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miércoles, 25 de noviembre de 2020

Constantino Molina: Basilea

 Yo estuve con mi padre en Basilea.


Allí donde un filósofo 

majara y vitalista 

sembró la inquisición de su cordura, 

sembró también mi padre 

petunias y caléndulas.


Allí fundó las tierras de su tierra, 

y en la distancia fue ganando el campo 

que, ya de vuelta, aró en su día a día.


Han pasado los años 

y entre la piedra gris de esa ciudad 

ya no están ni las flores ni el filosofo.

Solo queda la azada de mi padre 

hincándose en sus parques, en el barro 

de la Europa Central más avanzada.

Haciendo con su gesto 

un hueco en la memoria del exilio.


Porque el frío tiene genealogía 

conozco su amenaza.


Porque la nieve existe 

los rosales la vieron 

caer junto a mi padre en Basilea.



Constantino Molina

en Cingla.

Visor.

lunes, 2 de enero de 2017

Constantino Molina: Piedra negra

Habéis pactado versos con la luz.
Os iluminan lámparas
de tan manido brillo
como la plata antigua que, bruñida
en las generaciones,
hace de su desgaste su belleza.

Y he aquí esta piedra.
La sola piedra negra.
La que oscura y latente en su contorno,
alejado de un ámbito de luz
que la transforme,
es solo piedra exacta.

Recógela,
canta con ella y guárdala en tu mano.
Que intacto permanezca
el oscuro fulgor de su materia.



Constantino Molina
En Silbando un eco extraño.
Hiperión.

viernes, 13 de febrero de 2015

Constantino Molina Monteagudo: El corazón del mármol

El rapto de Proserpina, G. Bernini






















ESTE trozo de mármol que ahora observo
descansaba en el sueño soterrado
de unas colinas próximas a Roma.

Ya entonces, muchos siglos
antes de que naciera su escultor,
en la entraña del monte,
Plutón y Proserpina se enzarzaban
en su lucha insistente.

Las manos de su autor
no eran de hueso y carne todavía,
y el corazón del mármol ya tomaba
la forma de los cuerpos.
Ya los dedos se hincaban en el muslo
y ondulaba el cabello en movimiento.

Fue al pasar cientos de años
cuando alguien acabó por escuchar
el corazón del mármol:
allí donde la piedra se hace carne
y, al contrario, la carne se hace piedra.

Y fue entonces así
que un pequeño cincel siguió el dictado
latente de la roca,
que vieron luz los miembros y los gestos
ya para siempre eternos de aquel mito
y que el pulso dinámico del tiempo,
mientras todo seguía siendo bello y cruel,
se llevaba de nuevo las manos de Bernini
hacia el polvo infinito de la nada.



















Constantito Molina Monteagudo
en Las ramas del azar.
Rialp. Premio Adonáis 2014.