Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Argullol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Argullol. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de octubre de 2017

Rafael Argullol: 20-IV-2013

La gaviota chocó violentamente contra mi ventana
y, tras ensangrentar los cristales
con pinceladas de un rojo casi morado,
se precipitó, herida de muerte,
hasta la terraza ajardinada
que una vecina anciana cuida con tenacidad.
Yo la vi expirar
entre geranios y buganvillas,
las alas desplegadas,
como dirigidas al mar perdido,
y en cada uno de sus estertores
me pareció que escapaban
auras fosforescentes.
Enseguida empezó a llover con fuerza.
Una hora. Torrencialmente.
Cuando me asomé de nuevo
la gaviota había desaparecido.
Pero su sangre continuaba dibujada en mis cristales
como las encrespadas olas de una pintura japonesa.


Rafael Argullol
en Poema.
Acantilado.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Lo innombrable

Nunca lo otro, ese monstruo, había sido tan gigantesco como en nuestro presente porque nunca, antes, había sido tan fríamente indiferente a nuestras desamparadas jaulas domesticadoras. Tan fríamente indiferente que apenas nos atrevemos a nombrarlo con aquellos nombres solemnes que perseguían convertirlo en interlocutor: Necesidad, Dios, Armonía... Los nombres que otorgaban una seguridad de que lo otro, a pesar de su carácter sinuoso e impenetrable, reposaba en un fondo de orden. Ahora, sin embargo, arrinconados los viejos nombres en el desván del pensamiento, lo otro se ha hecho casi innombrable. Asimismo, por tanto, casi impensable.

Hay una idea de con-fin del mundo que es más fuerte y lacerante que todas las representaciones posibles del fin del mundo. Más que el hundimiento de Zeus o que el Gran Día de la Ira, más que el juicio Final o el Crepúsculo de los Dioses, más, incluso, que esa otra, tan fuerte y lacerante, que implica que el hombre haya creado las condiciones para su entera destrucción. Y esa idea es, precisamente, la imposibilidad de establecer un con-fin del mundo, la imposibilidad de pensarlo, la imposibilidad de nombrarlo.

Para esa idea, en apariencia, no hay mito posible porque no hay imagen posible. Pero el hombre, por encima de todo, es un constructor de mitos y de imágenes.



Rafael Argullol

en El fin del mundo como obra de arte,

El acantilado.