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domingo, 3 de mayo de 2009

Manuel Moyano: Plenilunio


A veces alguno de nosotros se transforma bajo el influjo de la luna llena: pierde todo su vello, las patas traseras se le alargan, su hocico se acorta y empieza a caminar erguido. Esa misma noche lo expulsamos para siempre de la manada y él se encamina hacia la aldea de los hombres, con el vano propósito de ser acogido entre ellos; pero allí le impiden el paso porque sus modales les parecen toscos, hiede a monte y ni siquiera sabe hablar. Repudiado por todos, el desdichado vaga durante días por los campos y termina quitándose la vida.

Manuel Moyano,
en El imperio de Chu.
Tres fronteras.

Acabo de leer también El experimento Wolberg de Moyano en la editorial menoscuarto. Si os gustó El amigo de Kafka este también despertará vuestro placer de lectores.

martes, 19 de febrero de 2008

De la memoria de la especie

17 DE SEPTIEMBRE DE 1986

GRAN BAZAR de Estambul. De noche. Un asaltante ciego ha tejido una red con cuatro o cinco cuerdas blancas y la ha atravesado en mitad de una calle estrecha, para así poder atrapar a sus víctimas. Yo he caído en ella. Me deshago de la red, pero el ciego me sigue todo el tiempo, cogido al faldón de mi anorac. Pronto aparecemos subiendo una rampa. Debajo está el mar. P. y M., y una mujer que en el sueño representa a la madre de ambas, suben también por la rampa, pero al otro lado de una cerca que me separa de ellas. No, hacen nada por ayudarme cuando el ciego me coge por detrás y trata de clavarme un compás en el ojo. A pesar de que el compás no tenía punta, me despierto aterrorizado.



1 DE MAYO DE 1987

MARCHAMOS de noche por un bosque, junto a un inspector de policía y a un experto -ignoro cuál es su especialidad- que encabeza la comitiva. Se han dado varios casos de estrangulamiento en la zona. Divisamos una tienda de campaña iluminada y vemos, al trasluz, al asesino que buscábamos: está ahogando a una nueva víctima. Alguien dispara y lo hiere en las manos; luego, sigue disparando hasta matarlo. De pronto, aparecemos en unos urinarios. F. G. (un compañero de facultad) se halla junto al estrangulador, a quien acaba de resucitar mediante unas píldoras de color amarillo. Descubro que el inspector que nos acompaña toma también esas píldoras, y empiezo a sospechar que es un muerto viviente. E G., el estrangulador y-el propio inspector empiezan a perseguirnos a través del bosque y, más tarde, por las calles de una ciudad deshabitada. Al llegar a una discoteca, nos escondemos dentro del lavabo. Cuando veo que el pomo de la puerta empieza a girar, descubro por fin que estoy soñando.



Manuel Moyano

en La memoria de la especie.

Xordica editorial.