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miércoles, 17 de enero de 2024

Diego Sánchez Aguilar: Nuestras vidas son los ríos

 Si fuera yo Manrique,

podría con tu muerte hacer un monumento,

una magnífica catedral de piedra

plantada sobre el tiempo de los hombres

para que fuera eterna tu memoria.


Si fuera yo Manrique, aprendería

de tu muerte las grandes lecciones de la vida;

y no me quedaría aquí callado,

viendo contigo el último partido

que perdió otra vez, el Cartagena.


Si yo tuviera el genio de Manrique

y el don de la poesía

diría que tu vida es un río

que ya está llegando al mar.


Nuestra mar azul del Mediterráneo,

donde un día tus manos elevaron

el cuerpo de aquel niño que no sabía nadar,

y unca el sol brilló más alto sobre el cielo.




Diego Sánchez Aguilar

en El nudo.

Eolas ediciones.

martes, 21 de julio de 2020

Diego Sánchez Aguilar Primera reflexión sobre la nieve

El cielo ya no es nada.
Y de la nada emergen las cenizas, 
blancas y lentas, exiliadas del tiempo.

No nos pertenece el milagro, ni e lejano incendio.
Pero, por un instante, nos cubre la alegría 
aunque solo acertemos a decir:
Mira, está nevando.

Esta felicidad en silencio, 
esta nostalgia de lo que no hemos conocido 
y sin embargo aparece ante nosotros, 
de la nada, sobre el asfalto.

Hasta que los coches la convierten en barro 
y todo vuelve a su sitio 
como un reloj que vuelve a funcionar de repente, 
un apagón que se arregla demasiado pronto.

Cuando todo esto arda, 
cuando tú y yo ardamos de frío, 
sobre qué otros campos caerán estas cenizas del invierno.
En qué otros mundos mirarán  al cielo vacío 
y verán aparecer de repente los copos ingrávidos, 
como un don que no han perdido.



Diego Sánchez Aguilar
en La cadena del frío.
La estética de fracaso.

lunes, 22 de mayo de 2017

Diego Sánchez Aguilar: Y un día el demonio...

Y un día el demonio se apareció al monstruo en el centro del bosque
 y el demonio tomó la forma de una niña.
Y usó el demonio la voz de la inocencia,
y el disfraz de un vestido blanco de inocencia.
Y el demonio tomó al monstruo de la mano,
y lo llevó al borde un lago.
y allí le enseñó la belleza blanca de las flores,
y quiso enseñarle el nombre único de las cosas.
Y señalaba una flor, y le decía:
esto es una flor, y también esto es una flor,
y todas las flores son una sola flor.
Y lanzó la flor al agua y le dijo:
así como flota esta blanca flor sobre la superficie del lago,
así los nombres flotan sobre el negro abismo de las cosas.
Y lo miró tiernamente a los ojos, y le dijo:
así como las flores elevan su belleza sobre el negro lago,
así el alma inmortal flota sobre la negra muerte.
Y hubo dudas en el monstruo,
que miró a la niña
y miró el lago,
y vio las flores brillando blancas sobre la muerte negra
como en el insondable fondo del ciclo brillan las estrellas.
Y fue tentado el monstruo por la pureza y la blancura.
Pero el monstruo miró sus cicatrices,
y escuchó luego el tiempo del latido,
igual al de las breves olas sobre el lago.
Y levantó el cuerpo de la niña como la niña antes levantó las flores,
y la tiró al lago para ver cómo su alma inmortal flotaba sobre la negra muerte.
Y desapareció la niña bajo el rostro del lago
como desaparecen las palabras bajo el manto de la noche.
Y las flores que se alejaban flotando por el lago

tenían el color de un recuerdo que se olvida.


Diego Sánchez Aguilar
en Las célebres órdenes de la noche
Ediciones La Palmar.

lunes, 4 de junio de 2012

Verticalidad

 57 (Décima poesía vertical)

Los nombres no designan a las cosas:
las envuelven, las sofocan.

Pero las cosas rompen
sus envolturas de palabras
y vuelven a estar ahí, desnudas,
esperando algo más que los nombres.

Sólo puede decirlas
su propia voz de cosa,
la voz que ni ellas ni nosotros sabemos,
en esta neutralidad que apenas habla,
este mutismo enorme donde rompen las olas.


Roberto Juarroz
En Poesía vertical.
Cátedra.
Edición de Diego Sánchez Aguilar.

lunes, 7 de julio de 2008

Diego Sánchez Aguilar: C.S.I

“La naturaleza del número es la de suministrar conocimiento, guiar y enseñar a cualquiera lo que es dudoso o desconocido. Pues ninguna de las cosas sería clara para ninguno, ni en sí mismas ni en sus relaciones con otras cosas, si el número no existiera y no fuera su esencia. Pero el número armoniza todas las cosas con la percepción sensible dentro del alma, haciéndolas así reconocibles y correspondientes entre sí al dotarlas de corporeidad y dividir las relaciones de las cosas en dos grupos, según sean limitadas o ilimitadas”


Filolao

Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo.

Poe



Exterior noche.

La escena del crimen es el desierto cruzado por una solitaria carretera.

Plano detalle de la piel de una serpiente y su geometría cromática.

Sobre una manto azul de arena helada por la noche,

el cadáver de una hermosa joven desnuda.

La policía científica analiza el desierto.

Lo divide en cuadrantes trazados de punto a punto,

police line do not cross,

al fondo en Las Vegas la gente apuesta al número impar,

lanzan sus dados y rezan al azar abolido, las cifras giran como todo.

Sobre la mesa de disección la hermosa joven desnuda yace abierta en canal.

Nunca es más hermosa la belleza que cuando muere, metáfora del cisne.

La melancolía es extraída con pinzas frías como el acero con que están hechas.

La arena es pesada y analizada. Sus componentes son cuarzo granito y nada

en una proporción de 30 sobre 100. La realidad se divide en 100 partes.

A veces hiperbólicamente en 110. Pero eso ya es literatura, no es.

El asesino escribió su nombre sin saberlo.

El asesino siempre habla aunque no quiera. El lenguaje de los números

y de la sangre es anterior y posterior a él, no lo necesitan.

El asesino es la víctima de sus huellas.

Nadie fue testigo.

La sala de interrogatorios está vacía.

Las preguntas esperan, las mismas de siempre.

La hora de la muerte se estableció entre las diez

y las doce de la noche, según la rigidez de la belleza.

La causa de la muerte no está clara.

Es oscura. Es la noche. No se descarta el suicidio.

La policía científica sigue buscando en el desierto como en un libro

y calculan cuántas páginas les quedan: el asesino estará al final,

en la última página

cuyo número divide lo limitado de lo ilimitado.



Diego Sánchez Aguilar

en Diario de las bestias blancas.

Aula de Poesía de la Universidad de Murcia. 2008.

(Premio Dionisia García, 2007)