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domingo, 25 de febrero de 2007

El lugar de la casa

Una casa que fuese un arenal
desierto; que ni casa fuese;
solo un lugar
donde la lumbre fuese encendida, y en torno
a ella se sentó la alegría; y calentó
sus manos; y partió porque tenía
un destino; algo sencillo
y poco, pero destino:
crecer como árbol, resistir
al viento, al rigor de la invernada,
y una mañana sentir los pasos
de abril
o, ¿quién sabe?, la floración
de las ramas, que parecían
secas, y de nuevo se estremecen
con el repentino canto de la alondra.


Eugenio de Andrade.
del libro La sal de la lengua
en Materia solar y otros libros,
Galaxia Guttenberg.
traducción de Ángel Campos Pámpano.