Hablar en la cama debería ser tan fácil
después de tanto tiempo durmiendo juntos,
emblema de dos personas viviendo con honestidad.
Pero cada vez pasamos más tiempo en silencio.
Fuera, la incompleta desazón del viento
reúne y dispersa nubes por el cielo,
y oscuras poblaciones se apiñan en el horizonte.
A todo eso le somos indiferentes. Nada explica por qué,
a esta singular distancia de la soledad,
cada vez es más difícil encontrar
palabras que sean sinceras y agradables,
o no insinceras y desagradables.
Philip Larkin
en Las bodas de Pentecostés.
Lumen.
Traducción de Damián Alou.
martes, 3 de julio de 2007
lunes, 18 de junio de 2007
Dos poemas de Tess Gallagher
ANILLO
No el que lleva en esta detenida extensión
de tierra, sino el que vimos juntos
en aquella tiendecita de Oregón: ágata musgosa,
de un verde tan subido que negreaba en el aro de plata. Difícil
de encontrar después, extraído de su mano
y vigilante. Pensando que sorprendería a su poder
con la traición, se lo regalé a un amigo nuestro que nunca llevaba
anillos y necesitaba su suerte. Pero pronto supe,
no me preguntes cómo, que el anillo
yacía, junto a baratijas diversas, en un cajón. Le pedí
que me lo devolviera y, durante algún tiempo, lo llevé al cuello, colgado
de una cadena. Pero resultaba extraño,
como un amuleto escolar: un recuerdo de amor para el que ya estaba
mayor, y que había cambiado por el oro rosa
de las alianzas matrimoniales. ¿Dónde está ahora?
En algún abyecto lugar seguro.
Pero ¿dónde? Apartado. Pongo la casa patas arriba
buscándolo. Pero no lo encuentro. Es peor
que una maldición. Como la felicidad que malgastamos en fuentes
con deseos equivocados. O la burla
azarosa de. la memoria, su embotada firma, tan casual
que me aplasta viva, y me creo lo que nunca me creo
de las verdaderas apariciones: que utiliza
mi deseo para venir a mí;
que mis sentidos están habitados, como el tronco
en cuyo interior se embute el oso
para hibernar; que la presencia en curso de los muertos
es volátil y sacramental. El viento al que
está unido ese muchacho, que corre con una cometa por
entre las tumbas, mirando a lo alto, pero manteniendo el equilibrio,
como si introdujera el cielo en la tierra con
fría temeridad. Así que mi amor, muerto pero viviente,
asoma en el flujo de la memoria, de lo que su memoria
recordaría, igual que él es recordado
en una calle de Dragón, muerto viviente de amor,
con la extrañeza de la plata fría
ciñéndole el dedo de la mano recién creada.
HABITACIÓN INFINITA
Habiendo perdido el futuro con él,
estoy dispuesta a amar a quienes
no me ofrezcan futuro ‑la forma
que tiene el corazón de extraviarse
en el tiempo‑. Él me lo dio todo, hasta
el último y jaspeado instante, pero no como o exceso,
sino como si un propósito oculto fuese
una fuente junto al camino
a la que pudiera acercar mis labios y saciarme
de recuerdos. Ahora el amor en una habitación
puede hacer que me pierda con suma facilidad,
como una niña que hubiese de volver deprisa a casa
ya de noche, y tuviera miedo de
encontrarla vacía. O sólo miedo.
Dime otra ve, que esto sólo va a durar
lo que dure. Quiero ser
frágil y verdadera, como quien prolonga
el momento con su muerte intacta,
con su corazón, demasiado sabio,
limpio de los desechos que llamamos esperanza.
Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente
y saber, con, la alborotada exactitud
de una ventana rota, lo que quería decir,
con todo el tiempo ido,
cuando decía "Te quiero"
Y ahora ofréceme de nuevo
lo que pensabas que no era nada.
Tess Gallagher
en El puente que cruza la luna
Bartleby Editores.
No el que lleva en esta detenida extensión
de tierra, sino el que vimos juntos
en aquella tiendecita de Oregón: ágata musgosa,
de un verde tan subido que negreaba en el aro de plata. Difícil
de encontrar después, extraído de su mano
y vigilante. Pensando que sorprendería a su poder
con la traición, se lo regalé a un amigo nuestro que nunca llevaba
anillos y necesitaba su suerte. Pero pronto supe,
no me preguntes cómo, que el anillo
yacía, junto a baratijas diversas, en un cajón. Le pedí
que me lo devolviera y, durante algún tiempo, lo llevé al cuello, colgado
de una cadena. Pero resultaba extraño,
como un amuleto escolar: un recuerdo de amor para el que ya estaba
mayor, y que había cambiado por el oro rosa
de las alianzas matrimoniales. ¿Dónde está ahora?
En algún abyecto lugar seguro.
Pero ¿dónde? Apartado. Pongo la casa patas arriba
buscándolo. Pero no lo encuentro. Es peor
que una maldición. Como la felicidad que malgastamos en fuentes
con deseos equivocados. O la burla
azarosa de. la memoria, su embotada firma, tan casual
que me aplasta viva, y me creo lo que nunca me creo
de las verdaderas apariciones: que utiliza
mi deseo para venir a mí;
que mis sentidos están habitados, como el tronco
en cuyo interior se embute el oso
para hibernar; que la presencia en curso de los muertos
es volátil y sacramental. El viento al que
está unido ese muchacho, que corre con una cometa por
entre las tumbas, mirando a lo alto, pero manteniendo el equilibrio,
como si introdujera el cielo en la tierra con
fría temeridad. Así que mi amor, muerto pero viviente,
asoma en el flujo de la memoria, de lo que su memoria
recordaría, igual que él es recordado
en una calle de Dragón, muerto viviente de amor,
con la extrañeza de la plata fría
ciñéndole el dedo de la mano recién creada.
HABITACIÓN INFINITA
Habiendo perdido el futuro con él,
estoy dispuesta a amar a quienes
no me ofrezcan futuro ‑la forma
que tiene el corazón de extraviarse
en el tiempo‑. Él me lo dio todo, hasta
el último y jaspeado instante, pero no como o exceso,
sino como si un propósito oculto fuese
una fuente junto al camino
a la que pudiera acercar mis labios y saciarme
de recuerdos. Ahora el amor en una habitación
puede hacer que me pierda con suma facilidad,
como una niña que hubiese de volver deprisa a casa
ya de noche, y tuviera miedo de
encontrarla vacía. O sólo miedo.
Dime otra ve, que esto sólo va a durar
lo que dure. Quiero ser
frágil y verdadera, como quien prolonga
el momento con su muerte intacta,
con su corazón, demasiado sabio,
limpio de los desechos que llamamos esperanza.
Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente
y saber, con, la alborotada exactitud
de una ventana rota, lo que quería decir,
con todo el tiempo ido,
cuando decía "Te quiero"
Y ahora ofréceme de nuevo
lo que pensabas que no era nada.
Tess Gallagher
en El puente que cruza la luna
Bartleby Editores.
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literatura norteamericana,
Tess Gallagher
sábado, 2 de junio de 2007
Edificio con la fachada bombardeada
Qué súbitamente lo íntimo
queda al descubierto en una ciudad bombardeada,
como el papel pintado con listas blancas y azules
de un dormitorio de un segundo piso está ahora
expuesto a la nieve que cae lenta
como si la habitación hubiera contestado a la explosión
vestida sólo con su pijama de rayas.
Algunos vecinos y unos soldados
tantean con un palo lo escombros
y se fijan en la escalera que cuelga,
el retrato de un abuelo,
una puerta que se balancea de la bisagra que queda.
Y al baño se le ve casi avergonzado
de sus paredes de ocre al descubierto,
el amasijo de las tuberías,
del lavabo hundido hasta las rodillas,
la cortina de la ducha rajada,
las estelas de burbujas destruidas de un pez de colores.
Es como una vista panorámica sobre una casa de muñecas
como si un niño arrodillado pudiera meter la mano
y coger el escritorio, enderezar un cuadro.
O pudiera ser una habitación sobre un escenario
en una obra sin personajes,
sin diálogo ni público,
sin principio, nudo y desenlace-
sólo los muebles rotos en la calle,
un zapato entre bloques de hormigón ligero,
una fina nieve aún cayendo
sobre un lejano campanario, y la gente
cruzando un puente que todavía se sostiene.
Y más allá -cuervos en un árbol,
la estatua de un gobernante a caballo,
y nubes que se asemejan al humo,
e incluso si sigues más, en otro país
en una manta bajo un árbol de sombra,
un hombre que sirve vino en dos vasos
y una mujer deslizando
los pasadores de madera de un cesto de mimbre
lleno de pan, queso, y varios tipos de aceitunas.
Billy Colins
en Lo malo de la poesía y otros poemas.
Bartleby Editores.
Traducción de Juan José Almagro Iglesias.
queda al descubierto en una ciudad bombardeada,
como el papel pintado con listas blancas y azules
de un dormitorio de un segundo piso está ahora
expuesto a la nieve que cae lenta
como si la habitación hubiera contestado a la explosión
vestida sólo con su pijama de rayas.
Algunos vecinos y unos soldados
tantean con un palo lo escombros
y se fijan en la escalera que cuelga,
el retrato de un abuelo,
una puerta que se balancea de la bisagra que queda.
Y al baño se le ve casi avergonzado
de sus paredes de ocre al descubierto,
el amasijo de las tuberías,
del lavabo hundido hasta las rodillas,
la cortina de la ducha rajada,
las estelas de burbujas destruidas de un pez de colores.
Es como una vista panorámica sobre una casa de muñecas
como si un niño arrodillado pudiera meter la mano
y coger el escritorio, enderezar un cuadro.
O pudiera ser una habitación sobre un escenario
en una obra sin personajes,
sin diálogo ni público,
sin principio, nudo y desenlace-
sólo los muebles rotos en la calle,
un zapato entre bloques de hormigón ligero,
una fina nieve aún cayendo
sobre un lejano campanario, y la gente
cruzando un puente que todavía se sostiene.
Y más allá -cuervos en un árbol,
la estatua de un gobernante a caballo,
y nubes que se asemejan al humo,
e incluso si sigues más, en otro país
en una manta bajo un árbol de sombra,
un hombre que sirve vino en dos vasos
y una mujer deslizando
los pasadores de madera de un cesto de mimbre
lleno de pan, queso, y varios tipos de aceitunas.
Billy Colins
en Lo malo de la poesía y otros poemas.
Bartleby Editores.
Traducción de Juan José Almagro Iglesias.
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Billy Colins,
literatura norteamericana
sábado, 26 de mayo de 2007
Solo
Desde mi niñez yo no fui como los otros; yo no vi como los otros vieron; yo no puede sacar de una fuente común mis pasiones. Yo no he bebido mi pena del mismo manadero, yo no podía despertar mi corazón con el mismo son a la alegría. Y todo cuanto amé yo lo amé solo. Entonces, en mi niñez, el alba de la más tormentosa de las vidas, un misterio que me ata todavía, salió de la profundidad mayor del bien y del mal: del manantial o del torrente, de la peña roja del monte, del sol que jira alrededor de mí con su tinte otoñal de oro, del relámpago celestial que me roza volando, del trueno y del huracán; y de una nube que tomó, para que mis ojos la vieran cuando el cielo restante estaba azul, la forma de un demonio.
Edgar Allan Poe
en Música de otros (traducciones y paráfrasis)
de Juan Ramón Jiménez.
Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores.
Etiquetas:
Juan Ramón Jiménez,
Literatura española
jueves, 17 de mayo de 2007
Lope. La noche. Marta.
He abierto la ventana.
Entra sin hacer ruido
(afuera deja sus constelaciones).
«Buenas noches, Noche».
Pasa las páginas de sombra
en las que todo está ya escrito.
Viene a pedirme cuentas.
«Salí al rayar el alba —digo—.
Lamía el sol las paredes leprosas.
Olía a vino, a miel, a jara»
(Deslumbrada por tanta claridad
ha entornado los ojos).
La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
oye la plata de las campanadas.
Ante la puerta de la iglesia
me callo, me detengo —entraría conmigo
si yo no me callase, si no me detuviera—;
yo sé bien lo que quiere la Noche;
lo de todas las noches;
si no, por qué habría venido.
Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
no dije Agnus Dei qui tollis peccata mundi,
sino que dije Marta Dei (ella es también cordero de Dios
que quita mis pecados del mundo).
La Noche no podría comprenderlo,
y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.
No me pregunta nada la Noche,
no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
Ella ha oído esos versos
que se escupen de boca en boca, versos
de un malaleche del Andalucía—
al que otro malaleche de solar montañés
llamara «capellán del rey de bastos»—
en los que hace mofa de mí y de Marta,
amor mío, resumen de todos mis amores:
Dicho me han por una carta
que es tu cómica persona
sobre los manteles, mona
y entre las sábanas, Marta.
qué sabrá ese tahúr, ese amargado
lo que es amor.
La Noche trae entre los pliegues de su toga
un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
Una música hilada en la vihuela
del maestro del danzar, nuestro vecino.
En la cocina la estará escuchando Marta;
danzará, mientras barre el suelo que no ve,
manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos.
Danza y barre Marta.
Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana. Noche.
Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
saldré después a decir misa
—Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea—
luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,
escribiré unas hojas
de la comedia que encargaron unos representantes.
Que las cosas no marchan bien en el teatro,
y uno no puede dormirse en los laureles.
Hasta mañana, Noche.
Tengo que dar la cena a Marta,
asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
cuidar que no alborote mis papeles,
que no apuñale las paredes con mis plumas
—mis bien cortadas plumas—,
tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
(no sabe que el pecado es de los dos),
y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
(y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
Ego te absolvo.
Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
de lugares vividos y soñados: de lo que fue
y que no fue y que pudo ser mi vida.
Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.
José Hierro en
Antología poética 1936-1998,
Espasa-Calpe.
miércoles, 4 de abril de 2007
Dos poemas de Robert Frost
MIEDO A LA CASA
Siempre –ellos lo fueron aprendiendo-, siempre que volvían por la noche, de lejos, a la casa solitaria –lámparas sin encender y cenizas de hogar-, hacían rechinar la llave en la cerradura –ellos lo fueron aprendiendo-, para que cualquiera que pudiese estar allí tuviera aviso y tiempo de salir al campo. Y, prefiriendo la noche de fuera a la de dentro, ellos aprendieron a dejar de par en par la puerta, hasta que habían encendido la lámpara.
LA SONRISA
(Palabras de ella)
No me gustó nada la manera que tuvo de irse. ¡Aquella sonrisa suya era de alegría! Pero él sonrió –¿lo viste?-. Sí, estoy segura de que sonrió… Quizás fue porque sólo le dimos pan, y comprendió el malvado que éramos pobres; o porque nos permitía dárselo en vez de arrebatárnoslo. Quizás se burlaba de nosotros porque estábamos casados, o porque éramos tan jóvenes –y él se complacía en imajinarnos viejos o muertos-. … Estoy pensando si andará por ahí cerca todavía… Tal vez está observándonos desde los árboles.
Robert Frost
en Música de otros de Juan Ramón Jiménez
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Siempre –ellos lo fueron aprendiendo-, siempre que volvían por la noche, de lejos, a la casa solitaria –lámparas sin encender y cenizas de hogar-, hacían rechinar la llave en la cerradura –ellos lo fueron aprendiendo-, para que cualquiera que pudiese estar allí tuviera aviso y tiempo de salir al campo. Y, prefiriendo la noche de fuera a la de dentro, ellos aprendieron a dejar de par en par la puerta, hasta que habían encendido la lámpara.
LA SONRISA
(Palabras de ella)
No me gustó nada la manera que tuvo de irse. ¡Aquella sonrisa suya era de alegría! Pero él sonrió –¿lo viste?-. Sí, estoy segura de que sonrió… Quizás fue porque sólo le dimos pan, y comprendió el malvado que éramos pobres; o porque nos permitía dárselo en vez de arrebatárnoslo. Quizás se burlaba de nosotros porque estábamos casados, o porque éramos tan jóvenes –y él se complacía en imajinarnos viejos o muertos-. … Estoy pensando si andará por ahí cerca todavía… Tal vez está observándonos desde los árboles.
Robert Frost
en Música de otros de Juan Ramón Jiménez
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
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Robert Frost
domingo, 1 de abril de 2007
Pido a los dioses...
Pido a los dioses que mis penas cesen,
esta guardia, que dura ya hace un año,
durante el cual, echado como un perro,
en la azotea del palacio Atrida,
aprendí a conocer la multivaria
multitud de los astros que en el cielo,
príncipes luminosos, resplandecen,
y las estrellas, que a los hombres traen
inviernos y veranos, ortos y ocasos.
(Breve pausa)
Y ahora aguardo el signo de la antorcha,
la llama esplendorosa que de Troya
ha de traernos nuevas y el anuncio
de que al final ha sido conquistada,
pues así lo ha mandado de una esposa
el varonil e impaciente pecho.
Cada vez que me tumbo en mi camastro
perdido en la tiniebla y empapado,
y nunca visitado por los sueños
-que en vez del sueño, el terror se me acerca
y el párpado cerrar no me permite
en tranquilo reposo-, cuando quiero
cantar o bien silbar una tonada
buscando contra el sueño algún antídoto,
echo a llorar, lamento el infortunio
de una casa ya no tan bien llevada
como antaño. Mas ¡ojalá que ahora,
a través de la noche, apareciera
la llama que traerá buenas noticias,
y llegara el final de mis desdichas!
(Breve pausa. A lo lejos, de pronto, brilla una luz.)
Oh, bienvenida, antorcha que, en las sombras,
presagias ya la luz de la alborada
y en Argos el comienzo de festejos
para conmemorar esta ventura.
¡Oé, oé!
Con voz muy clara envío la consigna
a la esposa del rey, para que, presta,
se levante del lecho, y en palacio
haga entonar un canto de triunfo
en honor de esa antorcha, si es muy cierto
que la ciudad de Troya está tomada.
Y yo mismo el preludio de la danza
habré de interpretar; que esta jugada
de mis amos la apunto yo en mi haber:
¡un triple seis me vale esta fogata!
(Baila durante unos instantes)
Y que el día en que llegue a este palacio
mi señor rey, me sea concedido
sus manos estrechar entre las mías.
El resto, me lo callo: que en mi lengua
pesa un enorme buey. La casa misma
si hablar pudiera todo lo explicara.
Yo escojo, por mi parte, a quienes saben
y entienden, dirigirme. Para aquellos
que ignoran todo, todo lo he olvidado.
En Agamenón de Esquilo. Editorial Cátedra.
Traducción de José Alcina Clota
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