sábado, 17 de octubre de 2009

Orfeo (1)


Caminabas por delante,
tirando de mí hacia afuera
hacia la luz verde a la que una vez le habían
crecido colmillos y me había matado.

Era obediente, pero
estaba pasmada; como un brazo
dormido; la vuelta
al tiempo no era cosa mía.

Para entonces estaba acostumbrada al silencio.
Aunque algo se extendía entre nosotros
como un susurro, como una soga:
mi nombre de antes
dicho con precisión.
Llevabas tu antigua cuerda
contigo, podrías llamarla amor,
y tu voz carnal.

Ante tus ojos tenías clara
la imagen de lo que querías
hacer de mí: de nuevo viva.
Era tu esperanza lo que me hacía seguir.

Yo era tu alucinación, atenta
y floral, y tú me cantabas:
ya se estaba formando nueva piel en mí
dentro del sudario luminoso entre brumas
de mi otro cuerpo; ya
había suciedad en mis manos y tenía sed.

Sólo pude ver la silueta
de tus hombros y tu cabeza,
negras contra la boca de la cueva,
no pude ver tu rostro
en absoluto, cuando te volviste

y me llamaste porque ya
me habías perdido. Lo último
que vi de ti fue un óvalo oscuro.
Aunque sabía cómo te iba a herir
este fracaso, tenía que
plegarme como una polilla gris y dejarte ir.

No podías creer que yo era más que tu eco.



Margaret Atwood,
en Luna nueva.
Icaria poesía.

martes, 6 de octubre de 2009

Fragmentos de Memorias de mis putas tristes

Foto de Lucien Clergue

Pequeña, frágil, desnuda y vuelta de espaldas contra la pared. Así la vio cuando entró al cuarto del lenocinio, apenas iluminado por la luz que se colaba por la ventana. A sus noventa años, nunca había visto nada igual. Había pagado una fortuna por desflorarla, y ahora pagaría si pudiera con su vida por sólo verla dormir y tocarla apenas con las palabras, mientras su respiración de niña arrullaba plácidamente su desolada vejez. Sólo deseaba amarla en silencio y caer doblegado ante la fuerza de un destino imprevisto y otoñal.

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Desde entonces la tuve en la memoria con tal nitidez que hacía de ella lo que quería. Le cambiaba el color de los ojos según mi estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La vestía para la edad y la condición que convenían a mis cambios de humor: novicia enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que no fue una alucinación, sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años.
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Siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética. Aquella tarde, de regreso a casa otra vez sin el gato y sin ella, comprobé que no sólo era posible morirse, sino que yo mismo, viejo y sin nadie, estaba muriéndome de amor. Pero también me di cuenta de que era válida la verdad contraria: no habría cambiado por nada del mundo las delicias de mi pesadumbre. Había perdido más de quince años tratando de traducir los cantos de Leopardi, y sólo aquella tarde los sentí a fondo: Ay de mí, si es amor, cuánto atormenta.

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-¿Crees que ella estará de acuerdo?
-Ay mi sabio triste, está bien que estés viejo, pero no pendejo -dijo Rosa Cabarcas muerta de risa-. Esa pobre criatura está lela de amor por ti.

Salí a la calle radiante y por primera vez me reconocí a mí mismo en el horizonte remoto de mi primer siglo. Mi casa, callada y en orden a las seis y cuarto, empezaba a gozar los colores de una aurora feliz. Damiana cantaba a toda voz en la cocina, y el gato redivivo enroscó la cola en mis tobillos y siguió caminando conmigo hasta mi mesa de escribir. Estaba ordenando mis papeles marchitos, el tintero, la pluma de ganso, cuando el sol estalló entre los almendros del parque y el buque fluvial del correo, retrasado una semana por la sequía, entró bramando en el canal del puerto. Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años.

Gabriel García Márquez
en Memoria de mis putas tristes.
Círculo de lectores

jueves, 1 de octubre de 2009

Leyendo a Anne Sexton

Foto de George Hoyningen-Huene


11 de septiembre

Entonces en la cama pienso en ti,
tu lengua mitad chocolate, mitad océano,
en las casas en las que entras con desenvoltura,
en la lana de acero que es tu pelo,
en tus manos persistentes y entonces
cómo roemos la barrera porque somos dos.

Cómo vienes tú y tomas mi copa de sangre
y me unes a ti y tomas mi piélago.
Estamos desnudos. Despojados hasta los huesos
y nadamos juntos y remontamos y remontamos
el río, el río idéntico llamado Mío
y entramos juntos. Ninguno está solo.


Anne Sexton
en Poemas de amor.
Linteo poesía.
Traducción de Ben Clark.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Tarde de lectura infantil

Ilustración de Bigre!


El siguiente comprador era un viejo de al menos cuarenta años; yo no sabía que a la gente de esa edad le importara el amor.
-Verá, mi mujer ya no soporta mis "te quiero". "Después de veinte años, podrías variar; inventa otra cosa o me voy", me dice.
-Eso es fácil. Podría decirle: "Tengo la mosca detrás de la oreja".
-¿Para que se crea que no me lavo?
-Pues entonces: "Me muero por tus pedazos".
-¿Y eso qué significa?
-Mi amor por ti es tan completo que sufro hasta cuando te cortas las uñas. Me gustan todos y cada uno de tus pedazos. Te quiero desde la punta del pelo hasta los dedos gordos de los pies.
-Bueno, voy a probar. Si esa frase no funciona, se la devuelvo.


Erik Orsenna
en La isla de las palabras.
Salamandra.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Dos poemas de José Cantabella

OTRA CANCIÓN

Tú fuiste durante mucho tiempo
mi canción preferida.
Sin embargo, ahora,
mi melodía no tiene dueño,
mi cantar anda peregrinando
con un ritmo diferente
por otros intersticios de la música
Foto de Kishin Shinoyama


ENTRE DOS VIDAS ME QUEDO CONTIGO


Estimada enemiga:
qué poco mérito tenían para usted mis virtudes.
Estimada amiga:
cuánto valor poseen para ti mis defectos.


José Cantabella
en Afán de certidumbre.
Editorial Azarbe (Nausicaä)

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sesión continua

Imagen de Jan Saudek


Vamos andando tan deprisa a veces.
Video club, relaciones humanas, pub, se vende,
¿qué voy a hacer mañana?, si estuvieras
conmigo ahora, el mar.
El mar triste de las agencias de viajes,
o el de aquella postal, tierna y cursi, que nunca
me enviaste
es tan desconsoladamente verde
como las luces
de los taxis amargos del otoño.
Y es un desesperado
abuso de desconfianza y soledad
el que me lleva
de nuevo a ti, esta tarde,
ahora que las tiendas
empiezan a cerrarse, y es hermoso
pensarte entre la gente, aferrarse a la idea
de que podrías surgir
debajo de cualquier paraguas, sorprenderme
de espaldas, tapándome los ojos y los sueños.
Sobre todo, los sueños. Dónde irá
la gente, tan deprisa,
desandando esta ausencia de pájaros, buscando
refugio en los portales de la noche. Ahora sé
que es preciso haber muerto
muchas veces de amor
para atreverse de esta manera a reincidir
y admitir que me dueles
como un beso prohibido para siempre,
casi secretamente,
como sólo la vida puede doler a veces,
o esta lluvia lentísima
de otro octubre sin ti.

Inmaculada Mengíbar
en Los días laborables.
Hiperión, 1988.

lunes, 22 de junio de 2009

Todos hemos sido Polo

"Todavía cuando suena el timbre
sueño con el vértigo de unos pasos bajando las escaleras".

Tony Branson.


Viñeta de El cadáver y el sofá
de Tony Sandoval.
La cúpula.