martes, 20 de marzo de 2012

He turned the water into wine

Un mediodía del mes de agosto del año 2002, los escritores más o menos españoles José María Pérez Álvarez y Manuel Vilas pasean por el casco viejo de Santiago de Compostela. Entran en bares y beben Viña Costeira. Vilas se queda absorto mirando a las cigalas y a los percebes y a las langostas y a los centollos y a las nécoras que exhiben en los escaparates de las marisquerías compostelanas. Vilas saluda a las langostas. Pérez Álvarez se queda perplejo ante la actitud de Vilas. Es la primera vez que se encuentran, y no entiende muy bien Pérez Álvarez la fascinación de Vilas ante esos bichos y menos que les hable como si fuesen vacas o caballos o perros o gatos o periquitos. Sin embargo, hay algo en la fascinación de Vilas ante las cigalas y las langostas que le recuerda a su infancia, a la propia infancia de Pérez Álvarez. De repente, Pérez Álvarez es feliz mirando a su nuevo amigo. Piensa que su nuevo amigo esta bastante pirado, y eso le reconforta. Piensa que su nuevo amigo ha debido de salir, casi seguro, de un Seminario, o de una célula de un nuevo partido comunista reunificado. También piensa Pérez Álvarez que es casi seguro que todos los nuevos amigos que le quedan por conocer van a ser así, como Vilas, y eso le inquieta, porque ve en ello un designio. Su nuevo amigo no se entera de nada porque solo tiene ojos para el marisco. ¡Qué maravilla!, grita Vilas. Comamos esos bichos, dice Vilas. No dejemos ni uno. Comámoslo todo. Entran Pérez Álvarez y Vilas en una marisquería compostelana y se piden un arroz con bogavante y vino blanco de Orense. Llevan herramientas en las manos para luchar contra las patas del Bogavante. Vilas come como un revolucionario del siglo xx y sigue hablando con los bichos que se come. A Pérez Álvarez le hace infinitamente feliz ver a un hombre disfrutar así de la comida y mantener largas conversaciones con bichos fantasmagóricos. Y otra vez vuelve Pérez Álvarez a recordar su infancia. Ebrios y felices, hablan del mundo y de la muerte. Hablan del regreso del comunismo, de la Utopia que se cierne sobre el mundo, del mundo convertido en una sola nación, una nación convertida en una botella infinita de Viña Costeira. Están conspirando contra el orden. La literatura que escriben es una conspiración neo-comunista, prosoviética, promusulmana y prehispánica. Hablan de William Faulkner y de Gaspar Melchor de Jovellanos, que también eran neocomunistas. Saben que son dos desesperados , pero saben también que la desesperación es una de las caras del Bien Absoluto, de la Revolución Incesante, quizá la cara mas hispano-soviética. Ahora saben que son amigos. Son dos comunistas de ellos mismos. Son dos grandes comunistas de la literatura española. Su comunismo les matara. A Vilas le cuesta darse cuenta de eso, porque sigue pensando en comer algo más, tal vez una tarta de Santiago. Luego toman licor de café en abundancia.

Dos días después, Pérez Álvarez y Vilas alquilan dos motos y se van desde Santiago de Compostela a las playas de Carnota. Se han comprado también dos camisetas, en donde se lee este lema "I Love Jackson". Aparcan sus motos de alquiler con cuidado, al lado de una iglesia en donde se esta celebrando una boda. E1 novio es negro. La novia es gallega. Vilas y Pérez Álvarez saludan a los novios. Les gustaría repartirles una octavilla en donde se explicase con detenimiento el regreso del Eurocomunismo. Vemos ahora a Pérez Álvarez y a Vilas caminar por la inmensa playa de Carnota. Hace mucho viento. E1 viento es glorioso.

E1 cielo se oscurece. No parece agosto. Parece febrero, parece el fin del mundo. Las olas se agigantan. Empieza a llover. Es el fin del mundo. Tal vez todo este espectáculo de la naturaleza este anunciando el regreso del eurocomunismo, o el regreso de Lenin, o el de Cristo. Mejor el de Cristo, dice Pérez Álvarez, por lo del milagro del vino, añade. Como José María Pérez Álvarez es mas bien menudo, una monstruosa ráfaga de viento lo levanta del suelo y quiere llevárselo hacia las olas salvajes e inhumanas del mar de Carnota, pero entonces Vilas, dando un salto hacia arriba, como si fuese una cabra montesa saltando penas arriba, coge la mano de su amigo con mucha fuerza—cuando ya su amigo estaba a casi dos metros de altura sobre el suelo, a punto de ser un pájaro en mitad de la tormenta del capitalismo universal—y le dice: <>, y hace descender a su amigo de la negrura del aire de arriba y deposita el cuerpo de José María otra vez sobre la arena blanca de la playa de Carnota. Luego Vilas y Pérez Álvarez cenan sardinas asadas en un chiringuito lejos de la playa, pero al lado de un hórreo. Vilas se come las sardinas con las espinas. Entiende que comerse las espinas es un acto político. Pérez Álvarez se queda mirando como su amigo devora peces con espinas e intenta ver la soflama revolucionaria o tal vez literaria que ese acto encierra. A Jose María Pérez Álvarez le gustaría repetir el milagro de la multiplicación de los peces, más que nada para que su amigo saciara su hambre milenaria de una vez por todas. Qué te parece si volvemos otra vez a la playa y andamos un rato sobre las aguas, como hizo Jesucristo, dice, finalmente, José María. 

Mejor con las motos, conduzcamos las motos sobre el agua, dice Vilas.


Manuel Vilas
en España.
DVD Ediciones.

martes, 14 de febrero de 2012

Está en tus manos ser patrocinador de nuestro proyecto


(De nuestras manos a las tuyas en tres preguntas)


¿QUÉ?

Dame tus manos no es necesariamente un libro, pero se concreta en un libro. Se trata de un recorrido emocional por la geografía del cuerpo, en particular por el lenguaje gestual de las manos. Es un libro de fotografías de César Cerón y poemas de Antonio Aguilar. Aquí puedes ver una muestra:




Libro: aproximadamente 64 páginas 20x20 cm. 22 fotos y 22 textos. Prólogos de María Manzanera y Antonio Sánchez-Carrasco.

¿CÓMO?

En la filosofía del proyecto subyace la idea de un trabajo compartido, por eso optamos por la fórmula del micromecenazgo y hemos pensado que Verkami es el lugar idóneo para financiarlo. Puedes colaborar con el proyecto a través de la página del proyecto (http://www.verkami.com/projects/1325-dame-tus-manos)

Hay aportaciones desde 5€ hasta 250 € y cada una de ellas tiene su recompensa. Desde 20 € obtienes el libro. Además puede haber copias fine-art de fotos autografiadas, incluso una cena en Murcia con los autores, que son dos tipos majos. Y, eso sí, siempre nuestro agradecimiento además de aparecer en los créditos del libro.

Pero si quieres colaborar con la compra anticipada del libro y te parece algo farragoso lo del pago en internet también puedes hacerlo poniéndote en contacto con nosotros directamente.

lanuevaresistencia@gmail.com (Antonio Aguilar)

¿CUÁNDO?

Tenemos cuarenta días en Verkami para recaudar el dinero. A eso habrá que sumar el tiempo de la impresión y tendrás el libro en tus manos. Recién hecho.

sábado, 28 de enero de 2012

Louis Glück y las estrellas

Otro tiempo. Foto de María Manzanera.

Death cannot harm me
More than you have harmed me,
My beloved life.


PRISMA

9
Una noche de verano. Fuera,
Ruido de tormenta de verano. Después se abría el cielo.
Las estrellas de verano en la ventana.

Estoy en la cama. Ese hombre y yo
Estamos suspendidos en la extraña paz
Que suele provocar el sexo. Casi siempre.
¿Anhelo, qué es? ¿Deseo, qué es?

Las estrellas del verano en la ventana.
Yo una vez supe sus nombres.

11.

Son fabulosas las estrellas.

Cuando era niña sufría de insomnio.
En las noches de verano, mis padres me dejaban sentarme junto al lago;
Me llevaba al perro para que me hiciese compañía.

¿Dije “sufría”? Ese era el modo en que mis padres explicaban
Gustos a su juicio
Inexplicables: mejor “sufría” que “prefería vivir con el perro”.

Oscuridad. Un silencio que anulaba la condición mortal.
Las barcas amarradas bajaban y subían.
Con la luna llena, podía leer los nombres
De chica pintados en las barcas:
Ruth, Ann, Dulce Izzy, Peggy Amor Mío…

No iban a ninguna parte, aquellas chicas.
No había nada que aprender de ellas.

Extendía mi chaqueta en la arena húmeda,
El perro se acurrucaba junto a mí.
Mis padres no podían ver la vida en mi cabeza.
Cuando escribía, me corregían la ortografía.

Los sonidos del lago. Los tranquilizadores, inhumanos
Sonidos del agua lamiendo el muelle, el perro rastreando por ahí
Entre la hierba.

Louis Glück
En Averno.
Pre-textos
Traducción de Abraham Gragera y Ruth Miguel Franco

martes, 24 de enero de 2012

Dos escenas platerescas mínimamente conectadas



Fotograma de The pillow book de Peter Greenaway.


Querías llenar los muros de toda la ciudad.
Ser escritor no es eso, te dijo alguien (ahora).
Cuando ella apareció viste el cielo abierto
tu corazón abierto, los brazos abiertos
todas las veces que (mínimamente)
creíste conectar con algún dios.
No viste el serrín que arrastraban mis botas.
Entre mis papeles nunca encontraste palabras como:
Al dolor no le busco sustituto que sepa a miel
ni a dulce sacudida de balcón sobre una alfombra.

-El fututo es una abeja empotrada en el viento.
No.
El futuro es una cas vacía, moradores sin rostro
acudirán a su puerta con obsequios idénticos
habitantes de humo y sueños malogrados.
El futuro a la deriva todas las veces roto
por un beso de alquitrán entregado a la muerte
cada vez con la misma fuerza, nadie es capaz de detenerlo.
El futuro afilado y brillante, paciente y frío
abismo de asfalto duro y seco que no se deja sobornar.
El futuro tiene voz de bosque
está lleno de mensajes que obedecen al silencio
no discute con el azar su precisión, su demora, débil armonía.
El futuro entorpece la búsqueda
el recorrido marcado se desvanece al amanecer
como en un salto al vacío.
El futuro no es posible sin profetas
les comió la lengua el gato
ni su silencio será suficiente
cuando llegue la edad de la renuncia.

Renuncio: 6,6% vol. Multiplicado por tres es demasiado
para mis 49 kilos y mis 4,5 litros de sangre, dije.
Te parezco bonita (insistí)
porque bebo cerveza directamente de la botella
mientras con la otra mano sostengo un libro.
Porque hago que fumo
apoyada en la ventana de espaldas a ti.
Porque me muevo como un gato
cuado me miras, cuando no me miras.
Aire y luz y espacio, pedía Henry Miller.
Yo me conformo con un café con leche.
-Buenos días, amor. Mira lo que he visto.
Volver a casa en dos tramos.
No te pares, dijo, porque moverse sostiene.
Un semáforo mal coordinado
acababa conmigo en la Glorieta de Carlos V.
Tú intentabas distraerme con frases poco elaboradas.
Tenemos poca experiencia en milagros,
tenías que haberme dicho.
Pero no te lo explico más. Pregúntale a las piedras por mí.
Pregúntale al grito de Tarzán, a las sirenas de los cargadores.
Porque volver era encender todas las luces e la casa
y no verte.

Todo empezó el 12 de diciembre
por haberme saltado dos paradas.
Llegué a casa con un dedo pegado al timbre y otro
entre las páginas de un libro de Susan Sontag.
Quizá te sentó mal que perdiera las llaves.
Dejar de quererme por eso
me pareció tan desproporcionado que me eché a reír.
Quizá fue mi risa de niña asustada.
El libro sigue sobre la mesa
haciéndose las mismas preguntas que yo (ahora).
Esa noche te llamé dos veces.
Las dos para decir que estaba bien. Me creíste.
Caíamos sin saberlo en un balde de leche cortada.
Caer no era melancolía de hojas ni alud
(de septiembre) en las tripas. Caer: nada al otro lado.

Billy Bragg canta a Woody Guthrie.
Cerveza fría de lata en pleno invierno.
En diez minutos tendré que echarme una manta
o quemar los muebles. Después dirás que no te quise.

Si ésta fuera mi casa dejaría de escribir sobre ti.
Tú no dejarías de fumar
pero cada lunes lo intentarías con la misma sinceridad
que (ahora) el licor hace que pienses que sí
que era posible, que no nos dimos cuenta
antes y después de besarme.
-El café sin azúcar, amor.
Qué lejos el mar, dirás sin ganas.
Qué desmesurado el peso de los domingos sin estufa.
Qué fácil todo aun sin haber bebido.
Parecía irremediable volar (clase turística) hacia Estocolmo.

Se supone que miento. Camuflaje (engranaje) las tardes
que no recuerdo haberte visto fumando en la cocina.
Tú no entiendes que haya momentos
en los que no me importe que sea lluvia
y orines calientes lo que corra por mi cara.
El frío acudía puntual al laberinto de mi oído
cada vez que cerraba los ojos.
No soñaba volver:
Soñaba no usar jerseys de cachemir en agosto
no usar calcetines de pura lana virgen en agosto.
Sandalias para el verano
tirantes y collares de semillas para el verano, amor
huesos de chirimoya taladrados
(mi corazón) sobre un plato.
El anillo que me pusiste la primera noche nunca apareció.
Las hormigas son urracas, dije.
Escribe sobre el verano, amor.
Moscas en mi cabeza, amor, no pájaros.
Moscas y abejas. Sin miedo, amor.
Dibújame, amor (repito), sin miedo (repito)
De un solo trazo. Tinta china mis labios (antes y después).
Escribe tus iniciales en mi espalda con un pincel
como en aquella película de Greenaway
que nunca llegué (ahora) a entender.
Quiero ser tu escena plateresca favorita
aunque tampoco entienda lo que significa.
Quiero ser china. Quiero ser tinta.
Ya lo dijo Ingres: El dibujo es la probidad del arte.
Para cuando me quise acordar de la frase ya te habías marchado
con mi dinero (con las hormigas) y con mi anillo.
Qué me importa ahora que no estás
1ue los insectos sean los besos del sol.
Scriabin estaba tan convencido de ello que decía
1ue su Sonata nº 10 era una sonata de insectos.
Scriabin tampoco pensó en el futuro:
No sabía que moriría con 43 años
por una picadura de mosca carbonosa.

Isabel Bono
en Pan comido.
Bartleby editores.

lunes, 16 de enero de 2012

Una cita con la muerte


Desde el Somme


En otro tiempo cantaba sobre cosas sencillas,
Sobre el amanecer el verano, y el atardecer del verano y su noche,
la hierba con rocío, y anillos de hadas mojadas por el rocío,
el largo vuelo dorado de la alondra.

En lo profundo del bosque tocaba mi melodía
mientras las ardillas hacían crujir sus avellanas en lo alto,
o cruzaba la arena mojada hasta el mar
y cantaba al mar y al cielo.

Cuando llega el silencio, plateado del la noche
miraba por las ventanas hacia los perfumados céspedes,
cantaba suavemente sobre el amor y sus delicias
para acallar a faunos de mármol.

A menudo cantaba en una taberna
sobre el amanecer en la vid de la montaña,
y, reclamando un coro, barría las cuerdas
en alabanza del buen vino tinto.

Jugaba con todos los juguetes que los bienes proporcionan,
cantaba mis canciones y lo hacía todo festivo.
Ahora he echado a un lado mis juguetes rotos
y he tirado mi laúd.

Antaño un cantante, ahora me veo obligado a llorar.
Dentro de mi alma siento crecer una múscia extraña,
basto canto de una tragedia demasiado profunda
-demasiado profunda-
para ser pronunciada por mis pobres labios.

Leslie Coulson
En Tengo una cita con la muerte. (Poetas muertos en la gran guerra).
Linteo poesía.
Selección, traducción y prólogo de Borja Aguiló y Ben Clark.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Feliz navidad

foto de Celia Perrin Sidarous
Tomada del blog fantomatik

miércoles, 7 de diciembre de 2011

George Moore: Retrato singular


Creo que tenía miedo de que me cogiera y me besara. Como toda mi historia gira en torno a él, quizá debería describirlo de forma más completa, y para hacerlo te diré que era un tipo alto y flaco con anchas y sobresalientes caderas, y un cuello alargado y fino. Su cuello me asustaba tanto como el resto de su cuerpo, a no ser que fuera su nariz, que era muy grandota, o que sus ojos melancólicos, que eran azul claro y muy pequeños, y que tenía hundidos muy dentro en la cabeza. Era mayor, pero no puedo decir cuánto, porque a los niños todo el mundo les parece mayor excepto los niños. Era el ser más feo que el que hubiera podido ver nunca en un libro de hadas, y yo suplicaba que no me dejasen solo en la sala de estar; y estoy seguro de que a menudo le pedía a mi padre y a mi madre que escogieran otras habitaciones, lo que nunca hacían, porque a ellos les caía bien Albert Nobbs.

George Moore
en La vida singular de Albert Nobbs.
Funambulista.
Traducción de Gonzalo Gómez Montoro.