domingo, 20 de febrero de 2011

Cristina Moreno: Orlan: artista francesa multimedia y perfomativa


Yo es lo que añado.
El plástico en las carne o la línea
del río en el crepúsculo
cuando en París se abren los mejores
clubs de baile de toda la galaxia.
Yo ha sido el arlequín
y el cirujano. No evoluciono
sino que realizo, decoro,
controlo. Añado zapatos de tacón
a mi estatura para medir el mundo;
porque la santa es su hábito,
la modelo su maquillaje,
pero la mujer no es su vagina, sino sus tacones.
Yo es el vestido,
pues hemos dado al tejido
poder sobre nuestra alma:
el vestido decide
quién es yo.
A mi lado parecen aburridos
la Belleza, la Salvación y el Riesgo;
no tienen un yo inalterable
que les demande.

Yo eso otra
especie de ternura.

Cristina Morano
en El ritual de lo habitual.
Amargord ediciones.

jueves, 17 de febrero de 2011

La palangana


A Claude Roy




Ser viejo es regresar y yo he vuelto a ser niño.
Eché un poco de agua en una palangana
y oí toda la noche el croar de las ranas
como, cuando muchacho, pescaba yo en Fang-Kuo.

Palangana de barro, estanque verdadero:
el renuevo del loto es ya una flor completa.
No olvides visitarme una tarde de lluvia:
oirás, sobre las hojas, el chaschás de las gotas.

O ven una mañana: mirarás en las aguas
peces como burbujas que avanzan en escuadra,
bichos tan diminutos que carecen de nombre.
Un instante aparecen y otro desaparecen.

Un rumor en las sombras, círculo verdinegro,
inventa rocas, yerbas y unas aguas dormidas.
Una noche cualquiera ven a verlas conmigo,
vas a oír a las ranas, vas a oír al silencio.

Toda la paz del cielo cabe en mi palangana.
Pero, si lo deseo, provoco un oleaje.
Cuando la noche crece y se ha ido la luna
¡Cuántas estrellas bajan a nadar en sus aguas!


Han Yü
En Versiones y diversiones

de Octavio Paz (traductor).

Círculo de Lectores.

martes, 15 de febrero de 2011

De pronto me contagio


"Por lo general siempre tengo planes, un guión, pero luego está el rodaje del libro, la escritura, que revela muchas cosas, y por último está el montaje donde todo se “reescribe de nuevo” (también lo llamo “montaje” en poesía, por ejemplo en Sonetos del útero ya estaba esa idea de “montar el libro”, probablemente fruto del tiempo que trabajé haciendo películas años atrás). En Dentro quería llevar a cabo algo con el cine, la asociación de éste con la poesía me parecía interesante y poco explorada salvo algunas excepciones. No me refiero a poemas concretos insertados en libros (hay muchos casos de eso como bien recoge la antología Viento de cine de Hiperión) sino de obras que en su totalidad tuvieran una relación fuerte con el séptimo arte. Las obras que me parecían más logradas eran Bronwyn de Cirlot, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos de Alberti y Who is me, poeta de la ceniza de Pasolini (aunque ésta difería sustancialmente de las anteriores). Me interesaban probablemente porque en ellas lo cinematográfico terminaba siendo otra cosa muy distinta, una semilla más que un fruto. Durante más de dos años estuve yendo a la sede de la Filmoteca Española en la calle Magdalena de Madrid y traté de conseguir la filmografía completa de Bergman. Tuve que inventarme alguna “batallita” para conseguirla, claro está, porque la escritura de un libro de poemas por parte de un desconocido no hubiera bastado. En aquel entonces todavía no se habían editado en dvd la mayoría de sus trabajos, salvo clásicos como Persona, Fresas salvajes, El séptimo sello o Fanny y Alexander (pero eso eran solo cuatro de unas cuarenta). En la Filmoteca me dejaban un cuartito con un monitor y yo veía las películas en vhs, generalmente un jueves o un viernes por la mañana tomando notas. En mi “guión” estaba pensado que cada película se correspondiera con un poema y así fue más o menos. Tuve que ver algunos filmes varias veces, hubo días nefastos en los que no sacaba nada o lo que escribía era muy malo. Sin embargo, ese esquema resultaba peligroso, podía hacer demasiado dependiente Dentro (que entonces se llamaba Soles de estiércol) de la filmografía y dejarlo cojo. Como me interesa la independencia del texto (y creo que al propio texto también o eso me decían los propios poemas al escribirlos), eliminé la lista de correspondencias para que cualquiera pudiese acercarse a Dentro. De todos modos, en la dedicatoria inicial está una de las claves. El «a I.B.» que aparece al comienzo de Dentro no son solo las iniciales de Ingmar Bergman sino que esconden de manera sonora un «ahí ve», que es direccional (envía al lector a la filmografía: «ir a») y también “experiencial”, si se me permite la palabreja, pues sugiere lo que yo vi en las películas, lo que fue importante para mí: “ver ahí”. El reto era ofrecer un libro de poemas en el que la construcción del significado estuviera en cuestión o fuese al menos algo bivalente a través de lo intertextual. Dentro funciona de manera autónoma, es cierto, pero creo que también junto a los filmes o sus fotogramas. Bergman se convirtió así en una suerte de maestro, que me enseñó no solo de cine sino también de la vida misma, su filmografía es precisamente eso. De ahí que el día que falleció me pusiera a llorar como un perro y comprase la prensa nacional e internacional. Él es uno de los pocos artistas que ha aparecido en todas las portadas de los periódicos del mundo al morir. Ese día se me fue alguien con quien yo estaba conviviendo (Dentro lo empecé a escribir en 2003 y él murió en 2007) y con quien iba a convivir algún tiempo más, mi libro se publicó a finales de marzo de 2010 [...]"

Óscar Curieses en
la revista digital Elcoloquiodelosperros.
Fragmento de Otro Coloquio de los perros: CRISTINA MORANO y ÓSCAR CURIESES

lunes, 14 de febrero de 2011

Katy Parra: Buzón de sugerencias


A mis hijos



No hagáis caso
de aquellos que os amen demasiado.
Probablemente sientan
temor a que os vayáis.
Salid a pasear cuando la lluvia
despliegue sus urgencias.
Escuchad a los pájaros,
ellos sabrán deciros
si la luna es propicia.
Dejad que se amontonen
las sombras y la nieve
si no sabéis qué hacer con el insomnio.
Todo se desbarata con la luz.
Y aprended de los gatos
a vivir dignamente,
sin más ajuar que un mundo
que quepa en vuestras manos.

Katy Parra
en Coma idílico.
Hiperión.

martes, 21 de diciembre de 2010

El cuento de navidad


Así que va y me dice que le escriba un cuento de navidad y me mira con esos ojos, que no sé qué hacer, no sé cómo quitármela de encima, cómo escamotear el asunto, porque de querer podría, es tan pequeña, que a poco que le de la vuelta a la conversación termina olvidándose, seguro, no hay más que intentarlo y lo intento, le digo que no, que los cuentos de navidad le sientan mal a la luna y que ella no querrá que la luna se entristezca, le cuento que la luna está allí arriba velando para que nadie cuente historias de navidad, porque se pone celosa, porque no quiere que hagamos otra cosa que mirar su gran ombligo cósmico que oscurece a cualquier astro que pasa a su lado. Me ríe la gracia, porque sabe que es mentira y porque además sabe que la luna no tiene nada que ver con todo esto, simplemente que estamos en la terraza y no podemos dejar de hablar de ella. De pronto noto cómo ha bajado la intensidad de su deseo, antes era diferente, tardaba más en olvidarse de estas cosas. Hace frío, no es muy tarde, pero es tarde. Estamos hablando de otra cosa, hablando del instituto, de un cuento de O. Henry que ha tenido que leer en inglés y del que apenas se ha enterado, hablamos de lo que hará en nochevieja, le pregunto, ¿qué harás en nochevieja? y sonríe, porque lo sabe. Yo no lo tengo tan claro, recuerdo cómo eso me azoraba de más joven, de qué manera me entraba el prurito de hacer esto o aquello, de ir de acá para allá. Como aquella nochevieja, cuando nos quedamos por primera vez solos y me empeñé en ver amanecer. Llegamos a casa tarde, era otra noche fría y oscura. La eché en su camita y me fui al salón. Eran las tres o las cuatro de la mañana. Puse la tele, estuve viendo una película antigua, una de esas que sólo ponen en navidad y a horas intempestivas. Luego me puse una copa, miré el reloj, las horas no pasaban. Sentí frío y pereza. Al final tiritando me acosté a las siete y media, sin ver amanecer, hecho polvo y con unos escalofríos terribles que me tuvieron en cama durante dos días.

Todo lo malo no tiene por qué pasar en navidad, me digo después cuando me he quedado solo, cuando se ha dormido a mi lado en el sofá después de cenar y la he llevado en brazos como aquella noche hasta su cama. Ahora es más grande, pero pesa lo mismo. Me hace gracia constatar que la extraña gravedad de su cuerpo se contrarresta con su cabeza a pájaros. Es algo físico, creo, y mágico a la vez. Recojo del suelo el libro que leía, otra vez ese O. Henry, otra vez el cuento de navidad. Lo ojeo, paso las páginas, los dibujos se alternan contando una historia, por un momento el libro me recuerda un bibelot, si lo agitas aparece la nieve y el hambre atosiga al protagonista, no tiene qué llevarse a la boca, intenta delinquir para que lo encierren y así pasar la nochebuena caliente, tal vez con el estómago lleno, pero está visto que todo le sale mal.

Y no sé por qué de pronto me vuelvo a sentar en el salón. Hace tiempo que la luna en su recorrido errático nos dejó a oscuras. Me pongo a leer. ¿Un cuento de navidad? La casa está en silencio, sé que ella está en la otra habitación, que duerme y que yo estoy pensando todo esto por ella, que este es su cuento de navidad, algo sencillo que, como el cuento de O. Henry, termina bien y entonces lo veo, se acerca a través de la venta, un fundido en negro que pone punto final.

Antonio Aguilar

jueves, 9 de diciembre de 2010

La casa apuntalada


He despertado a gritos a todos los fantasmas de la casa,
turbado y empapado de temores, de glacial soledad:
cuando traías el viento de la cale, ese perro apaleado,
y llegabas con las medias verdades;
te desnudabas como los forajidos
y -con todos los olores de la noche en tu pelo-
te desliabas entre las sábanas, querido polizón.

Aquella mañana de enero en la floristería,
cuando compraste un manojo de líquenes
y me dijiste "son las flores del búnker",
debí de comprender que aquel verano duraba demasiado.
Segundos después -frágil y oceánica-
te lanzaste a mi boca como un trago de niebla
hast mezclarte de nuevo en mi sustancia.

Y los fantasmas, uno a uno, como reclutas medio adormilados
han pronunciado tu nombre en ayunas.
Y ese nombre, en otro tiempo luminoso y frutal,
ahora sonaba a gatos muertos flotando en la piscina,
úlceras, zapatos con escorpiones, mercados albaneses...
medias mentiras y medias verdades...
!Dios, cómo olía tu nombre a cloroformo
y qué fuerte se hacía la ventisca
entre las grietas!
Dudas apuntaladas, flores apuntaladas,
sílabas del desguace.

Por eso no te sorprendas si al descolgar el teléfono
cualquier día de estos, después del aguacero,
mi voz -impostada para la ocasión- te invita a un café,
para, por fin, con el sol cegador de un óleo de Sorolla,
ver salir de tus labios el gorrión oxidado de la sinceridad;
y, con dolor de siglos, soltar el aire agónico,
respirar con alivio, apagar la linterna,
y conocer sin más veladuras ni silencios quirúrgicos
por qué nos hicimos tanto daño, por qué...

O por el contrario -sería muy cruel- seguir abriendo
y hurgando en las matriuskas;
toda una vida coleccionando lágrimas en frascos de chanel,
congregando en mitad de la noche, bañado en sudor,
a todos los fantasmas de la casa apuntalada;
y con ellos el viento en las perreras,
el careo con las sábanas parlantes
y las piscinas pútridas de las medias verdades
y las medias mentiras
entre las sombras del jardín.

Ángel Petisme
en Constelaciones al abrir la nevera.
Poesía Hiperión.

martes, 2 de noviembre de 2010

Josée Martínez Ros: La fuente


(Córdoba)


Ni siquiera la piedra es inmortal:
mira los capiteles, las estatuas, los tímpanos
que hebras de luna trenzan sobre nuestra ventana,
temblando como un niño en brazos del invierno.

Heridos por la lluvia de edades más oscuras,
ahora sangran ebrios de claridad y polvo,
hartos de proclamar durante siglos:
más allá de estos muros sólo existe la muerte.

Lo que no pasará es el cielo del sur,
pasto de los vencejos, donde la noche mezcla
el temblor luminoso de una corriente de agua,
el aroma a jazmín y el aroma del sexo.

Despierta, no te vistas, vamos hasta la fuente
cogidos de la mano, como si no supiéramos
que mientras nos besamos entre flores mojadas,
hermosos y desnudos, el tiempo nos devora.

José Martínez Ros
en Trenes de Europa-
Fundación José Manuel Lara.