llevarlo a la mueblería de al lado,
pero dónde encontrar el tiempo y el dinero y el ánimo- ¿y qué arreglar primero?-
pensaba echarle una sábana encima: tuve miedo
de la sábana blanca a la luz de la luna. Aquí se sentaron
hombres que soñaban grandes sueños, como tú y como yo,
y que ahora descansan bajo tierra sin que la lluvia ni la luna les afecte.
Deja que vaya contigo.

Yannis Ritsos
en Sonata de claro de luna.
Acantilado.
Traducción de Selma Ancira.


viernes, 26 de octubre de 2012

Fragmento de La casa muerta



Ah, no vi nada ni recuerdo nada; sólo
esa exquisita sensación,
tan sutil, que nos concedía la muerte: ver la muerte
hasta el fondo de su transparencia. Y la música seguía
como cuando alguna vez al alba despertamos temprano sin razón ninguna
y a fuera la atmósfera es exageradamente densa por los trinos
de miles de pájaros invisibles -tan densa y tan difusa
que no cabe nada más en el mundo -amargura, esperanza, remordimiento, memoria-
y el tiempo es indiferente y ajeno
como un desconocido que pasa tranquilo por la calle de enfrente
sin siquiera mirar, sin contemplar nuestra casa,
sosteniendo bajo la axila un montón de vidrios opacos y sucios todavía
y no sabes para qué los quiere ni a dónde los lleva,
qué sentido tienen y a qué ventanas están destinados
y desde luego no se lo preguntas, ni siquiera lo ves perderse
callado y discreto en la última vuelta del camino.


Yannis Ritsos
en La casa muerta.
Acantilado.
Traducción de Selma Ancira.

domingo, 1 de abril de 2007

Pido a los dioses...



Pido a los dioses que mis penas cesen,
esta guardia, que dura ya hace un año,
durante el cual, echado como un perro,
en la azotea del palacio Atrida,
aprendí a conocer la multivaria
multitud de los astros que en el cielo,
príncipes luminosos, resplandecen,
y las estrellas, que a los hombres traen
inviernos y veranos, ortos y ocasos.

(Breve pausa)

Y ahora aguardo el signo de la antorcha,
la llama esplendorosa que de Troya
ha de traernos nuevas y el anuncio
de que al final ha sido conquistada,
pues así lo ha mandado de una esposa
el varonil e impaciente pecho.
Cada vez que me tumbo en mi camastro
perdido en la tiniebla y empapado,
y nunca visitado por los sueños
-que en vez del sueño, el terror se me acerca
y el párpado cerrar no me permite
en tranquilo reposo-, cuando quiero
cantar o bien silbar una tonada
buscando contra el sueño algún antídoto,
echo a llorar, lamento el infortunio
de una casa ya no tan bien llevada
como antaño. Mas ¡ojalá que ahora,
a través de la noche, apareciera
la llama que traerá buenas noticias,
y llegara el final de mis desdichas!

(Breve pausa. A lo lejos, de pronto, brilla una luz.)

Oh, bienvenida, antorcha que, en las sombras,
presagias ya la luz de la alborada
y en Argos el comienzo de festejos
para conmemorar esta ventura.
¡Oé, oé!
Con voz muy clara envío la consigna
a la esposa del rey, para que, presta,
se levante del lecho, y en palacio
haga entonar un canto de triunfo
en honor de esa antorcha, si es muy cierto
que la ciudad de Troya está tomada.
Y yo mismo el preludio de la danza
habré de interpretar; que esta jugada
de mis amos la apunto yo en mi haber:
¡un triple seis me vale esta fogata!

(Baila durante unos instantes)

Y que el día en que llegue a este palacio
mi señor rey, me sea concedido
sus manos estrechar entre las mías.
El resto, me lo callo: que en mi lengua
pesa un enorme buey. La casa misma
si hablar pudiera todo lo explicara.
Yo escojo, por mi parte, a quienes saben
y entienden, dirigirme. Para aquellos
que ignoran todo, todo lo he olvidado.


En Agamenón de Esquilo. Editorial Cátedra.
Traducción de José Alcina Clota